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MI VIDA Y EL MUNDO ANIMAL

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MI VIDA Y EL MUNDO ANIMAL

Mensaje por Administración el Miér Mar 09, 2016 11:48 pm

MI VIDA Y EL MUNDO ANIMAL


No voy a negar, que durante toda mi vida me haya importado demasiado los animales en general, aunque mi contacto con ellos no ha carecido de cierta importancia.
Desde muy pequeño solo los cuentos infantiles me pusieron en contacto tanto con el lobo feroz de de “Caperucita roja” como también supe lo que es un sapo, que es en realidad un príncipe encantado, que requiere el beso de la princesa de “La bella Durmiente” para que desaparezca el hechizo.

A los apenas siete años de edad, en compañía de mi madre y de mi hermanito menor me tocó conocer el inmenso mar, y en una eterna travesía de creo que tres semanas por barco, observé por primera vez peces voladores y el divertido juguetear de los delfines acompañado por un tiempo el viaje del trasatlántico, y también por primera vez pude observar a las gaviotas, que con elegancia graciosa acompañaban la nave en la que yo viajaba.

Al llegar a Veracruz, igualmente observé por primera vez en mi vida, que el cielo estaba lleno de aves negras, planeando pasmosamente en círculos sobre el área, y supe que eran los zopilotes, aquellas aves carroñeras que mantienen limpio el suelo y la tierra de animales muertos y de su putrefacción, fuentes de contaminación.

Algunos años después, en realidad tuve el primer contacto consciente con los primeros animales que dejaron una huella más profunda en mis recuerdos, y esos eran una pareja de perros pastor alemán, que mi padre había adquirido, debido a que servían de protección para el lugar en el que vivíamos, una gran casa con un enorme jardín de casi dos mil metros cuadrados.

Así fue como aprendí, que los animales deben disponer de áreas grandes, para correr y retozar y jugar y para procurarlos y quererlos, alimentarlos y acariciarlos, ya que con asombro y gran satisfacción, me dí cuenta, que esos animales también lo quieren a uno y lo demuestran a su manera. Con razón a lo perros en general los llaman como el mejor amigo del hombre. En verdad me llegué a encariñar con ellos en especial, y convivíamos en paz y armonía, hasta que tuve que separarme de ellos.

Durante la siguiente etapa de mi vida, y ya a los trece años, viví y estudié en un internado/escuela en Alemania enclavado en los tremendos busques selváticos de Turingia. Fue allí, donde aprendí a conocer la vida animal silvestre de las áreas boscosas alemanas, en las que se hallaban liebres, zorros, jabalíes y venados y ciervos, todos cuidados con esmero por un guardabosque oficial. De esta manera pude ver por primera vez aunque de manera fugaz y furtiva, tanto venados como liebres y también ardillas y multitud de pájaros pequeños por doquier, al nomás pasear tranquilamente a lo largo de las veredas de la zona boscosa.
Pero lo que más me impresionó, era cuando de parte de la misma dirección del internado nos hacían saber, que había entrado la época de brama de los grandes y majestuosos ciervos y que en las noches se podía escuchar el tremendo bramido de los machos y también el chocar de las grandes cornamentas de eso ciervos, cuando se disputaban el derecho de las hembras.
Con tal motivo, y bajo la cuidadosa dirección de un ayudante de guardabosque, de noche nos llevaban a los lugares indicados para poder escuchar y quizás poder ver a la luz de la luna este espectáculo tan significativo de la naturaleza animal.

Así fue, como se formó en mi mente el concepto, de que en general el animal necesita un espacio vital y natural, y que el concepto de confinación, cualquiera que fuera, era atentar contra la naturaleza. Probablemente también desde mi temprana edad, no veía yo con buenos ojos aquellos “Parques Zoológicos” que no eran más que un conjunto de jaulas. Posteriormente se venía ya gestionando la modernización de esos parques con espacios más abiertos.

Al regresar a México, y nuevamente a la casa de mis padres, volví a tener contacto con mis queridos perros pastor alemán, y así fue que se cimentó en mí interior una marcada preferencia hacia los perros en general, y jamás le he tenido miedo a ningún perro, por más que me ladrara en el momento.

Pero mi amor hacia la naturaleza y a la multitud de animales que había en ella, me condujeron por una combinación muy extraña de sentimientos contradictorios hacia la cacería, deporte el cual, en realidad mata a los animales, así nomás y dicho con honestidad. Pero se había desarrollado en mi el deseo de competir con cierta habilidad del desarrollo humano, con la habilidad defensiva del mundo animal en su medio. La cacería de animales es tan antigua como el mismo ser humano, ya sea por defensa ya sea por procurar alimento para él y su “familia”.

Cuando iba yo de cacería, desde luego mi primordial motivación era por un lado el espíritu de competencia y afinar mi puntería y la de carácter alimenticio. Por esa razón, jamás fui a cazar animales cuya carne no se pudiera comer. Esa razón fue la que prevaleció siempre al cazar patos, gansos, guajolotes, conejos, venados y jabalíes, pero nunca animales de uña, como lo son todos los felinos, ni changos ni roedores de cualquier especie. Por lo que se refiere a los reptiles, desde luego siempre procuraba evitar el contacto con cualquier víbora o serpiente y tampoco me interesaban los lagartos, caimanes y cocodrilos. En otras palabras, no era yo de esos cazadores, que por afición tratan de jalar el gatillo de su arma para matar a todo lo que se mueve. También trataba siempre de evitar cazar una animal hembra, si era factible su identificación.

En mi propio hogar una vez casado y con hijos, y con un jardín adecuado, volvimos a tener en el hogar otra perra tipo policía parecida a pastor alemán, que se distinguía por ser muy brava muy agresiva y así era una excelente vigilante. Sin embargo era muy dócil con mis hijos, y especialmente con mi hija, afecto que era totalmente mutuo. Pero nunca fue para nosotros lo que podríamos llamar “mascota”, porque jamás entraba a la casa, y estaba tan educada, que solo si la llamábamos entraba con mucho cuidado.

De esta manera comenzó a cimentarse más aun mi amor hacia los perros, y sobre lo cual puedo narrar muchos episodios muy significativos.

En otra ocasión, y realmente por entretenimiento o porque estaba de moda, hubo una época en la que me interesé mucho por la cría de chinchillas, con cierto propósito de lucro. Después de haberme documentado ampliamente, antes que nada me dediqué a construir en mi “taller” una unidad de cuatro jaulas muy especiales para criadero de chinchillas, y adquirí mi pié de cría inicial consistente de cuatro hembras y un macho.
Manejé ese mi criadero exactamente como estaba prescrito y le dediqué mucho cuidado a eso, al grado de que me encariñé con esos tan tiernos animalitos, que casi los distinguía entre si, y especialmente cuando tenían sus crías. Ese espectáculo despertaba el interés y la ternura de toda mi familia, y nos dio muchas satisfacciones, ver crecer y multiplicarse los animalitos, y convertirse en “adultos”.
Pero lo valioso de la chinchilla es su piel y llegaba el momento del sacrificar a algunos, principalmente los machos de segunda generación, o seleccionar un nuevo “semental” para sacrificar al “viejo”. Bueno era todo ello una minuciosa ocupación de registros de datos y fechas, que me ocupaba por lo menos 2 horas diarias de mi tiempo libre. Pero fue allí donde noté, que me tocaba el corazón al tener que sacrificar un animalito por su piel, que se cotizaba en un mercado mundial.

Después de casi 4 años, mejor abandoné este “entretenimiento” y hasta la fecha, aún guardo entre mis “reliquias” una piel de chinchilla, de mi propio criadero de épocas pasadas.

Al pasar del tiempo, y teniendo en cuenta, que la cacería en el monte y atravesando riachuelos y escalando por rocas y piedras, y subirse a los árboles era un ejercicio bastante pesado, pero cuando por fin me había acomodado en un espiadero con relativa comodidad para esperar que pasara un animal rumbo a un aguaje, tuve mucho tiempo para meditar y gozar de la preciosidad y riqueza del paisaje. Fue entonces cuando pensé, que era lamentable no traer mi cámara de películas de “super ocho” para filmar los paisajes, y el movimiento entre las copas de los árboles y la enorme vida que había entre ellos. También pensé, que era mucho más cómodo ir de pesca estando sentado tranquilamente en una lancha y fumar o beber algo refrescante permitiendo que el sol me bronceara.

De ésta manera se dio, que tres veces en una cacería de conejos, llevé como segunda arma, también mi cámara de cine y asi filmé algunas escenas tanto de paisajes como también el correr de conejos y de un jabalí, y también el momento de su muerte. Pero esto no lo repetí mas que dos veces más, pero poco a poco fui cambiando mi afición hacia la pesca en alta mar…y también me puse a filmar algunas escenas sobre el particular.

Con el tiempo y ya teniendo mi propia lancha, me especialicé en la pesca del pez vela principalmente, y sobre todo porque ese deporte lo podía hacer en compañía de mis hijos y de mi esposa, todos los cuales mostraban un gran entusiasmo en este deporte,, que aparte de destreza, requería de mucha fuerza y aguante y perseverancia, para cansar un animal de hasta 60 kg y que salta y brinca hacia fuera del agua muchas muchas veces, ofreciendo un gran espectáculos de belleza y fuerza.

Pronto supimos, que la “carne” del pez vela es poco apreciada y muy seca, y también para conservar la especie, solo maté uno solo para mandarlo disecar por un taxidermista como trofeo. Todos los demás que pesqué en mi vida, y han sido no menos de 30, los dejé ir con vida al solo desenganchar el anzuelo y devolverlo al agua, una vez que el animal exhausto se había entregado a su suerte. Pero esa misma suerte no la tuvieron los demás peces como el “dorado” el “coronado” y la “barracuda” y siempre y que fueran de buen tamaño, para disfrute del paladar.

Pero también en esa época me comenzaba a interesar el mundo subacuático y comencé a bucear con el equipo más moderno de la época, que se llamaba “acualung” o también “scuba”, consistente básicamente de un par de aletas parta los pies, un tanque con aire comprimido, un regulador de presión, una boquilla y un visor, aparte de un cinturón de plomos.
Fue entonces, cuando por primera vez me sentí como un pez, casi sin gravedad y flotando a una profundidad entre 3 y 15 metros. Se me abrió un mundo maravilloso al poder observar tanto la infinidad de peces de todos los tamaños, sino también le perdí el miedo natural a casi todos los depredadores, como lo son la barracuda, el tiburón y las mantarayas. Tengo la satisfacción de haber buceado entre y cerca de tiburones tanto en aguas del Pacífico, como en aguas del Mar Caribe, sin jamás ser atacado, pero eso ya es harina de otro costal. El caso es, que me fascinó estar cerca de esos animales.
También en una ocasión, entre amigos buceamos cerca de delfines en su medio y sobre todo en la cercanía de un enorme tiburón ballena, como de 6 metros de largo. Es este un animal bastante pacífico, y es más bien una ballena, que se alimenta de plancton, o sea no es depredador, y solo tiene el nombre de tiburón por la colocación de sus mandíbulas.

Al cumplir los 60 años de edad, me trasladé a Cancún, y de nuevo se inició una gran etapa en contacto con los animales, pero esta vez no solo de pesca en el mar, ya que la cacería en tierra con armas de fuego ya no me interesaba mucho. Más bien me enseñé a de nuevo convivir con perros y también con animales silvestres.

En esos años mucha gente de los pioneros de Cancún tenían perros labrador, especie que no conocía mas que de nombre y debo confesar que me enamoré de esa especie o raza de perro. Resulta que en una marina de unos amigos, había una pareja de labradores que eran una maravilla. Es el labrador un auténtico “retriever” o sea un “cobrador” o recuperador de presas de cacería por instinto innato, y por lo tanto, cualquier cosa que uno aviente lejos, el perro corre, lo recoge con el hocico y te lo trae de nuevo arrojándolo a tus pies, esperando con ansias. Que vuelvas a arrojarle esa cosa de nuevo. Así son incansables esos perros y les encanta jugar. Pero lo más maravilloso es, que son excelentes nadadores y por lo tanto el compañero ideal para todos los que vivimos cerca del mar y playas.
Eso llegó a tal extremo, que el macho de esa pareja de perros de la marina de mi amigo hasta buceaba a una profundidad de casi 2 metros, para recuperar un trozo de madera de zapote, que por su dureza y densidad no flota, sino que se hunde. Ese hermoso perro era la maravilla de todo el vecindario, y naturalmente le quitaban el rango de mi preferencia personal a los “pastor alemán” que conocía desde la infancia.
Así resultó, que un día la pareja de perros tuvo una cría, y yo de inmediato me apunté para que cedieran un perrito macho labrador, hijo de aquel padre maravilloso.

Ese fue el primer animal que tuve a mi lado durante bastante tiempo, ya que yo vivía lejos de Cancún, al la orilla del mar en una playa solitaria en medio de la selva virgen. Un lugar ideal para un animal que necesita libertad y espacio suficiente para correr y jugar. Lo bauticé con el nombre de “Thor” (dios del trueno y de la tormenta de la mitología germánica) y nos llegamos a compaginar en una forma admirable. Él me amaba a mi igual que yo lo amaba a él, era obediente y casi me adivinaba el pensamiento, y creo que ese animal lo sentía, y probablemente me “adoptó” como su “padre”. En mis viajes a la ciudad de Cancún, siempre me acompañaba, pues lo colocaba en la caja de materiales de mi “pick up” y de allí no se bajaba, y disfrutaba el viaje por carretera. Cuando llegábamos a un lugar, no se bajaba del vehículo si no lo llamaba, pero me mostraba su exagerada alegría, cuando le daba permiso para hacerlo. El binomio “Herbert y Thor” ya esa proverbial entre todas mis amistades….y sin embargo NUNCA FUE MI MASCOTA, sino solo mi fiel compañero y amigo. Mi perro no dejaba de ser un animal y como tal lo trataba yo, pues nunca ha de haber esperado de mi un “trato humanitario” como por desgracia se acostumbra para las mascotas hoy en día.

Para mi desgracia, hubo un suceso, que me dolió profundamente en el alma. Un buen día, cuando estaba yo en la ciudad de Cancún en casa de unos amigos, dejé a mi “Thor” en el espacio verde de enfrente de la casa, para que buscara como de costumbre, donde hacer sus necesidades, también como lo había hecho en muchas ocasiones anteriores. Pero llegó el momento de partir, y no encontré a mi perro. Sin preocuparme grité su nombre dos veces y en lugar de volver corriendo mi “Thor”, si señas de él. Imaginándome que se había elajado más de la cuenta, recorrí en mi camioneta todos los alrededores, gritando constantemente su nombre….y nada. Un tremendo silencio me oprimió el corazón, una angustia como quien pierde un ser querido me embargó…y tuve que dar por perdido el único animal que había significado para mi algo parecido a un ser humano.

Después supe, que operaba en Cancún una banda de robaperros, principalmente de labradores, que se cotizaban muy bien en Mérida. Pero así también fui victima de los ladrones.
Sigo con una inclinación con referencia s los perros, porque aquí, casi en cada casa hay por lo menos un perro y a veces hasta con gatos, lo que demuestra que perro y gato se llevan muy bien. En una ocasión fui por primera vez a visitar a un a migo a su propia casa, y cuando toqué el timbre, salió una chica, aparentemente la sirvienta y a tras de ella un gigantesco perro Doberman. La sirvienta abrió la reja de entrada principal y yo ya me disponía a acariciar a ese gran perro doberman, cuando salió muy disgustado mi amigo de la casa regañando a su sirvienta al reclamarle, que siempre tenía que encerrar al perro bravo, Antes de abrir la puerta de entrada. Pero luego me saludó mi amigo bastante sorprendido, porque su tan bravo doberman conmigo se había mostrado nada agresivo.
Luego nos explicamos, que como yo no había emanado ninguna adrenalina, por no temer a perro alguno, éste no se sintió agredido y no me atacó. Cosas parecidas me han ya sucedido varias veces antes y hasta con lo perros callejeros de los pueblos, que al pasar por “su casa” no dejan de ladrar furiosamente, pero cuando me les acercaba medio burlonamente, se retiraban sin ladrar.

Durante los casi 4 años que viví en mi casa del la playa totalmente solo y a mis anchas, he tenido muchos encuentros con los animales de la región, y he notado, sobre todo cuando andaba medio desnudo solo con un breve short y unos huaraches, que ni las chachalacas, ni los faisanes ni los garrobos e iguanas y hasta un puerco espín y un oso hormiguero, no me rehuían desde la distancia, sino que o se iban hasta el último momento y inmóviles me dejaban seguir por mi camino.
En una ocasión en una curva de la vereda, me encontré de frente con un puma, como de unos 45 kg, pero al verme el animal de frente, dio media vuelta, y caminó a lo largo de la brecha con toda tranquilidad, pero como yo igualmente caminaba atrás de él, de pronto dio un elegante salto hacia un lado y desapareció en la tupida maleza.
Eso mismo me sucedió con un gran tronco que había caído sobre la brecha atravesándola casi de lado a lado. Cuando me acerqué para librar el paso, de pronto ese tronco se comenzó a mover y era un lagarto bastante grande de los que abundan en el manglar pantanoso por el que como sobre un dique iba la brecha para vehículos.
Aclaro que esa clase de reptiles se parecen mucho a los cocodrilos, pero son totalmente inofensivos y se alimentan mayormente de carroña, y debido a su cabeza algo ovalada se les llama aquí “lagartos” y no cocodrilos ni caimanes.

Me encantan además la gran variedad de pájaros que hay en esta región de Quitana Roo, y he pasado horas observando a los pelícanos, tanto pardos como también blancos, o los conmoranes, los patos buzos y las gaviotas y las majestuosas “tijeretas” que con su casi inmóvil planeo a grandes alturas adornan el cielo sobre la orilla del mar, mientras en el verdor de la selva vuelan los tucanes y sobre todo parvadas de escandaloso loros y pericos, que siempre se anuncian desde muy lejos.

Solo con las víboras he tenido malas experiencias, porque como antiguo cazador, siempre había que cuidarse de ellas o matarlas enseguida, antes de que te ataquen. De esta manera y cuando mi casa en la playa estaba en plena construcción, en una mañana me encontré con una gran víbora enrollada entre el ramaje bajo de un arbusto, y sin mucho averiguar, con machete en mano me le acerqué sigilosamente y de un solo tajo la descabecé, al grado de que la cabeza del animal rodó por el suelo.
Después la cuadrilla de trabajadores indígenas que me ayudaban, me comentaron, que había cometido un gran error. Las boas eran consideradas como muy benéficas para los moradores de la selva, pues se encargaban de alimentarse de todos los ratones de campo, de alacranes y no toda clase de bichos, que molestaba a los moradores en sus chozas.
Efectivamente, meses después tuve una verdadera plaga de ratones de campo y de alacranes y de toda clase de alimañas, que a duras penas tuve que combatir con venenos.

Hasta la fecha en una marina de Cancún, se encuentra como adorno un pez vela de 3.75 m de largo y con un certificado oficial estipulando fecha, peso y medidas del animal y el nombre de la lancha y del pescador. Ese soy yo y yo lo doné a mi amigo dueño de esa marina.
También hasta la fecha y adornando por dentro de arriba abajo se encuentra la piel disecada de aquella gran boa de más de 2 metros maté por error.

Pero jamás en mi vida tuve una mascota, y tampoco nunca la quise tener…ni pensando en pájaros, o gatos o perros ni mucho menos otros animales un tanto exóticos.
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HERBERT
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