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LA CHAQUETA ROJA (cuento inédito de Gisela 1984)

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LA CHAQUETA ROJA (cuento inédito de Gisela 1984)

Mensaje por Administración el Miér Mar 09, 2016 11:50 pm

RELATOS INÉDITOS DE GISELA

Gisela al fallecer dejó entre sus pertenencias dos libretas de argollas con hojas intercambiables, que usaba como borrador para sus inspiraciones, antes de ponerlas a imprimir.
Como podrá comprobarse, no solo son relatos, sino que tal parecen verdaderos “libretos” con personajes y conversaciones y un “parlamento” como para una obra teatral o telenovela o cine.
El contenido de este otro tema es bastante extenso y requiere de algún tiempo para leerlo y es el siguiente:
*******



LA CHAQUETA ROJA

Sinopsis: Esta narración se sitúa en el umbral entre la vida y es más allá, lo que da origen a una regresión virtual. En una creación de una fantasía romántica la autora hace alarde de su acervo cultural en el marco de los grandes músicos y compositores y sus obras, de lo que hoy llamamos “música clásica” desde los siglos XVII , o sea el “Romanticismo”, a la fecha actual.
Se percibe magistralmente el choque de dos mundos en este relato o cuento.


**********

El mar caribe se encuentra inquieto, nervioso y muy revuelto, ya que un huracán de regulares proporciones lo agita, arrastrando y arrojando troncos, desechos de la humanidad y hasta peces y microorganismos marinos hacia las playas de arenas blancas y ahora desiertas de turismo debido al mal tiempo.
En un recodo de la costa, en un pedacito de playa casi virgen, aparece como sacada de una acuarela antigua, una cabaña de madera y techumbre de palma llamada palapa según los mayas, pero por cuyas pequeñas ventanas que parecen entreabiertas, escapan brillantes rayos de luz, que iluminan cada gota de la feroz lluvia, que cae del cielo, como si fueran trozos de diamantes pulidos, que cayeran como raudales del cielo ennegrecido. Junto con los rayos de luz, también escapan de la cabaña notas musicales de melodías, que unas veces se sintonizan
perfectamente con la furia del agua, y en otras ocasiones escapan por el aire, viajando en un rotundo contraste con la rudeza del huracán.

De pronto, como una aparición fantasmal, surge en la orilla del mar la figura menudita de una mujer. Viene ella emergiendo penosamente de las aguas embravecidas y arrastra los pies y escurre agua por todos lados y se nota a las claras, que debe haber sostenido una fuerte pelea con el transparente mar caribe, que quizás por envidiar su belleza serena, se había empeñado en no dejarla salir a la playa y mantenerla en sus profundidades convirtiéndolas a su vez en su tumba.
Pero ni ella misma puede dar crédito a sus pies. Cuando por fin logran pisar la suave y segura arena de aquella playa.

Esa chica se había encontrado navegando tranquilamente lar adentro n compañía de su hermano menor y un amigo de éste, cuando les sorprendió de pronto ese huracán como una sorpresa, nada raro en esa región, haciendo zozobrar la pequeña embarcación y provocando que los tres cayeran al agua, pero afortunadamente cada quien con su chaleco salvavidas.
Con el oleaje, la mujer no tardó en perder de vista a sus compañeros y tampoco hubo contacto auditivo alguno, pues el ruido de la tormenta ahogaba todos los gritos. De momento se encontraba completamente sola en la negrura de la tormenta y luchando contra las olas del mar, que parecía empeñado en tragársela. Por más que dio voces y gritos llamando a su hermano, nunca obtuvo respuesta y el instinto de conservación la impulsó a seguir luchando, aunque ni ella misma se daba cuenta del esfuerzo que hacía por conservar su aliento, para seguir nadando y nadando sin rumbo.

Al sentirse a salvo de esas garras del mar cuando pisó la arena, solo se desploma desfallecida, quedando tendida sobre la arena, sin importarle, que la lluvia le golpeaba la piel. Se encuentra agotada de tanto nadar, solo Dios sabe cuántas millas y por unos instantes cree morir, sin poder hacer nada para evitarlo. Se sumerge en una suave negrura que se presenta ante sus ojos y se deja caer, y de pronto cesó todo el malestar de su cuerpo.

Un momento después, abre los ojos de nuevo y su mirada parece extraviada y no logra distinguir absolutamente nada en aquel lugar. Solo siente la arena bajo su cuerpo y la fiereza de la lluvia que la azota cada vez con más fuerza. Esa lluvia, que al principio parecía ni tocar su cuerpo, ahora la hiere con más fuerza como si fueren miles de pequeños puñales. Se revuelve sobre la playa en un vano intento de evadir la lluvia, cuando en un reflejo inconsciente al querer llorar, llega hasta sus martirizados oídos la suave cadencia de un piano, en el cual se interpreta una dulce melodía.
Inmediatamente la mujer se pone de pie y busca
desesperadamente el origen de aquella música, y a juzgar por la claridad, con la que le llega a ella, no debe estar demasiado lejos de ahí. A los pocos segundos de escudriñar en la oscuridad, sus ojos descubren la silueta fantasmal de la cabaña, que se encuentra en un extremo de aquella playa y de la cual emergen pequeños rayos de luz junto con las notas de esa música, que sacó a esa mujer de su semi inconciencia.
Pesadamente y fatigada por su larga permanencia en el agua, la mujer se pone en marcha, dirigiendo sus pasos hacia la cabaña que parece estar animada por infinidad de voces y risas apagadas, que hacen fondo a las notas musicales, que a la medida que ella se acerca, parecen agigantarse hasta el punto de agigantarse que están resonando en la más perfecta sala de conciertos del mundo. Con cierta cautela la mujer se acerca a una de las ventanas de la cabaña, que ahora parece casa, y ahora a través de una rendija observa el interior.
Se trata de una sola estancia decorada en el más puro estilo antiguo. Sin embargo la luz eléctrica, único elemento del siglo XX que resalta con cierta incongruencia, se esparce por la habitación desde una enorme “araña” de cristal cortado, que pende del techo del centro mismo del recinto. En uno de los extremos se halla un bello pianote cola de gran concierto, en cuyo banquillo se encuentra sentado un hombre vestido con un elegante traje de terciopelo azul marino, camisa churrigueresca blanca y una corbata de laso de seda también blanca. Elegante atuendo, sin duda, un poco pasado de moda, pero desde luego muy acirde con la decoración del salón.

Al seguir con el recorrido visual por aquella estancia, la mujer se da cuenta, de que hay casi una treintena de hombres, sentados cómodamente en sillones de estilo Luis XV. Unos parecen escuchar atentamente al ejecutante al piano, mientras que otros hacen comentarios con su compañero más cercano y se hallan completamente distraídos con las hojas de papel pautado, que casi todos llevan entre sus manos. Todos lucen elegantes, y hasta dos o tres de los más jóvenes, que han prescindido de la chaqueta sel traje y se pasean inquietamente en un extrema del salón, luciendo sus inmaculadas camisas de seda con puños y cuello bordados de encaje fino. Es realmente un bello espectáculo, que parece haber salido de algún salón principesco de siglos pasados.
La música, el atuendo de aquellos hombres, las copas champañeras que brillaban en las manos de casi todos ellos, y hasta un perfume suave, que invadía el recinto y salía delicadamente al exterior de esa “cabaña”, todo eso llegó a los cansados sentidos de esa mujer, que espía por la ventana. Pero el aire y la lluvia la siguen golpeando, y por más que trata de no hacer ruido, no puede evitar, que por frió un estornudo violento la venga a delatar detrás de la ventana.
Ese estornudo es escuchado por uno de aquellos hombres y el que se encuentra más próximo a la consabida ventana, al voltear para ver de qué se trata, se pone de pié de un salto a la vez que vislumbra el rostro de la mujer, que inútilmente trata de ocultarse. El hombre comienza a dar voces a sus compañeros entre sorprendido y divertido exclamado:

“…¡Una mujer!...¡¡Señores, afuera tenemos a una mujer!!...”

La música se interrumpe en ese preciso instante, y todos los presentes se voltean a mirar hacia donde ha señalado el descubridor, y por unos instantes todo quedó suspendido. Se diría, que hasta las respiraciones de los presentes se habían detenido.
Ojos masculinos, unos cansados y apagados, otros jóvenes y brillantes, divertidos y sorprendidos, todos parecen escudriñar la rendija de la ventana que había señalado el primero de ellos. Nadie se mueve de su sitio, como si tuvieran miedo de romper algún inesperado hechizo mágico y maravilloso. Pero finalmente uno de aquellos hombres, que se encuentra al extremo opuesto del salón, se pone en pié, arrastrando los pasos por su avanzada edad, se encamina hacia la ventana, que hasta ese momento nadie ha atinado a abrir, y cuando frente a ella, la abre de par en par con un movimiento rápido y contrastante con la lentitud de sus anteriores movimientos.
Al quedar al descubierto, la mujer permanece inmóvil, sin saber qué hacer o qué pensar de aquel espectáculo tan insólito en una playa desierta y bajo una tormenta huracanada, que le estaba calando hasta los huesos. El hombre que tenía delante de si, era un anciano regordete, con cabello blancuzco y escaso, que le llega hasta el borde de los hombros. Tiene ek gesto adusto y sus ojillos azules la miran con dureza y con evidente reproche, como l adulto que es interrumpido por una criatura, cuando se encuentra tratando importantes asuntos con sus amigos y dice:

“¡¡¿Podrías decirnos, qué diantres estas haciendo aquí, mujer?!!...”

Su inquisitoria voz llegó a los oídos de la mujer, como el más espantoso de los truenos por la tormenta, logrando asustarla aún más y haciendo que el temblor provocado por el frío de la lluvia se sumara al temblor provocado por el temor. Ella siente, que a pesar suyo, su figura va empequeñeciendo ante la mirada de reproche del viejo. Se siente indefensa y aunque quiere huir, sus pies se niegan a obedecerla y comienzan a ceder, sus párpados le pesan, y cuando empieza a caer sobre ella una densa oscuridad, alcanza a distinguir una figura juvenil a un lado del viejo, que se interponía entre ellos y brincando por la ventana justo a tiempo para evitar que cayera al suelo, sosteniéndola entre sus brazos al mismo tiempo, que le decía en tono airado al viejo:

“…¡¡¡ A un lado, Franz!!!... ¿Qué no te das cuenta, de que la pobre muchacha está escurriendo de agua y templando de frío??... ¡tenemos que llevarla adentro cuento antes!...”

Se escucharon algunos murmullos aprobatorios detrás de la figura, que había saltado por la ventana y posteriormente todo perdió forma y sonido para la desorientada mujer, que desfalleció justo en el momento de sentirse sostenida por aquella bondadosa fuerza masculina.

--------o--------


Poco a poco la suavidad del tibio sillón debajo de su cuerpo se va haciendo presente para la mujer, la que a pesar de permanecer aún en las tinieblas, vagamente comienza a percibir un murmullo de voces masculinas, que lentamente se va acercando hasta convertirse en una conversación entre varios hombres perfectamente clara e inteligible.

“…¡Por poco le cae encima a Franz!...” dijo uno de ellos “…si no hubieras llegado tan a tiempo para sostenerla, Amadeus, la chica hubiera rodado por el piso…”
“… ¿De dónde crees que haya venido? Pues no es tan fácil llegar hasta aquí…” dijo otro.
“…Ni idea tengo, Peter…pero se ve muy cansada la pobrecilla, además es linda como pocas he visto en la vida…” comentó otro.
“…¡Vamos Amadeus!..no empecéis con vuestras obsesiones de galanteador…” bromeó el primero.
“…Ssssshhh…” interrumpió otro más,”…¡Silencio!...parece que ya recupera el sentido…”

Efectivamente la mujer siente, que sus párpados empiezan a perder peso y trata de abrir los ojos lentamente. La luz que se desprende del candil le hiere las pupilas en el primer instante, y pierde toda la visión, pero pronto todo se va aclarando. Comienza a distinguir varios pares de ojos, que la observan como si fuiera un bicho raro o una presencia muy extraña. Su mirada recorre cada uno de aquellos rostros, y aunque sabe que le son totalmente desconocidos, también tiene la clarísima sensación, de que le son familiares de algún modo.

La mayoría de los que la miran se muestran absolutamente serios, y solo dos de ellos se sonríen levemente. Son un anciano, y al joven, al que vio saltar por la ventana. También se da cuenta, de que se encuentra entre sedosos y mullidos almohadones y semi cubierta por una chaqueta para hombres de color rojo brillante. En un movimiento mecánico intenta quitarse la chaqueta, que le cubre el cuerpo, pero es detenida por el joven, que es quien más cerca de ella se encuentra, al tiempo que le dice con suavidad:

“…No…no os la quitéis…hace frío y yo no la necesito ahora…” “…Además estáis desnuda, niña…” dijo un hombre mayor, que se encontraba un poco más alejado del primero “…¡Es una vergüenza!... yo nunca hubiera imaginado encontrar bajo mi ventana una mujer desnuda…”
“…¡Calla, Johann…” intervino otro, “…no es verdad que esté totalmente desnuda, pues trae puesto uno de esos que llaman “bikinis” y que según he oído, los usan las muchachas de estos tiempos para meterse al mar….”
“…¡De todos modos es una indecencia…! “ gruñó el viejo.
“…Una indecencia deliciosa en todo caso…” intervino otra voz, que se encontraba aún más atrás, y que por ello no era visible para la mujer.
“…¡Cállense todos!...tenemos que saber, quién es esta chica y cómo vino a parar aquí…” dijo el viejo mal encarado y regordete, que había abierto la ventana reprochándole su presencia ahí desde el primer instante. “…Vamos, Amadeus, a ti ella parece mirarte con más frecuencia y sin tanto miedo, pregúntale cómo se llama y quién es y cómo llegó hasta este sitio…”
“…¡Espera Franz!..¿Cómo quieres que no se sienta angustida, si desde el primer momento le has mostrado tu horrible cara enfuruñada …déjame a mí…”

El joven, que se hallaba arrodillado junto a la mujer, la tomó de la mano con suavidad y sonriéndole le preguntó:

“…Tranquilizaos, no tenéis porqué temerle al viejo Franz. Se encuentra un poco molesto, porque acaba de tener una de sus acostumbradas discusiones con un amigo, pero no representa peligro alguno para vos, ¡os lo aseguro! …Decidme, ¿Cómo os llamáis?...¿Quién sois?...”

La mujer observó con cuidado los rasgos finos del hombre, que le hablaba. Era impresionante la suavidad, que salía desde sus ojos profundos y serenos. Su nariz aguileña contrastaba con la fineza de sus labios sonrientes y el mentón ligeramente cuadrado le daba un aire de firmeza al rostro, que no aparentaba tener más de 35 años de edad. Lucía camisa de seda blanca, como todos los de allí, y corbata de laso rojo haciendo juego con su pantalón y con la cintilla que sujetaba su cabello castaño y ondulado a su nuca.
Por estar observando al hombre, que le estaba haciendo las preguntas, y al que los demás llaman con familiaridad solo Amadeus, la mujer ha dejado correr algunos segundos sin responder a las preguntas formuladas, así que el viejo malhumorado vuelve a intervenir:

“…¿Será que no entiende nuestro idioma, que es tonta o que es muda?...”
“…No puede ser muda, recuerda que aún inconsciente estuvo murmurando algo, y en cuanto a que no entiende nuestro idioma, tampoco pude ser, pues si llegó hasta aquí, es forzoso que hable nuestro idioma… Vuélvele a preguntar, Amadeus…”

Amadeus volvió a sonreírle con serenidad y formuló nuevamente las preguntas, esta vez en un tono más claro y preciso, más inteligible que antes:

“…¿Cómo os llamais, pequeña?...¿De dónde venís?…”
“…”Mi nombre es Issa…” contestó por fin ella, “…Isaura, pero yodos me dicen Issa…¿Dónde estamos..y quiénes son ustedes?...”
“…¡¡¡Ja!!!...” volvió a gruñir Franz, “…¡pregunta que quienes somos nosotros!...”
“…¡Calla…Isaura es un bello nombre, ¿pero de dónde babeis salido y cómo llegasteis a esta playa con semejante tormenta?...” demandó Amadeus
“…Salimos a navegar, nos sorprendió el huracán y Andrés, no pudo controlar la embarcación, que zozobró y caímos todos al mar. Yo traté de mantenerme cerca de ellos, pero la corriente era muy fuerte, y cuando me di cuenta, ya no pude ver ni a Andrés ni a su amigo, y lo único que se me ocurrió, fue seguir nadando…no se cuánto tiempo ni en qué dirección, y nadé hasta que logré llegar a esta playa…¿y ahora dónde estamos?...” explicó la mujer-
“…¡Ya entiendo!...” retozó Franz, “…Llegó y como no supieron momentáneamente a dónde enviarla, la pusieron en el primer rincón, que se les ocurrió y ese rincón fue éste…”
“…¡¡Quieres callarte, Franz!!...” se molestó un poco Amadeus, “…por ahora no creo que importe demasiado dónde estamos, Issa…Perdón, ¿me permitís os llame así?...”
“…Así me llaman todos, no veo porqué usted no pueda hacerlo…A propósito y perdóneme que insista, pero me gustaría saber con quién estoy hablando. ¿quiénes son ustedes y qué hacen aquí en este lugar que es tan diferente por fuera de lo que es en realidad por dentro?...Todavía no acabo de comprender, poqué hay tanta suntuosidad en este salón, que parece haber escapado del siglo XVI o XVII…Y sus ropas, todos ustedes visten como hace 200 o 300 años …No logro entender absolutamente nada…”
“…Bueno supongo que la chica tiene razón…” dijo otro joven, que aún no había tomada parte en la conversación, “…Además lo primero que hace un caballero al tratar con una dama, es presentarse y ponerse órdenes…”

Isaura volvió sus ojos castaños hacia éste hombre y descubrió a una persona de aproximadamente 30 años de edad, bastante alto, muy delgado, de cutis más bien blanco pálido y de cabello negro, el cual estaba ligeramente alborotado. Tenía un corte, que en la época de nuestros super exaltados “Beatles” hubiera estado absolutamente a la moda, pero aquí hacía resaltar aún más sus finos rasgos delicadamente bellos, acentuados quizás más profundamente por un evidente halo de tristeza, que flotaba suavemente dentro del lejano fondo de sus ojos grandes y absolutamente negros.

“…Mi nombre es Fryderyk Franciczek Chopin, o si lo preferis, simplemente Frederic Chopin, y desde este momento me encuentro entre sus más sinceros admiradores…¡Ah! E éste, vuestro protector, lleva por nombre Wolfgang Amadeus Mozart. También este viejo gruñón, que seguramente ha olvidado toda su galantería y que os asusto al abrir la ventana, es conocido como Franz Liszt…”

Mientras Frederic hacía una reverencia y se inclinaba para besar la mano de Isaura con un gesto inconfundible de caballerosidad, los ojos de ésta se desorbitaron, incrédulos al escuchar los nombres, que según agelo hombre, eran el suyo y los de sus compañeros.
Isaura sabía de música, había estudiado piano durante varios años hasta lograr dar algunos conciertos durante su adolescencia, así que los nombres de Chopin, Liszt y Mozart le eran conocidos y hasta familiares. Recorrió con la mirada cada una de las caras, que estaban rodeándola, y descubrió, que efectivamente ella había visto aquellos rostros retratados en partituras o libros de música. Su expresión pasó paulatinamente del asombro al horror, y poniéndose de pié repentinamente, corrió con rumbo a lo que parecía ser la puerta de salida de aquel tan estrafalario salón.
Amadeus y Frederic un tanto sorprendidos y preocupados la siguieron dos o tres pasos, mientras que Franz se reía burlonamente. Isaura quiso abrir la puerta, pero todos sus esfuerzos resultaron infructuosos. La salida no tenía ni llave ni candado, pero se requería de fuerza masculina para abrirla.
En los ojos de la mujer se conjuntaron el temor, el desconcierto y las lágrimas, y cuando volteó a mirar a todos y a cada uno de aquellos hombres, se sintió completamente desorientada y sin saber que hacer. Sintió que se le doblaban las piernas hasta quedar en cuclillas con la espalda pegada a la salida y sollozó con la el rostro metido entre sus manos.
La mayoría de los hombres también se han quedado sorprendidos por la reacción tan violenta de Isaura y durante unos instantes nadie atina a hacer movimiento alguno.

De pronto un hombre alto, fornido de mirada dura, entrecejo fruncido, labios delgados y medio torcidos en una mueca poco agradable, con la melena oscura y revuelta descuidadamente, calzando zapatos de hebilla dorada en el empeine, se desprende del grupo silencioso o solo Dios sabe de qué rincón del salón, y recogiendo la chaqueta de terciopelo rojo, que había cubierto el cuerpo de la mujer, pero que estaba tirada en el piso, se acerca a Isaura y le cubre de nuevo su figura por lo hombros con esa prenda con un gesto suave y casi paternal, mientras con voz enronquecida rompe el silencia al decirle:

“…Vamos…niña, no tienes porque ponerte así…seguramente no estabas preparada para esto, pero te aseguro, que no hay nada que temer. Ninguno de nosotros te haría daño alguno. Anda, ponte la chaqueta de Amadeus, hace frío, y estando entre tantos caballeros, no es conveniente, que una damita esté tan ligera de ropa. …”

Isaura apartó lentamente las manos de su cara y un poco más tranquila por la cálida voz de este hombre, accedió a ponerse la chaqueta que éste sostenía, metiendo las manos y los brazos al revés, para cubrirse un poco más de frente. Luego la mano del hombre aquel la guiaba suavemente hacia el sillón en el que había estado antes, y una vez ya más tranquila la niña, ya sin llorar, vuelve a hablarle:

“…Como puedes ver, ninguno de los presentes pretende hacerte daño, por lo tanto no tienes porque tener miedo. Lo que ha de ser, será, y ni tu ni yo ni nadie puede hacer algo para evitarlo. Más vale que que esperemos tranquilos, hasta que las cosas se resuelvan definitivamente…”

Isaura recuesta la cabeza por un instante en el respaldo del sillón para acabar de tranquilizarse y con los ojos bien abiertos comienza a recorrer cada uno de los rostros, que se encuentran cerca de ella en ese momento.
Efectivamente ahí a su izquierda se encuentran los bellos y tristes rasgos del infortunado y romántico Frederic Chopin, a quien ella admiró desde que aprendió a poner sus dedos infantiles sobre el teclado blanco y negro de un piano. Más allá se encuentra su “protector” Wolfgang Amadeus Mozart, el hombre que la rescató de la lluvia y que se despojó de su chaqueta para brindarle calor, y que en cierto modo la protegió de la ira del viejo regordete, que no podía ser otro que el genial chapucero llamado Franz Liszt… y a su derecha, sentado al lado de ella misma, se encuentra mirándola mudamente nada menos que el gran Ludwig van Beethoven, ese sordo maravillosos, que tanto la conmovió con su “Claro de Luna”, su “Misa Solmne” y aquella “Patética” o su célebre “Appassionata”.
Con el paso de los segundos y de los minutos, la mente de Isaura se ha ido acostumbrando a la idea de la presencia viviente de aquellos hombres maravillosos, a los que tanto admiraba desde niña, aunque un estertor de su razonamiento lógico la hizo formular una pregunta dirigida a todos ellos y a ninguno en particular:

“…Pero si todos ustedes han muerto algunos hace más de un siglo, ¿Cómo es posible que estén aquí…y qué sitio es éste?...”

El robusto Beethoven, a quien Isaura inconscientemente le había dirigido la pregunta, permanece callado. Sin embargo es otro el que contesta y es un hombre a sus espaldas, cuya voz Isaura no había escuchado desde que saliera de su desmayo:

“…No esperéis. Que él os conteste, recordad que es sordo y no ha scuchado vuestra pregunta. Pero ya que llegasteis aquí. Supongo que tenéis que saberlo….tratare de explicárselo de una manera poco complicada… pero primero permitid que me presente ante vos, mi nombre es meter I. Tchaikovsky, vuestro devoto admirador… Ahora bien, esto es lo qu podríamos llamar “La Gloria de los Compositores”, o sea lo que en vida damos en llamar “el más allá” , el cielo o la muerte está perfectamente bien organizado. Hay un lugar para cada mortal, un “cielo” para cada quien, donde nos reunimos con otros seres que en vida han tenido nuestras mismas aficiones, facultades, problemas o intereses y alegrías…Aquí es donde nos reunimos los compositores, los que hemos tenido el don y la oportunidad de hacer algo por la música…por esa música mágica, que a tantos de nosotros nos proporcionó alimento y nos llenó de gloria antes de morir. Éstea es una dimensión especial de tiempo y espacio, un lugar especial, adonde llegamos cuando nuestros cuerpos perecederos se agotaron y quedaron reducidos a cenizas…¿Has podido comprender lo que te he dicho?...”
“…Si,…” respondió Isaura, “…Creo que si. Una vez leí, que un autor hablaba de un “cielo” para lo gatos, un Cielo” para los perros, otro “cielo” para los pájaros etc. etc…¿es esto algo como lo que aquel escritor describía?...”
“…¡Exactamente, éste es el “cielo” de los compositores…”
“…Luego entonces eso significa, que igual que ustedes, yo también estoy muerta…” dijo la chica con un tinte de angustia en la voz.
“…No lo podemos asegurar, Issa. Tu no eres compositora de música…¿o si?...”
“…No, naturalmente que no…Solo soy una mediana intérprete y adoro la música, pero en cuanto a composición, estoy totalmente negada a eso…”
“…Entonces no me explico cómo es que ha venido a parar aquí, niña…” volvió a rezongar el malhumorado Franz Liszt
“…Creo que yo tengo la respuesta para eso…” intervino Amadeus,”…Quizás no esta bien definido, si ella dejará de existir ahora o si aún le falta un trecho del camino por andar, y mientras eso se resuelve, la mandaron para acá por mera comodidad…”
“…¿Por comodidad?...no lo creo, Amadeus, más bien me inclino a creer, que llegó aquí por afinidad…” dijo esta vez Chopin “…¿Os gusta verdaderamente la música, mademoiselle…”
“…¡Me encanta!...” exclama Isaura, “…desde pequeña he estado en estrecho contacto con ustedes, es decir, con sus partituras, con su música, la que me ha servido de consuelo y de aliciente en muy diversos momentos de mi vida…”
“…Entonces ahí esta la respuesta, y en ese caso no nos queda más remedio, que esperar a que nos llegue el comunicado oficial, como dijo Tchaikovsky…y ya no creo, que semejante tormenta evite la pronta llegada del alguacil. Aprovechando que a vos también os gusta la música, ¿porqué no continuamos con lo que estábamos haciendo cuando llegasteis? … Claude, eras tu quien estaba al piano cuando apareció Issa ¿O no?...”
“…Si, era yo, y tocaba mi “Preludio # 12… ¿lo conoceis, querida Issa…”

En la figura del hombre, que se dirigía al piano mientras le hacía la pregunta, Isaura pudo reconocer al dulce compositor Claude Debussy, y con una leve sonrisa esbozada por primera vez en sus labios, le contestó:

“…¡Naturalmnte que lo conozco! Lo mismo conozaco y gusto de escuchar obras suyas tan bellas e importantes como “Ibéria” o el “Peludio # 6”…”

Casi antes de que la mujer terminara su respuesta, el maestro Debussy ya se concentraba sentado frente al piano y dando los primero acordes de su bella melodía.
Después de un instante de silencio, todo pareció volver a la normalidad. Todos escuchaban atentamente al preclaro ejecutante, otros hacían críticas constructivas y amables sobre el maestro y su tema, algunos otros volvieron a revisar cuidadosamente alguna de las partituras, que sostenían en las manos y unos pocos bebían con aire de indiferencia, pequeños sorbos del ambarino y burbujeante Champagne.

Isaura observaba maravillada a aquellos hombres, dejando que su mirada recorra lentamente por todo el espacio del salón. Ni siquiera se percató, de que Ludwig la contemplaba con deleite, aunque sin perder la mueca desagradable de sus labios. Tampoco se da cuenta, de que Federico ha cedido su asiento a Amadeus, que ocupaba junto a ella, y es solo hasta que éste le extiende una fina copa de champagne helado, cuando se percata de la situación y le dirige su atención a su “protector” que le dice:

“…Bebedlo, Issa, aunque esté helado, creo que le caerá bien…”
“…Gracias, maestro, ¡que amable! …” respondió Isaura aceptando la copa.
“…Por favor, no me llaméis maestro…” replicó Amadeus, “…pretendo que seamos amigos, cuando menos durante el tiempo que estéis aquí…”

Pero en eso interviene el sordo, pero no ciego ni mudo Ludwig en la conversación comentando:

“…Nuestro buen Amadeus ha quedado prendado de vuestra belleza y juventud, linda niña, y es muy comprensible, que como podéis ver, aquí nos existe mujer alguna. Además ya hacía tiempo, que carecemos de visitas. Según parece, la humanidad ha dejado de interesarse por la música, porque hace por lo menos 6 o 7 décadas, que no ingresa a este grupo un nuevo miembro… Aunque no, …seguramente lo que ocurre, es que este sitio ya se encuentra lleno, y por esono nos han mandado a otro nuevo colega más…”
“…No maestro…” trató de explicarle Isaura, “…lo que ocurre. Es que….”
“…No Issa, no vale la pena que os esforcéis…” la interrumpió Amadeus, “..El querido Ludwig es sordo como una tapia, no os escuchará ni oirá nada de lo que digáis. Él parece intuir o leer en los corazones de todos nosotros y lo que ocurre en ocasiones, da la impresión de haber participado en la conversación. Por eso es aún más grande su genio, porque a pesar de su incapacidad para escucharla, ha creado una de las obras musicales más bellas, vigorosas y positivas del mundo…”

Mientras Amadeus le habla, Isaura fija su mirada en los ojos grandes y expresivos de éste, quien al mirarla, parecen haber adquirido no solo calor, sino también la dulzura inigualable de la miel más pura, y responde:

“…Realmente es maravilloso…pero todos ustedes tienen algo hermoso. Ni yo misma me lo explico, y ya no me da horror, ni me cuesta trabajo pensar, que estoy con ustedes. Quizás yo misma ya esté muerta, como todos ustedes aquí. Pero esa idea ya no me molesta… ¡¡ Escucha, Amadeus !!...esa es la “Sinfonía Fantástica”… ¿Es Berlioz, quien la interpreta?...”
“…Si, Issa, nos turnamos para exponer nuestra propia música…”
“…¿Todos ustedes están tocando siempre, Amadeus?...”
“…Si, Issa, nos turnamos para exponer nuestras obras y para criticarnos y ayudarnos en algún momento. Tu debes saber, que un autor o compositor nunca queda completamente satisfecho con su trabajo, siempre encontramos, que tal o cual nota hubiera podido quedar mejor en esta o aquella forma. Es un trabajo que nunca termina…”
“…Veo tantas caras conocidas…” dice Isaura francamente entusiasmada, “…Y sin embargo no estoy segura de sus nombres en estos momentos. …”
“…Si nuestro byeb anigo Mozart nos hace el favor de presentarnos, yo podría iros indicando quién es quién, mi encantadora señorita…”

El que ha intervenido en la conversación, es un hombre cincuentón, de ojos redondos y acariciadores, nariz ancha, labios firmes, cara casi circular y una aristocrática y ridícula peluca blanca con rulos a cada lado y coletilla adornada con un moño de terciopelo negro. Luce un traje de fines del siglo XVIII en color marrón, y los encajes de la pechera harían la envidia de una princesa. Indudablemente es un hombre refinado, aunque a juzgar por la mirada un tanto iracunda, que dirige a Amadeus, no debe ser muy estimado por éste.

“…Si no hay más remedio…” murmuró entre dientes Mozart, “…La señorita Isaura… él es el maestro Haydn…”
“…A vuestros pies, señorita…” dijo rápidamente Haydn, “…realmente hace mucho tiempo, que no he tenido el placer de poder charlar con una dama. Pero creo, que aún recuerdo como se os debe tratar…¿Os gustaría conocer a algunos de los que se encuentran presentes?...”
“…Naturalmente que si…¡me encantaría!...” respondió alegremente Isaura.
“…Pues bien, empecemos…Aquellos cuatro, que se encuentran hablando en voz baja, son de la izquierda a la derecha Nikolai Rimsky-Korsakov, Paul Hindemith, Friedrich Smetana y Maurice Ravel. Cada uno crea su músicamuy diferente, y por eso les es posible estar juntos sin rivalizar grandemente…”
“…¿Ese es Maurice Ravel, el del famoso “Bolero”?...” pregunto Isaura entre divertida e interesada.
“…Si es él…y al viejo gruñón de Franz Liszt ya lo conociste, y el que se encuentra junto a él, discutiendo, para no variar, es el maestro Paganini, el que aún le sigue reclamando en cada oportunidad, que se le presente, el plagio de “las Campanella”, que el chapucero Franz adaptó del violin al piano, y por ese solo hecho, ya se atrevió a firmar, como si fuese de su propiedad…”
“…En realidad yo nunca me he explicado, porqué el maestro Liszt tuvo que hacer eso, teniendo como tiene, tan bellas melodías como el “Vals de Mefistófeles”, “Los Preludios”, “Sueño de Amor”, “Un Suspiro” , su “Concierto en Re Bemol” o las seis “Rapsodias Húngaras”…” comentó Isaura.
“…Tenéis razón, mi bella señorita, pero nuestro amigo Franz siempre se valió de la “ayuda” de otros compositores, para crear su propia música. Naturalmente, que no podemos negar, que sus “adaptaciones” o lo que vosotros hoy llaméis “arreglos” siempre han resultado afortunadas…”

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Re: LA CHAQUETA ROJA (cuento inédito de Gisela 1984)

Mensaje por Administración el Miér Mar 09, 2016 11:50 pm

Isaura sonríe divertida ante los comentarios un tanto irónicos del tan refinado Haydn. Realmente hay algo gracioso en la figura fea del viejo Franz Liszt , y ella tampoco puede evitar sonreír, al recordar, que la historia de aquel hombre lo registra como uno de los hombres conquistadores de mujeres, más audaces y afortunados de su época, cuando ella como mujer, nunca se podría sentir atraída por un físico como el de ese hombre. Sin embargo sí recuerda las notas de la música Liszt, ya no le parece tan descabellada la idea de poder amarlo.

Se dibuja una linda sonrisa en sus labios, cuando su mirada vuelve a encontrarse con la cara de Amadeus, el genial epiléptico, quien ha guardado silencio, desde que Haydn se interpuso entre ellos. Pero él , al ver que ella le sonríe nuevamente, también le sonría con dulzura.
Haydn sin embargo, parece estar decidido a interrumpir todo tipo de comunicación entre ellos, y en el momento mismo que se percata, que han vuelto las sonrisas , retoma la palabra y la atención de Isaura, y prosigue con la identificación de algunos más de los maestros que se hallan en el salón

“…¡Mirad, Issa!...el que se encuentra más allá con la nariz metida entre las partituras de Wagner, quien desde hace tiempo está empeñado en corregir su “Coro de los Peregrinos”. .. y los que se encuentran más a la izquierda, y con los pescuezos estirados son Guiseppe Verdi con su “Aida” en las manos y Franz Lehar que tiene debajo del brazo su “Conde de Luxemburgo” y su “Viuda Alegre”. Ambos no pierden la esperanza de poder tomar algo de la maestría de Wagner, aunque ellos mismos no lo han hecho tan mal en cuanto a ópera se refiere… y aquel, que mira la tormenta a travéz de la ventana es Mascagni, que seguramente esta buscando en el ritmo de la lluvia al golpear el vidrio, algo que le recuerde su “Intermezzo de Caballería Rusticana”… el viejo de más allá es Sibelius y su “Finlandia” ese poema sinfónico, pero él no me resulta particularmente agradable. Sin embargo tengo que reconocer, que no ha causado problema alguno desde su llegada a este lugar….”
“…¿Y quiénes son aquellos dos hombres que se hallan en aquel rincón y que son bastante atractivos?...” pregunta Isaura con curiosidad.
“…¡Ah, esos!...” continuó Haydn, “…el de la derecha es Richard Strauss, y el d gris es Johann Strauss… y precisamente les toca a ellos interpretar algo. ¿Acaso os gustaría que le tocaran el “Danubio Azul” o el vals “Emperador” de Johann, o aluno de los valses de “Rosenkavalier” de Richard?...”
“…¡El “Emperador”!...siempre ha sido uno de mis favoritos…”
“…¡Perfecto!...¿Habéis escuchado, Johann?, la pequeña desea que interpretéis vuestro “Emperador” tan bello…”
“…Si es por complacer a la dama, lo tocaré con mil amores poniéndo en ello mi mayor empeño…” dijo Strauss con una leve reverencia hacia Isaura.
“…¡Mil gracias!...” sonrió Isaura

Apenas han comenzado a sonar los primeros acordes de ese vals, cuando Isaura se enfrenta con una mirada seductora que otro hombre le dirige estando parado a un costado del majestuoso piano de concierto, y cuando éste se percata de haber captado la atención de Isaura, le regala su más intencionada sonrisa y comienza a caminar hacia ella. Isaura a su vez al notar eso, se apresta a preguntar a Haydn de quien se trata.

“…Y ese que viene allí, ¿quién es, maestro?...”
“…¡Vaya!...por fin logró, que os fijaseis en él, Se trata de Johann Sebastián Bach, es un gran músico…pero ¿a qué diantres viene?...”
“…Buenas noches, dulce señorita…” dijo Johann Sebastián, haciendo una profunda inclinación ante ella y extendiendo su mano derecha hacia ella siguió, “…he visto que os agrada la música y me preguntaba, si aceptaría bailar conmigo este bello vals, que tan magistralmente interpreta mi amigo Strauss…”

En Isaura se produce algo, que la motiva a reírse se aquel modo tan galante y antiguo, que ha empleado Bach para dirigirse a ella en solicitud de que le conceda ese baile, sin embargo con una franca sonrisa se muestra complacida y acepta diciendo:

“…Aunque no estoy vestida apropiadamente para bailar un vals, y ya que me lo ha pedido un tan ilustre maestro, acepto de mil amores…con su permiso, señores…”

Isaura se puso de pié y guiada por Johann Sebastián llegó hasta el centro mismo del salón, y siendo ceñida sutilmente por los brazos del músico, comenzó a bailar aquel vals inolvidable , que bailó por primera vez al cumplir los 15 años y mal guiada por su afectuoso padre.
Mientras bailaba, Isaura pudo observar , que Haydn echaba chispas por los ojos, en tanto que Amadeus la seguía mirando con enorme dulzura y le preguntó a su acompañante:

“…¿Porqué pudo haberse molestado el maestro Hydn?…no lo entiendo…”
“…Ese viejo aristocrático creyó teneros para si solo…” respondió Bach, “…y al llegar yo para alejaros de su lado, se sintió despojado, pero su pretensión de querer acaparar a la única mujer del salón resultaba ridícula, y yo no lo iba a permitir por mucho tiempo…”
“…Pero él no me acaparaba, simplemente conversábamos y me indicaba los nombres de algunos de los caballeros, que se encuentran aquí en esta noche, y fue muy amable conmigo…”
“…Si, ya sabemos cuán amable puede ser el buen Haydn, cuando se lo propone…”

Antes de que Johann Sebastián pudiera continuar con lo que decía, fue interrumpido por una masculina, que tocándole el hombro con suavidad le dijo:

“…Lamento mucho interrumpirlos, Johann, pero considero, que la señorita podría bailar con algunos de nosotros también… así que si ella acepta…”
“…¡¡ De mil amores!! …” respondió Isaura, antes de que Bach tuviese tiempo de protestar, al reconocer al maestro Mendelssohn, quien hacía la petición, y quien también había sido siempre uno de sus favoritos, desde que comenzó a conocer la música de todos esos grandes compositores.

A Bach, igual que le sucedió a Haydn, no le agradó en modo alguno el tener que ceder a “su dama” para que bailase con otro compañero, pero ante la sonrisa pícara y gentil , que ella le dirigió, no le quedó más remedio, que encogerse de hombros y ceder su sitio con una sonrisa.
Isaura comenzó a girar y a girar y a girar al compás de las notas de ese vals. Mendelssohn resultó ser un magnífico bailarín , y mientras se dirigían unas cuantas frases tiviales, ella recordaba claramente las notas del “Concierto para Violín” y el “Rondó Caprichoso” de ese gran músico había compuesto y que en alguna ocasión, como estudiante de música había intentado interpretar.
Lo mismo ocurrió, cuando tomando ejemplo del propio Mendelssohn, le pidieron el baile hombres en una cadena, que parecía interminable, y así bailó con Bruch, Rachmaninoff, Robert Schumann, Johannes Brahm, y en brazos de Schubert, tuvo que recordar su magnífica “Sinfonía Incoclusa”. También bailó unos cuantos compases con Grieg, y en brazos de Antón Dvorak, tampoco pudo evitar recordar las “Danzas Eslavas”, que el maestro compusiera en una época.
Después de dar dos o tres giro guiada por Meyerbeer, el círculo pareció cerrarse y se volvió a encontrar entre los brazos del pícaro Bach, quien no se había alejado mucho de ella, nunca perdiéndola de vista. Pero justo en el momento en que ellos dos comenzaran a bailar de nuevo, la música terminó, y Strauss se levantó del banquillo del piano y dirigiéndole una pequeña sonrisa de culpabilidad a la pareja, dijo como disculpándose de antemano:

“…Lo siento…he repetido el “Emperador” ya cuatro veces, y mi tiempo se agotó, además de que mis dedos se han cansado ya…”
“…¡¡¡Cansado!!! …” exclamó Bach de muy mal talante, “…¡Vaya un músico que tenemos en vos, mi querido Strauss!...a ver si Richard nos podría tocar algo más…”
“…¡Con gusto!...” respondió alegre Richard.

Tan pronto como comenzó a escucharse la música, Isaura y Johann Sebastián volvieron a enlazarse y a girar graciosamente al compás de los acordes y buscando éste cin la mirada los ojos de su compañera, comenzó a hablarle:

“…No os podéis imaginar, cuánto me alegro de que hayais venido a parar aquí, y aunque solo Dios o el diablo saben, cuánto tiempo os quedaréis entre nosotros, me he propuesto hacer de esta noche una velada inolvidable, tanto para vos como para mi mismo. ¿No os aburrieron demasiado todos esos truhanes, que se disputaban viestra compañía , impidiéndome acercarme a vos?...”
“…No, ¡que va! …todos ustedes son maravillosos, nunca creí, que la muerte fuera condición para esta maravillosa experiencia junto a todos ustedes…”
“…No tan rápido, señorita. Recordad, que aún no sabemos si vos estáis realmente muerta o si solo ha sido una confusión, la que os trajo hasta aquí… un simple error burocrático…”

El cerco que formaban los brazos de Johann Sebastián en torno al talle de Isaura se fue estrechando audazmente, y aunque el hombre no le resultaba desagradable, no le gustaba mucho ese aire de atrevimiento, que había en cada uno de sus gestos, y como era una mujer inteligente, no quería llegar a una situación en la cual se viese forzada a ser descortés y brusca con ninguno de aquellos hombres maravillosos. Fue por eso que aprovechó, que cerca de donde ellos bailaban, se encontraba un hombre alto y de buena presencia, que los miraba sonriente, y con el cual Isaura aún no había tenido la oportunidad de bailar. Fue por eso que para apartarse de Bach, con soltura y desparpajo se dirigió a él diciéndole:

“...Perdón, caballero, ¿cuál es su nombre?... su rostro me es familiar, como muchos otros aquí, pero no he logrado identificarlo…”
“…Peter I. Tchaikovsky, a vuestros pies, angelical señorita…” respondió el interpelado con una espléndida sonrisa y la ya acostumbrada reverencia de todos ellos, cuando se presentaban ante una joven mujer.

Isaura sonríe y flexiona una rodilla en un gesto divertido de gratitud mientras dica

“…Es un placer para mi, maestro…y ya que usted es uno de los pocos, que aún no han bailado conmigo, ¿Le gustaría hacerlo ahora?...”
“…¡¡¡Encantado!!!...” la respuesta de Tchaikovsky fue inmediata y llena de entusiasmo, y sin decir más nada, Isaura se entregó con alegría al ritmo y los pasos de la música, guiada estupendamente por el excelente compositor ruso, que por supuesto también ere un buen bailarín.

Al estar bailando y riendo por algunos comentarios de Peter, Isaura descubrió en un rincón la figura triste, solitaria y meditabunda del lindo Chopin. Se le veía ausente y meditabundo, a pesar de que frente a él se encontraba la figura femenina de Isaura, bailando con todos y solo apenas cubierta por la chaqueta roja que le prestase Amadeus. Realmente eso resultaba ser muy gracioso y había despertado un verdadero ambiente de fiesta en todos los presentes.

Al ver que el pianista era prácticamente el único, en no compartir la alegría, Isaura se puso seria, casi sin proponérselo. Pero la seriedad de su compañera no pasó inadvertida a Meter, el que le preguntó:

“…¿Qué os ocurre, Issa?...estabai tan contenta y de pronto habéis perdido la sonrisa, ¿porqué?...”
“…No lo se,,,estaba mirando a Chopin, y me ha dado una punzada en el corazón. Todos parecen ser tan alegres, o por lo menos serenos, y en cambio él se ve tan triste y tan desdichado…¿Sabe usted, Peter, cuál es la causa?...”
“…Aquí todos lo sabemos…El buen Fryderyk Franciszek Chopin no ha logrado olvidar aún a su adorada Madame Dudevant, único gran amor de su vida…”
“…Madame Dudevant, ¿la famosa “George Sand”?...”
“…La misma…el pobre Frederic no la ha podido olvidar ni siquiera al llegar a este lugar. La separación de ella, que le impuso la muerte, lo mantiene siempre triste y cabizbajo. Pocas veces lo vemos sonreír. Su amor fue tan grande, que aún le duele la separación…”
“…Pero casi todos ustedes tuvieron una musa, una amante, una mujer a quien amaron casi tanto como a la misma música, y a la cual le dedicaron lo que componían, sin embargo ninguno se ve tan triste. Todos han aceptado la separación…”
“…Tenei razón, adorable Issa…todos hemos tenido un gran amor en la vida, pero nuestros amores, más tarde o más tarde han muerto con nosotros. En cambio el idilio entre Chopin y “George Sand” se convirtió en leyenda y casi ni pasa hora del día en que no dea recordado por alguna persona del mundo. Eso no lo deja morir y deja a nuestro querido Frederic constantemente añorante de aquellos tiempos gloriosos de su agonía en las Islas Canarias al lado de aquella astuta mujer, que supo robarle el corazón…”
“…¿Y jamás logra olvidar su tristeza?...” pregunta curiosa Isaura.
“…A decir verdad, solo cuando es su turno al piano e interpreta su “Nocturno”, el vals “Minuto”, “Las Sílfides” , “El Adios” y la infinidad de sus composiciones en las que sueña con ella y cuando se le ve sonriente y entregado por completo a su música…¡Ah!, y hace un momento, cuando os dirigió algunas palabras al presentarse a vos…¡también entonces lo he visto sonreírse sinceramente!...”
“…¿Quiere usted decir, Peter, que mi cercanía logró apartar la tristeza del rostro de Chopin, aunque solo fuera por un momento?...”
“…Efectivamente así fue, querida Issa…”
“…Entonces…¡hagamos que vuelva a sonreír!... lo sacaré a bailar, igual como lo hice con usted. ¿esta de acuerdo, Peter?...”
“…Me parece una dulce y generosa idea de vuestra parte, Issa…y mientras vos vais a sacarlo, yo iré a quitar al pobre Richard del teclado e interpretaré algo de mi propia inspiración en vuestro honor. ¿Qué os parece?... y creo que haré un enlace con la “Suite Cascanueces” , la “Polonesa”, “El lago de los Cisnes” pasando al “concierto Varsovia” para terminar con “La Bella Durmiente”. ¿Os agrada el programa, dulce señorita?...”
“…¡Me encanta, maravilloso caballero!...” dijo Isaura sonriendo con entusiasmo y flexionando una rodilla, parodiando una reverencia antigua, interrumpiendo brevemente el compás que estaba bailando con Peter. Pero así la pareja logró acercarse a Chopin en un abrir y cerrar los ojos, y desprendiéndose de los brazos de Peter Tchaikovsky, Isaura volvió a flexionar la rodilla, y luciendo su mejor sonrisa, se dirigió a Frederic:

“… Monsieur Chopin, usted no ha bailado conmigo. ¿Me haría el honor?...”
“…El honrado seré yo, mademoiselle:::” respondió el maestro esbozando una sonrisa tímida pero luminosa.

Sin más trámites, la joven mujer se cuelga de los hombros del gran músico polaco, y en cuestión de unos segundos ya se encuentran bailando con la música de Tchaikowsky y charlando de mil naderías, que logran hacer reír franca y abiertamente al atormentado y apesadumbrado Chopin.

Mientras baila con Frederic , igual que ha ocurrido con todos y cada uno de los anteriores, Isaura casi puede palpar una mirada, que no se aparta de ella ni por un instante, y en cada uno de los giros, que exige la música, sus ojos se encuentran de Amadeus Mozart, quien ha permanecido sentado en el mismo sitio donde ella lo dejó, al lado del viejo Beethoven, quien la mira con un extraño embelezo.
Isaura se siente atraída por aquel maravilloso hombre, que en su vida, entre uno y otro ataque de epilepsia , fue capaz de escribir cosas tan hermosas como la “Sinfonía # 40 en Sol Menor” o “Una Pequeña Música de Noche” , pero un pudor extraños le ha impedido acercarse a él de nuevo, después de que fue su protector al rescatarla de la violencia de la tormenta exterior y de la cólera del regordete Franz Liszt . Isaura deseaba sentirse estrechada por sus brazos , pero una inhibición poco común en ella, cuyo carácter siempre ha sido abierto,, la obliga a contentarse con solo mirarlo y sonreírle de cuando en cuando con cierta timidez. Abrigaba la esperanza, de que Amadeus, como tantos otros, se acercase a ella. Pero todo ha sido inútil, pues el músico no parece estar muy interesado en aproximársele a ella, ya que hasta ahora se ha conformado con solo mirarla desde lejos, no importándole en lo más mínimo el asedio de otros hombres para bailar con ella.

Isaura trata concientemente de poner toda su atención a la charla que sostiene con el dulce Frederic y apartar de su mente y de sus ojos la figura de Amadeus o la mirada un tanto libidinosa de Johann Sepastian Bach, quien no se ha apartado mucho de ella, quizás esperando la oportunidad de volver a poder estar cerca de ella. Pero la risa sonora e inesperada de Chopin, la hace volver a la realidad y a él, y aunque ignora, que es lo que pudo suceder para provocar aquella carcajada del músico, se siente satisfecha de haberla conseguido y así se lo hace saber al pianista:

“…¡Eso es!...¡¡ ría…ría siempre!!... su risa es casi ten bella como su música, no debe escatimarla para los demás…”
“…¿La escatimo?...” pregunta inocentemente el gran músico.
“…¡Naturalmente que la escatima!... me han dicho que su tristeza es debida al recuerdo constante de Madame Dudevant, y eso me parece normal. Todos aquí, el que más y el que menos hemos amado a alguien y ese amor tuvo que terminar algún día inevitablemente. Pero ese “fin” entre comillas, no debe dejar en nosotros tristeza, al contrario, debe hacernos sonreír al recordarlo y sentirnos satisfechos de haber podido tener in sentimiento tan hermoso como ese. Por lo tanto debemos sonreír ampliamente con ese recuerdo….”
“…¿Y la tristeza se la separación, dónde la metemos. Issa?...” pregunta Chopin.
“…Debemos esconderla, enterrarla bajo los gratos recuerdos de felicidad que tuvimos…y además: ¿acaso existe una separación total cuando el ser amado sigue vivo en nuestros recuerdos?…¡No …no existe esa separación… porque nuestro amor vive dentro de nosotros y nos debe hacer sonreír!…”

Frederic vuelve a reír de buena gana e Isaura le planta un tiernísimo beso en la mejilla, acompañando la risa del músico con su propia sonrisa y entusiasmada le ruega:

“…Prométame usted, maestro, que procurará sonreír con mayor frecuencia…”
“…Me será difícil hacerlo, mademoiselle…”
“…Por favor,, señor…no le pido mucho, solo que trate de sonreír como ahora lo hace, pero con mayor frecuencia…¿Me lo promete Frederic?...”
“…¡Naturalmente que os lo promete, niña!…” interrumpió la peculiar voz cascada del anciano Beethoven, que ha aparecido entre los dos, solo Dios sabe desde dónde….”me temo que no tenéis más remedio, que hacer la promesa , que os requiere Issa, mi estimado Frederic, pues de lo contrario seréis un necio irredento…”
“…¡Está bien! Os lo prometo, mi adorable mademoiselle, y procuraré no escatimar tanto mi sonrisa…¿estáis complacida ahora?...”
“…Claro que lo está…” volvió y meterse en la conversación el genial sordo aún no tan sordo, antes de que Isaura pudiera contestar por si misma, “…y ahora con vuestro permiso, o sin él, me creo merecedor de poder bailar un momento con esta preciosa jovencita, tal y como lo han hecho casi todos de aquí…¿Me permitís esta pieza, señorita?...”

A Isaura le hizo muchísima gracia la forma de Beethoven, de intervenir en su conversación con Chopin, escudado un poco en su avanzada edad y el afecto que sabía inspirar desde el primer momento, a pesar de su gesto hosco. En solo cuestión de un parpadeo, Isaura se halló riendo alegremente entre los robustos brazos del músico alemán, quien le sonreía con aire de complicidad.

La mujer no se percató, de que los giros de su pareja la conducían hacia una determinada dirección, hasta que, en un movimiento repentino, el gran Beethoven la impulsó a caer rn los brazos de Amadeus, quien estaba parado en un extremo del salón intercambiando algunas palabras con el siempre mal encarado Franz Liszt.
Al verse juntos, tanto Isaura como Amadeus, se sintieron felizmente asombrados, mientras escuchaban un rezongo casi tierno del viejo Beethoven:

“…Es idiota, que ambos os paséis toda la noche mirándoos desde lejos, mientras Issa danza con todos, menos con su “protector”, que es con quien más desea hacerlo…”

Por un momento, la pareja, aunque abrazada, no atina dar paso de baile alguno y viendo la inexplicable indecisión de Amadeus, Ludwig le da un golpe en la espalda al mismo tiempo que la hace una señal a Liszt, para que se encargue de alejar y entretener a Haydn el cual viendo a Isaura cerca, se apresta ya a volver a acaparar su atención, para volver a alejarla de Mozart… diciéndole a su amigo casi con enojo:

“…¡Vamos, Amadeus! …¿Es que vais a permitir, que los “chacales” os arrebaten nuevamente la presa que codiciáis?...¡Lleváosla hombre, lleváosla!...”

Por fin Amadeus reacciona y sonriendo con alegría e inteligencia, retoma el talle de Isaura y entrando de lleno al ritmo del vals “La Bella Durmiente” , que esta interpretando Peter Tchaikovsky al piano, se concreta a decir con voz bien alta a sus buenos amigos:

“…¡¡ Gracias Ludwig!!...¡¡Franz, no lo dejéis acercarse a nosotros!!...”

En tanto comienza el primer giro, Isaura alcanzó a ver, que el sabio Beethoven atajaba en plena carrera a Bach, quien ya se disponía a acercarse nuevamente al par que estaba bailando, para decirle en tono sarcástico:

“…Aquí estoy, Johann…seguramente era a mi a quien querías encontrar tan de prosa…venid, pues hace tiempo, que los dos no charlamos, y a decir verdad, tengo proyectadas algunas modificaciones para mi “Patética”, que me gustaría discutir con vos…¡Venid conmigo! …”

Mientras el maravilloso medio sordo daba la vuelta tomando del brazo a Johann Sebastián, para alejarlo de Isaura, ésta alcanzó a ver un guiño picaresco que Ludwig le dirigía, y al cual ella correspondió , arrojándole un beso con la punta de los dedos en un ademán de agradecimiento tierno y cariñoso.

Después de unos momentos de bailar en absoluto silencio Isaura y Amadeus, y hasta evitando tontamente a mirarse a los ojos, es Amadeus quien comienza a reír divertido viendo los esfuerzos de sus dos amigos para mantener alejados de ellos,, tanto a Haydn por un lado, como a Bach por el otro lado…y exclama:

“…¡Ja, ja, ja, ja!...no cabe dude, que esos dos viejos, Lizst y Beethoven son maravillosos y estupendos amigos…¡mirad!...mirad los esfuerzos que están realizando para para alejar de vos a esos dos tunantes…”
“…Si, en verdad son maravillosos, aunque debo confesar, que en el primer momento de la actitud tan agresiva de Franz me causó cierto temor…” afirmó Isaura.

Su voz sonaba clara, dulce y tranquila, al dirigirse a Mozart, su protector, como lo lamara alguien al principio, porque junto a él se sentía segura y protegida, como si todo el mal que le pudiesen hacer, se estrellase irremediablemente en el ancho pecho de aquel hombre, que la miró desde el primer momento con infinita dulzura, casi con adoración.

“…Tenéis que entender al buen Franz…” continuó Amadeus, “…Vuestra llegada le causó gran desconcierto y desconfianza, pues desde que llegamos a este sitio, no habíamos tenido la dicha de contar con la dulce presencia de una mujer entre nosotros. Así que nuestras reacciones fueron distintas, pero igualmente genuinas y sorprendentes hasta para nosotros mismos. Desde la indiferencia de Berlioz, hasta el asedio poco caballeroso de Bach, todas son reacciones auténticas y dignas de respeto o comprensión, dadas las circunstancias de aislamiento en las cuales existimos desde hace tanto y tanto tiempo…”
“…¿Y a qué se debe, que no haya ni una sola mujer entre ustedes?...” preguntó Isaura.
“…En realidad no lo se, pero supongo que debido a las circunstancias y medios en los que vivimos…en esos tiempos pasados la mujer era el mejor y más bello e importante adorno en los salones y en la vida de los hombres, y en muy raras ocasiones dejaba de ser eso, o sea un simple adorno. Cuando alguna tenía la iniciativa de hacer algo creativo para si misma, que no fuera tejer o coser, o lo ocultaba tras las puertas de su dormitorio, o se escondía detrás de algún nombre masculino o un seudónimo masculino. Allí tenéis el caso de celebérrima Madame Dudevant, llamada “George Sand”….”
“…¿Era criticada por ustedes la mujer, que tratara de penetrar en sus dominios?...”
“…Más que criticada por nosotros , era devorada por las propias mujeres, siendo calificada como vergüenza para su género y hasta era una deshonra para la familia. Por tales motivos, nunca hubo una mujer, que lograra destacar como compositora en nuestro mundo, y creo, que hasta hoy en día ni existe mujer alguna, que sea realmente importante dentro del mundo de la música a un nivel creativo…”
“…Pues no, realmente no la hay… ¿Será que no estamos capacitadas para ese tipo de creación?...”
“…No creo que sea ese el motivo…son simples atavismos seculares, que rigen nuestro comportamiento diario aún sin que nosotros mismos nos damos cuenta de ello…”

La charla entre Amadeus e Isaura se ha tornado tan cálida, que se ha perdido la cuenta del tiempo y la pareja baila al compás de Tchaikovsky sin percatarse de que afuera la tormenta ha cesado y las primeras luces del alba han comenzado a despuntar en el horizonte.

El comprensivo Peter está interpretando por inécima vez su vals de “la Bella Durmiente” y no parece cansarse mientras observa a Amadeus en mangas de camisa y a Isaura graciosamente cubierta por la chaqueta roja, para cubrir su atrevidísimo “bikini” . Ya nadie ha osado intentar interrumpir el coloquio de la pareja y tal parece haber quedado perfectamente establecido, que la inesperada mujer pertenece de alguna manera al maravilloso Mozart, y aunque ella ha alegrado por algunos momentos a cada uno de los presentes al bailar con ellos, nadie tiene el derecho de interrumpir aquella comunión de almas, que se ha producido y que nadie sabe cuánto va a durar.
El ambiente en el salón ha vuelto a la normalidad. Parece que todos esos grandes músicos se han acostumbrado pronto a la presencia de la mujer entre ellos y la conmoción entre ellos ya ha pasado.

Sin embargo la agitación se vuelve a producir, cuando de improviso se abre la puerta de la cabaña y aparecen en el umbral tres hombres vestidos de blanco y uno de ellos llevaba un pergamino en las manos, se adelanta a sus compañeros y esperando que se acallen los murmullos y comienza a hablar:

“…Buenas noches, señores. Espero que no les sea muy molesta nuestra interrupción, pero les aseguro, que ha sido inevitable. Nuestra pequeña burocracia ha cometido un error al permitir, que esta dama tomase un camino equivocado. Pero todo se arregló en poco tiempo, y usted señorita Isaura nos tendrá que acompañar… aquí traigo los papeles, que dictaminan, que usted aún no tiene porqué estar con nosotros y mucho menos estar en este salón… Tendrá que acompañarnos…”

Al escuchar las palabras del que parece ser un alguacil, los viejos Franz Litszt, Ludwig van Beethoven, Haydn,Johann Sebastián Bach y hasta el propio Peter I. Tchaikovsky , quien ha abandonado el banquillo del piano precipitadamente, forman una barrera protectora frente a Isaura, quien es abrazada por Wolfgang Amadeus Mozart casi con desesperación.

Al ver esta maniobra de aquellos hombres y la evidente hostilidad, que sus palabras han despertado en casi todos los presentes, el alguacil parece sonreír con benevolencia, deteniendo con un gesto el inminente avance de sus dos compañeros, vuelve a hablar con cierto acento paternal:

“…Comprendo su actitud, caballeros, pero ustedes no tienen ningún derecho de detener a Isaura aquí antes de su tiempo. Además, aunque fuera su hora, ella no pertenece a este lugar…”
“…¡¿Cómo que no pertenece a este lugar?!...” dijo en tono airado Franz Liszt , “…Ella llegó aquí por su propia voluntad y por lo tanto es nuestra…conoce y ama nuestra música casi como cualquiera de nosotros . Así que, por unanimidad la reclamamos como nuestra. Si sus ineptos burócratas cometieron un error al admitir que viniese para acá, a nosotros no nos interesa mayormente. Isaura es nuestra, y con nosotros se quedará…”
“…Eso no es posible, y usted lo sabe muy bien Franz…” replicó el alguacil, “…pero tal vez sería posible arreglar, que en un futuro, cuando le toque el turno a Isaura, ella pueda ser trasladada aquí a este lugar, si ella y ustedes aún están de común acuerdo. Pero por ahora eso es totalmente imposible. Ella tiene que volver al mundo, su hermano la esta esperando, y ella misma tiene varias tareas pendientes en aquel plano…”

Un murmullo de protestas y disgustos se levantó en torno al alguacil y sus ayudantes, pero levantó ambos brazos y manos pidiendo silencio sin obtener ni el más mínimo resultado, y cuando intentaba dar ordenes a sus ayudantes para que fuesen a buscar refuerzos para controlar aquello, que amenazaba ser un motín, , la potnte voz cascada y autoritaria de Beethoven se alzó por sobre todas las demás logrando imponer un poco de silencio:

“…¡¡UN MOMENTO AMIGOS!!...no es necesario que mandéis a buscar a nadie más en vuestra ayuda, señor. Todos nosotros sabemos, que sería inútil luchar contra los designios superiores, incluso debemos pediros disculpas por este pequeño brote de insurrección , pero tenéis que comprender, que la niña se ha ganado el corazón de todos aquí. ¡Incluso el gruñón de Franz está dispuesto a pelear para que no nos la arrebatéis!...mas no somos ningunos necios y sabemos, que si aún no es tiempo, la pequeña Issa no puede permanecer entre nosotros…. Así que amigos, …nada ganamos con retrasar el momento. Concretémonos a rogar al señor alguacil, que nos ofrezca hacer todos los trámites necesarios, para que, en su reloj sea llegada la hora, nuestra querida Issa, pueda volver a estar entre nosotros.
¿lo hará usted, señor alguacil?...”
“…No os puedo prometer nada…” dijo el alguacil, “…vosotros sabéis perfectamente, que existen reglas y requisitos muy estrictos, para entrar a este lugar. Pero os aseguro, que en este mismo instante comenzaré a hacer gestiones para conseguir lo que pedís, …pero por ahora dejadla salir con nosotros, ya que no podemos permitir, que el tiempo siga pasando….”

El alguacil sonrió levemente y extendió la mano hacia Isaura con un gesto suave, casi cariñoso, entretanto la mano de Ludwig empujó levemente a sus compañeros, instándolos a abrir paso para que la mujer pudiera irse con el alguacil.. La ira, que en el primer momento se había apoderado y marcado el rostro de todos y cada uno de los presentes, poco a poco se fue transformando en tristeza honda y adolorida. Todos ellos forman a hora una valla entre la mujer y el alguacil, y al ver que el hecho es inevitable, el propio Amadeus comienza a conducir a Isaura hacia el alguacil, que la espera.

Mientras avanza por el pasillo que forman todos aquellos hombres, Isaura siente una profunda emoción y poco a poco se le llenan los ojos de lágrimas, aunque trata de sonreír y de responder a las reverencias y palabras de momentánea despedida, que va recibiendo de cada uno de ellos conforme avanza. Al final de la valla, cerca del alguacil, se encuentran de un lado Beethoven y del otro lado Liszt. El maravilloso sordo de Bonn le toma la cara con ambas manos y luego de besarla paternalmente en ambas mejillas, le dice simplemente y con brillo de lágrimas en los ojos:

“…Hasta pronto, Issa, sé que volverás con nosotros en breve…”

Isaura asiente con la cabeza y sonríe forzadamente, ya que la emoción le ha puesto un gran nudo en la garganta, que le impide pronunciar palabra alguna por el momento. Pero luego gira por su propio eje y sonríe con mayor intensidad, al ver el ceño fruncido de Franz Liszt, con el cual el hombre trata de poner sus sentimientos a salvo de las miradas curiosas. Ya no le teme, como al principio, y se ha dado cuenta, de que el astuto chapucero de la música, es solo un hombre tierno, del cual ella sabe , que puede contar con toda la protección del mundo, aunque nunca un gesto espontáneo de cariño o dulzura. Ante esa certeza, Isaura se le acerca y apoyando ambas manos en los hombros del músico, se para de puntitas y le besa suavemente la frente, provocando con ello el absoluto desconcierto del gruñón.

sigue....
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Re: LA CHAQUETA ROJA (cuento inédito de Gisela 1984)

Mensaje por Administración el Miér Mar 09, 2016 11:51 pm

“…¡Vamos!... no me vaya a regañar…” dice Isaura, “…ya se , que a usted no le gusta demostrar sus sentimientos…`¡pero a mi si! …y por lo tanto va a tener que soportar, que le diga, que es usted un ángel, aunque intente rodearse de un ligero perfume de azufre, que no convence a nadie, después de tratarlo solo cinco minutos seguidos…”
“…¡Bah!...dejaos de zalamerías, niña, nadie os las ha pedido…” respondió Franz.
“…¡Dejád ya de reñir y gruñir, viejo tramposo…” le dijo Ludwig, “…tus refunfuños no logran ocultar tu sonrojo porque te ha besado esta niña linda…”

Al escuchar el comentario de Beethoven, todos los presentes soltaron la más sonora de las carcajadas, en tanto que Isaura, seguida muy de cerca por Amadeus, el único que no logró sonreír con el comentario de Ludwig, llegaba hasta donde se encontraba el alguacil .

“…¿Está lista, sñorita?...debemos irnos pronto…”
“…Si señor…” alcanzó a murmurar con la voz quebrada Isaura.
“…Bien, en tal caso, vamos ya…”
“…¡¡Un momento!!... exclamó inesperadamente Amadeus, “…Issa, os quiero y estaré esperando vuestro regreso, con vos he recuperado esperanza, que ya había comenzado a perder y se que tenéis que regresar…¿verdad que volverá con nosostros en cuanto sea oportuno, señor alguacil? …¡Os estaré esperando Issa…”

Y tomándola de los hombros la besó en la boca con una mezcla de pasión y ternura, que demostraba un sentimiento hondo y sincero hacia esa mujer.

Isaura recibió la caricia con la misma emoción con la que le fue dada. Sus lágrimas ya no se limitaron al continente de sus ojos y comenzaron a rodar por sus mejillas lentamente y haciendo un esfuerzo por dominar su emoción dijo:

“…Yo también te quiero, Amadeus, …y te juro, que haré todo lo posible por poder regresar a tu lado en el momento oportuno…”

Sin saber exactamente porqué, Isaura recordó de pronto, que llevaba puesta la chaqueta roja, con la que Amadeus había cubierto su semi desnudez, y en un movimiento intentó quitársela para devolverla a su dueño diciendo:

“…¡Por poco lo olvido!...esta chaqueta es tuya. ¡Tómala!...”
“…No cariño, quedaos con ella puesta, afuera aún llueve un poco y hace frío, supongo que podrás llevartela… ¿no es así , señor alguacil?...”
“…No es muy regular…” gruñó molesto el interpelado, “…pero supongo, que una chaqueta roja podrá salir de aquí con un poco de buena voluntad….”

Isaura y Amadeus se abrazaron tiernamente, pero ese abrazo fue interrumpido casi con brusquedad por los ayudantes del alguacil, que a una indicación de éste, cogieron a la mujer por ambos brazos y la condujeron hacia la salida dejando a Amadeus Mozart, con un hueco entre sus brazos.

Un murmullo molesto se levantó en todo el salón, pues Isaura iba llorando mientras la conducían los hombres vestidos de blanco y un momento antes de trasponer la puerta de salida, su voz alcanzó a oírse casi en un grito:

“…¡¡¡ VOLVERÉ, AMIGOS!!!.... les juro que he de hacer todo cuanto sea necesario para volver con ustedes…”

“…¡¡TE ESTAREMOS ESPERANDO TODOS, NIÑA!!...” exclamó Beethoven en nombre de todos.


Sin más demora, el alguacil y sus ayudantes sacaron a Isaura de la cabaña llevándola con premura y bajo una fina lluvia, residuo de la tormenta pasada, hasta la orilla de la playa, justo en el lugar en donde ella había llegado unas horas antes. Ahí la dejaron sentada sobre la arena y la mujer, poco a poco va sintiendo que las fuerzas se le van, obligándola a recostarse sobre la arena con la cabeza apoyada sobre sus brazos y la mirada fija sobre la cabaña, ahora muy lejana, y cuya puerta aún permanecía abierta, mostrando algunos hombres parados en el umbral, que levantan las manos en señal de despedida, en tanto que las notas vibrantes y bellas de la “Sinfonía # 40” era interpretada como nunca por el enamorado Mozart, que con aquellas notas intenta expresar su amor hacia la mujer, que solo unas horas atrás había llegado con la tormenta para robarle el corazón casi sin que el mismo músico se diera cuenta.

Escuchando aquellas magistrales notas musicales, Isaura fue sintiendo , que sus ojos se cerraban con pesantez y sin que ella pudiera evitarlo, fue cayendo en un profundo y silencioso pozo de oscuridad, donde hasta su propio cuerpo dejaba de existir.

---------- o ----------



Un pequeño grupo de búsqueda encabezado por Andrés, el hermano de Isaura, ha pasado toda la noche peinando la zona intentado localizar a la muchacha, donde la pequeña embarcación zozobró, teniendo en cuenta, que debido a las fuertes corrientes marinas, ella no logró mantenerse cerca ni de su hermano ni de su amigo. Ya casi habían perdida la esperanza de encontrarla, cuando un grupo de chiquillos madrugadores, que jugaban en la playa desierta, dieron aviso a la jefatura de policía, de que había una mujer, aparentemente muerta, tirada en aquel lugar.

Al saber la noticia, el grupo de búsqueda y rescate se dirigió inmediatamente al sitio indicado, suponiendo que asi como las corrientes habían apartado a Isaura del lugar del desastre, también pudieron arrojarla hasta aquella apartada playa.

El primero en llegar y reconocer un cuerpo y correr hacia él, para tratar de reconocer si se traba de su hermana, es Andrés, quien le da vuelta tratando de ver el rostro y al reconocerla, de inmediato trata de constatar sus signos vitales para saber si aún había vida
Y con alegría grita con alegría:

…¡¡ESTA VIVA, ES ELLA!!...”
El paramédico que va acompañándolos se apresura a hacer a un lado al hermano para confirmar los signos vitales y luego de un breve pero minucioso examen, el facultativo dice con gran asombro:

“…Efectivamente no solo esta viva, sino que sus signo vitales son casi normales. No me lo explico, pues debió nadar mucho para llegar hasta aquí, y ni siquiera se le ven muestras de excesivo cansancio o fatiga….parece estar simplemente dormida….”
“…Que raro,…verdaderamente tiene el semblante sereno y además…¿Esa chaqueta roja…de dónde demonios la habrá sacado?...” observa el amigo de Andrés, “…¿No la llevaba puesta en el yate?...”
“…¡Claro que no!...¿Cómo iba a tener puesta una chaqueta antigua de terciopelo rojo sobre un bikini en una lancha en pleno mar y con el calor que hizo esa mañana?...”
“… Quizás algún vecino de la región encontró el cuerpo de la muchacha, y creyéndola muerta caritativamente la cubríó con eso como mortaja…”
“…Si…es posible.. pero bueno, creo que la chaqueta roja no tiene importancia ahora, y más bien tenemos que llevarla a un hospital para que la revisen y la atiendan cuanto antes…” opinó Andres.
“…¡¡pero esperen…!! Parece que ya esta despertando…”

Todos guardaron silencio. Isaura abrió los ojos lentamente, como si solo despertara de un sueño placido y profundo, y al reconocer el rostro de su hermano, una gran sonrisa le iluminó el rostro y se incorporó con agilidad mientras decía:

“…¡Andrés!...Gracias a Dios que estas bien. Por un momento pensé, que el mar había logrado tragárselos a todos ustedes….¿Pero adónde esta la cabaña?...”
“…¿La cabaña?... ¿a qué te refieres Issa?...Aqui no existe ninguna cabaña…”
“…Claro, debí suponerlo…” respondió con voz entristecida la chica.
“…Tenemos que llevarla al hospital más arcano…” intervino el paramédico “…ya que de cualquier modo es pertinente que se le haga un examen minucioso…”

Isaura abrió los ojos desmesuradamente, cuando al voltear para ver la cara del que hablaba, reconoció sin lugar a dudas al alguacil vestido de blanco, que la había sacado de la cabaña de los músicos y de inmediato se dirigió a él sin mucha mesura:

“…¿Quién es él?...”
“…Es el paramédico, que la jefatura nos proporcionó para la búsqueda, Isaura…”
“…A sus órdenes, señorita…” respondió el hombre con gesto amable.
“…¿Qué usted y yo no nos hemos conocido antes, doctor?...” insistió Isaura.
“…¡Imposible, señorita!, si la hubiera conocido antes, me hubiera sido imposible olvidarme de usted…”

Mientras decía lo anterior, el paramédico le sonrió a Isaura y le ayudó a ponerse de pié. No fue sino hasta que estuvo erecta, que ésta se percató de la presencia de aquella chaqueta roja sobre su cuerpo, que Amadeus Mozart había colocado sobre sus hombros para protegerla del frío, y en una exclamación jubilosa e incontenible gritó, acariciando con ambas manos la prenda:

“…¡¡FUE VERDAD!! … me la dejaron como prueba…”
“…¿De qué estas hablando, hermanita?...”
“…No, de nada…no te preocupes, estoy cansada y ni sé lo que digo…”
“…Oye, y a todo eso, ¿de dónde sacaste esa chaqueta tan anticuada?...”
“…¡Es mía!... la compré hace tiempo…”
“…Pues el diseño es anticuadísimo…quítatela y tírala al mar…¡es horrenda!...”
“…¡Eso nunca!...” dijo Isaura casi con angustia, pero en un tono típico de pleito entre hermanos.
“…Pero hermanita……”
“…¡¡He dicho que no!!! …” interrumpió Isaura sin dejarlo hablar.

Entretanto el paramédico y el grupo de rescate intervinieron y el paramédico dijo en tono conciñiador:

“…Vamos muchachos, no es momento de discutir, y menos por una simpleza como esta chaqueta. Venga Isaura, la camioneta esta aquí cerca y debo insistir en llevarla por lo menos a la estación médica, después de todo, se supone que ha pasado usted la noche entera o en el agua y a la intemperie….”
“…Esta bien, doctor, como usted prefiera…pero jamás me van a separar de esta chaqueta roja. Estará siempre conmigo y será mi mortaja en el momento oportuno…Digamos que es mi talismán . ¿Esta bien Andrés?...”
“… Bueno pues, será tu talismán si así lo quieres hermanita. Después de encontrarte viva, después de haber pasado la tormenta como la de anoche en el mar, ya nada pude parecerme extraño…Anda, vamonos ya…”


----------o----------



Isaura fue llevada a un centro médico más cercano y al examinarla se confirmó lo que el paramédico de la playa había dicho: se encontraba en perfectas condiciones de salud, quizás un poco cansada, pero nada más.

A partir de haber sufrido ese accidente en el yate de su hermano, Isaura volvió a sus estudios de música, que había abandonado por algún tiempo, y lo hizo con tal ahínco, que muy pronto comenzó a hacer presentaciones en público, alcanzando en breve tiempo un reconocido prestigio como una de las mejores ejecutantes de música clásica de todos los grandes maestros.

Sin embargo cuando se le solicitaba, que interpretase alguna selección de Wolfgang Amadeus Mozart en público, ella se negaba rotundamente, pretextando, que no tenía nada de aquel maestro en su repertorio.. Únicamente cuando se encontraba en la intimidad de su estudio t sin oídos indiscretos cerca de ella, su espíritu se regocijaba interpretando la música de aquel gran hombre, que ella sabía la estaba esperando en algún lugar muy por encima de las mediciones de tiempo y espacio conocidas y creadas por el hombre.

La chaqueta roja se convirtió en su talismán personal estando cerca de ella en todas sus presentaciones y en todo momento de su vida privada, llegando su excentricidad, como la llamaban todos, hasta el punto de dejar perfectamente establecido, que cuando ella falleciese, esa y no otra prenda le serviría de mortaja, ya que tenía la obligación de devolvérsela a “alguien”…

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