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LA LLAMADA EQUIVOCADA (Cuento inédito de Gisela de 1984)

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LA LLAMADA EQUIVOCADA (Cuento inédito de Gisela de 1984)

Mensaje por Administración el Miér Mar 09, 2016 11:45 pm

RELATOS INÉDITOS DE GISELA

Gisela al fallecer dejó entre sus pertenencias dos libretas de argollas con hojas intercambiables, que usaba como borrador para sus inspiraciones, antes de ponerlas a imprimir.
Como podrá comprobarse, no solo son relatos, sino que tal parecen verdaderos “libretos” con personajes y conversaciones y un “parlamento” como para una obra teatral o telenovela o cine.
El contenido de este otro tema es bastante extenso y requiere de algún tiempo para leerlo y es el siguiente:
*******



LA LLAMADA EQUIVOCADA
Sinopsisi Divertido relato, que pudo haberse producido en internet, que aún no existía en l982: La malentendida incógnita.

***********


La casa de Lucia es modesta, y sencilla, lo que se llama común y corriente. Muebles viejos con carpetitas sobre los sillones, que la mayoría de las veces son para ocultar alguna pequeña rotura o desgaste, que los años y el uso han dejado sobre ellos. Flores de cera en un jarrón y un pequeño mantel tejido con ganchillo sobre la mesa del comedor , que nunca se usa. La luz entra a raudales por las pequeñas ventanas semi cubiertas por cortinajes translúcidos. Todo ahí huele a perfuma rancio y tiempos idos, a naftalina olvidada.
Licía es una mujer, que ha pasado la mayor parte de sus sesenta y tantos años sola y sentada en su sillón favorito, tejiendo ropita para la casa de cuna, que queda cerca de su vivienda. La única compañía de la solterona es Juanita, una sirvienta casi tan vieja como ella misma, y que le ha servido desde hace más de 30 años, cuando quedó viuda y tuvo que trabajar para mantener a su hija.
La señorita Lucía fue la única, que aceptó a Juanita con su niña y ahora, que la niña ha crecido y ha hecho su propia vida, llenando de nietos a Juanita, ésta ha permanecido junto a su patrona pot un alto sentido de lealtad y compañerismo, no querioendo dejarla completamente sola, ya que Lucía en verdad si estaba sola en el mundo.
Rn el barrio donde vive, Lucía es bien querida y respetada y tiene fama de caritativa. Nadie se explica, cómo es que una mujer tan bien dotada de cualidades morales, y que en su juventud no debió ser nada fea, se haya quedado “para vestir santos”, como vulgarmente se dice. Por allí corre el rumor, de que hace mucho tiempo, Lucía se quedó vestida al pie del altar, esperando que el novio llegara, lo cual nunca ocurrió. El infortunado muchacho había suftido una ataque cardiaco, mientras se vestía para la ceremonia, muriendo al instante y dejando a Lucía viuda antes de casarse. Sin embargo, las pocas veces, que se le ha tocado el tema a la anciana, ésta lo niega afirmando simplemente, que el amor pasó de largo frente a su puerta y que por eso se quedó sola, aunque ni amargada ni resentida.
Dedde hace años, los días para Lucía transcurren en una cadena interminable e invariable, uno igual al otro y al otro y al otro, sin que nadie y nada llegue a perturbar su paz, que más se parece al aburrimiento, que a la tranquilidad.
Hoy también, como cada día, la anciana está sentada en su sillón tejiendo una chambrita, que parece interminable a fuerza de repetirse tanto, y junto a ella se halla el aparato telefónico, el cual ya parece mudo, por tanto de estar siempre callado. Sin embargo, hoy, a las 6.30 de la tarde, el teléfono siempre mudo, suena:
---Rrrrriiiinnnng…Rrrrriiiinnnng…Rrrriiiinnng… …
Lucía se asombra en el primer momento, luego hace a un lado su tejido y con la lentitud, que le han dejado los años, extiende la mano y descolgando el auricular contesta:
“…Bueno…”
“… ¡Hola, Teté…perdona que te llame hasta hoy, pero estuve fuera de la ciudad unos días por asuntos familiares y…”
La voz al otro lado del hilo telefónico es la de un hombre joven, que no parece siquiera respirar para hablar y que aturde a la sorprendida Lucía, con una inagotable verborrea, sin siquiera dejarle margen para protestar o aclarar, que ha sufrido un error, ya que ella no es Teté.
El joven habla con alegría y confianza y Lucía tienen que hacer un verdadero esfuerzo y levantar la voz enérgicamente, para interrumpir la avalancha de palabras y ser escuchada por el que le habla:
“…¡¡¡Perdone…perdone…Perdone !!!... Creo que usted ha marcado mal el número de teléfono. Aquí no existe ninguna Teté…señor…”
“…¡Ay! Usted perdona, señorita. No me fijé …pero estoy seguro que marqué correctamente el número …”
“…Entonces seguramente las líneas están cruzadas. Vuelva usted marcar y seguramente se comunicará con la persona que desea….”
“…Así lo haré, señorita, Gracias… y otra vez, discúlpeme…”
Al colgar el teléfono, Lucía tenía un gesto totalmente diferente en el rostro y retomó su tejido , en tanto que Juanita sale de la cocina , secándose las manos en el delantal y pregunta con extrañeza, ¿quién había hablado por teléfono a lo que Lucía le respondió, que alguien se había equivocado de número al macar….
Apenas han transcurrido unos cuantos segundos, cuando el teléfono vulva a sonar estrepitosamente, sobresaltando a la sirvienta que ya se disponía a regresar a la cocina. Lucía levanta la bocina y dice secamente:
“…Diga…”
“…¡Ay..mil perdones señorita!! Soy yo otra vez. Pero le aseguro, que ésta vez puse todo cuidado en marcar el número …”
“…No se preocupe…seguramente siguen cruzadas las líneas… ¿Porqué no espera un rato y luego vuelve a marcar? Seguramente y para entonces estarán bien los cables….”
“…Eso voy a hacer, señorita y otra vez, perdoneme…”
El rostro de Lucía no ha perdido su expresión de indiferencia total, y una vez que ha colgado de nuevo el aparato, retorna a su tejido asintiendo con un movimiento afirmativo de la cabeza hacia Juanita, que preguntaba si de nuevo se habían equivocado al marcar el número.
Al cabo de unos 15 minuto aproximadamente, el timbre del teléfono vuelve a sonar, y ésta vez si logra sorprender a Lucía, la que secamente dice:
“…¿Quién??...”
“…¡¡Ay Dios!!...vas a pensar que estoy jugando o que te quiero molestar, pero te juro, que no es asi…He marcado exactamente el número que me dieron…solo que me lo hayan dado mal … ¿No es el número 2 – 36 – 29 ?...”
“…No señor, seguramente las lineas siguen cruzadas, ya que mi número es el 2 – 39 – 26…”
“…¿Y qué podemos hacer? Pues yo me tengo que comunicar con ese número…”
Lucía casi no se ha dado cuenta, de que el trato con ese desconocido del teléfono ya se ha hecho menos formal, casi familiar, en un tuteo casi desconocido para ella. Aunque de momento rechazó esa pregunta de “qué podemos hacer” en plural, ya que el problema era solo de él y no suyo y la repetición del incidente ha logrado poner un toque de disgusto en sus ojos y trata de encontrar una solución al problema, guardando silencio por un momento.
“…¿No se te ocurre nada para que pueda comunicarme al número que quiero? …” vuelve a preguntar la voz del teléfono.
“…¡Aguarde…estoy pensando… además el problema es suyo y no mio…”
“…¿Estas segura, de que ese no es el 2 – 36 – 29?...” dice el otro.
“…¡Por Dios!... ¡Claro que estoy segura!... ¿Piensa usted, que no sé ni cuál es mi propio número telefónico?...Estoy vieja, pero le aseguro, que todavía puedo recordar ese detalle…” responde ya bastante molesta Lucía. Pero la voz en el teléfono sigue diciendo:
“… ¡¿Vieja?!...¡Bah!...A juzgar por tu voz, no puedes tener más que unos 20 años…”
“…¡¿Veinte años?!...¡Ja!!...multiplicados por tres o cuatro posiblemente si, señor…”
“… No te creo…Seguramente eres una muchachamuy linda, que quiere aparentar ase ruana anciana para evitar, que un desconocido, como yo, la embrome. Pero te aseguro, que no es esa mi intención Estas llamadas han sido puramente accidentales…”
Lucía sin prestar atención a lo que había escuchado por telégfono Le dijo lo siguiente:
“…Creo que ya tengo la solución para su problema, señor… cuegue usted y yo dejaré desconectado mi aparato durante un rato, quizás así logre comunicarse con su amiga… ”
“… Me parece buena idea…lo haremos…¡Ah! Mi nombre es Lizardo, ya que nos estamos comunicando, debemos saber nuestros nombres cuando menos…¿Con quién tengo el placer de cruzar mi línea telefónica? ….”
“…No creo que eso tenga importancia, señor…”
“…Lizardo, yo me llamo Lizardo…y es de buena educación dar nuestros nombres a quien nos habla. ¿No te enseñaron eso desde pequeña?...”
“…Voy a colgar, para que usted pueda hacer su llamada, señor…”
“…Está bien, gracias…y ya que no me quieres dar tu nombre, tendré que bautizarte yo mismo…¿Qué te parece el nombre de Nepomusena?...”
“…¡Estas loco!.... soy Lucía…!”
Lucía había caído en la trampa y había contestado casi como un reflejo, sin darse cuenta exacta de lo que había dicho, pero aún alcanzó a escuchar una divertida risa de Lizardo diciendo:
“…¡Lucía !...es un bello nombre….” Antes de que se cortara la comunicación.

--------o--------


El truco de dejar descolgado el teléfono por un bun rato, al parecer dio resultado, pues el aparato ya no volvió a sonar aquella tarde y Lucía pudo continuer con su tejido sin más interrupciones.
La mañana siguiente transcurrió rutinariamente. Nada parecía romper la monotonía de la vida en la casa de Lucía y Juanita. No fu sino hasta las 6.30 de la tarde cuando el teléfono volvió a sonar, igual que en la tarde anterior:
“…¿Diga?...” contestó Lucía con una ligera inquietud.
¡…¡Ay no!...” exclamó la voz de Lizardo por el teléfono “…bueno, pues ni modo…¡hola Lucía!...habla otra vez Lizardo…”
“…¿Lizardo?...”
“…¡Si, soy Lizardo, el “cruzado” de ayer en la tarde…”
“…¡¿Usted otra vez!?....Ahora no me va a decir, que se cruzó la línea, y precisamente con el mismo teléfono, o sea ¡el mío!...”
“…Pues aunque ni el señor Ripley lo puede creer, es verdad. Acabo de marcar el 2 – 39 – 26 y me ha vuelto a comunicar contigo. Quizás sea el destino el que ha querido, que nos volvamos a saludar. ¿No crees?...”
“…¡No! No lo creo, señor…Pienso que es usted un desocupado y que quiere fastidiarme o bromear a mis costillas, pero sépase, que yo si soy una persona ocupada y no quiero seguir perdiendo el tiempo con un niño torpe…”
“….¡Oye, oye, no tan rápido, Lucía…te aseguro, que no tengo un interés mayor que tu en que los dos hablemos. ¿Cómo iba yo a comunicarme contigo, si ni siquiera se tu número?....y en cuanto a lo de niño desocupado y torpe, permíteme que te diga, que soy un ingeniero de 26 años y con bastante trabajo pendiente… solo quice ser amable con la muchacha, con la cual he tenido que hablar por circunstancias totalmente fuera de mi control. Pero ya que eres tan agresiva, ni hablar, solo te suplico, que vuelvas a dejar descolgado tu aparato telefónico por un rato más, para que yo logre comunicarme con mi amiga. La que si esta esperando mi llamada…”
“…Con mucho gusto, señor…y ojalá que este incidente ya no se repita…”
Cuando Lucía colocó su auricular sobre la mesa dejándolo desconectado, se encontraba realmente disgustada, cosa que extrañó profundamente a Juanita, quien al escuchar la voz de su patrona en la sala, había salido de la cocina un tanto confundida, ya que Lucía nunca hablaba con nadie y menos por teléfono.

…Ocurre algo malo, señorita Lucía?...” preguntó la sirvienta
“…¡No!... nada importante, Juanita…Un chico desocupado, que quiso embromarme y fastidiarme…”
“…¿Cómo que la quiso embromer, Señorita?...”
“…Olvídalo… no tiene importancia…”

Juanita ya regresaba a su cocina cuando la voz de Lucía le detiene preguntándole inesperadamente:

“…¡Oye, Juanita! ¿Tu crees que mi voz puede parecerse seriamente a la de una jovencita de 20 años?...”
“….Poos la mera verdad, Si, señorita. Tiene usted un timbre de vos rete jovencita… ¿porqué me lo pregunta usted?...”
“…No, por nada… olvídalo, no tiene importancia….ve preparando ya la merienda, hoy me quiera acostar temprano…”

Juanita volvió a su cocina y Licía se sorprendió a si misma mirando fijamente al teléfono descolgado y con un sentimiento de culpa, se arrepintió de haberse comportado tan agresivamente con Lizardo, aquel extraño del teléfono. Pero en la confusión no se había dado cuenta, que a ese extraño, ya le había dado el verdadero número de su aparato.

--------o--------


Al día siguiente, Lucía se sentó a tejer junto al teléfono, según era su costumbre desde hacía varios años, pero esta vez, poco antes de las 6.30 de la tarde, hizo a un lado su labor y permaneció con la mirada clavada en el teléfono mudo, como si inconscientemente estuviera esperando y deseando que las líneas se cruzaran nuevamente, y poder así escuchar la vez de Lizardi, y tener la oportunidad de ofrecerle una disculpa por su comportamiento caso grosero del día anterior.

Su razonamiento le decía, que un nuevo enredo de lineas telefónicas sería casi imposible, sin embargo su corazón estaba casi seguro de que eso ocurriría. Y aguardó.

Su espera no duró demasiado, pues a las 6.30 en punto de la tarde, el teléfono volvió a repiquetear como lo había hecho las tardes anteriores y Lucía se apresuró a contestarlo con un ligerísimo temblor en la mano.

“…¿Diga?...”
“…¡Esto ya es el colmo de mi mala suerte!…¡No, no lo puedo creer…!!!” la voz de Lizardo sonó casi exasperada “…¿¡Porqué demonios me tiene que pasar eso precisamente a mi?!....Perdóname, Lucía, pero te juro, que no tengo la menor intención de comunicarme contigo y molestarte…. ¿puedes dejar tu teléfono descolgado por un momentos, para que yo me puede comunicar con quien yo quiero? …por favor Lucía…”
“…¡Vaya!...ya hasta mi nombre se aprendió…Sabe, señor, esta vez casi me alegro de este contratiempo, que nos está comunicando todos los días, pues quisira ofrecerle una disculpa por mi mal comportamiento de ayer. Pero no me va usted a negar, que ésta casualidad ya resulta graciosa a fuerza de ser absolutamente increíble…”
“…Pues en realidad, si resulta increíble, que en tres días consecutivos nos estemos comunicando a fuerza de la más absoluta casualidad, ya que ni idea tengo de cuál es tu número telefónico…” sigue mintiéndole hábilmente Lizardo.
“…Ayer, después de que cortamos la comunicación, me arrepentí de mi brusquedad, ya que después de todo, no ha sido sino solo un accidente un tanto inverosímil, y admito que ya soy una vieja carrascalosa, que desconfía de todo mundo a estas alturas de la vida…”
“…¡Claro que te disculpo, Lucía!...pero de lo que eres una vieja, no me vas a convencer janás. Con esa voz ran cristalina y transparente no es posible que tengas mucho más de 20 años, tal y como te dije desde el principio…”
“…Pues se equivoca usted, señor…yo ya he sobrepasado los 50 años desde hace bastante tiempo, gracias a Dios…”
“…¡Es inútil!,,,no me vas a convencer. Ya hasta he podido imaginarme tu aspecto físico. ¿Quieres que te describa según te he imaginado por el sonido de tu linda voz?...”
“…¡Qué locura…Lizardo!...”
“…¡ Vaya !...Tu también te has acordado de mi nombre…¡ya es una ventaja! …”

La voz de Lizardo volvió a sonar alegre, jocosa y despreocupada y luego después de una leve y breve carcajada sigue:

“…Pues verás , te he imaginado menudita , de buena figura, con el cabello claro y sedoso y largo, con los ojos negros como alas de cuervo y con profundidad de gitana, dedicada a los estudios y celosamente cuidada por un padre posesivo que te mantiene apartada del trivial y pecaminosos mundo en el que vivimos…¡Eh! Que tal, ¿qué te parece mi descripción?...¿verdad que he acertado en todo…?”

Lucía no puede contenerse y deja escapar una sonora carcajada a la vez que dice:

“…En verdad, que tiene usted una imaginación muy fértil, jovencito. Le aseguro. Que si alguna vez tuve algo de lo que usted acaba de describir, ha sido hace mucho tiempo, y ya no me queda ni rastro de ello. Sin embargo si usted se empeña en imaginarme como una princesa encantada de un cuento, no seré yo quien le quite esa ilusión…”
“…¿Princesa en cantada de un cuento?...pues la verdad, no se me había ocurrido, pero ahora que lo mencionas, supongo que así debieron ser esa damas, que inspiraron tantos amores y tantas aventuras caballerescas. Sin embargo tu no eres un mito, eres tan real como yo mismo….”
“…Bueno, joven, es mejor que dejemos esto. Usted tiene que comunicarse con el número 2-36-29 y yo debo terminar una labor, que tengo que terminar al asilo.Así que cortemos la comunicación y dejaré descolgado mi teléfono por un rato. ¿Está bien?...”
“…Si no hay más remedio…cuando menos hoy hemos quedado como amigos. ¿No es así, Lucía?...”
“…Si, supongo que si…una amistad muy virtual y extraña, pro amistad al fin t al cabo…”
“…Bien, entonces hasta mañana, mi princesa encantada de cuento…”
“…¡¡¿Hasta mañana?!.... ¿Porqué ese hasta mañana…???...”
“… “ N…no..no sé…” dijo tartamudeando Lizardo un tanto confundido y temeroso de ser descubierto, y continuó:
“…Su…supongos que si esta casualidad se ha producido 3 días seguidos. Se puede repetir en cuarto día también…”
“…No lo creo…” replica Lucía, “…eso ya rebasaría los límites de lo razonablemente lógico…así que esta vez si será el adiós definitivo, señor mío…”
“…¿Porqué no dejas ya ese trato tan protocolario?...Llámame simplemente Lizardo…recuerda que hemos quedado como amigos…”
“…Está bien…está nien… pero ya cortemos la comunicación, ya se ha prolongado demasiado…Adiós Lizardo…”

Lucía cortó la comunicación sin más palabras, pero para aumentar más el asombro de Juanita, quien ha salido de la cocina al escuchar lo que su señorita sostenía y lo que parecía ser una amena charla, cuando ésta vuelve a descolgar la bocina y ponerla sobre la mesa adjunta, para permitir que su desconocido interlocutor logre comunicarse con el otro número que realmente estaba marcando. La solterona sonríe divertida, como si el incidente hubiera dejado de molestarla, para convertires en un suceso agradable y refrescante dentro de su sofocante monotonía.

“…¿le ocurre algo, señotota Lucía?...” pregunta insegura Juanita.
“…No..no me ocurre nada…es solo que ya casi había olvidado que la juventud ríe y hace reír , aunque uno no quiera…”
“…¿No me diga que otra vez ese muchacho que se equivoca al marcar?...”
“…Pues si, Juanita, era él, y y ¿sabes que piensa que soy una jovencita bella y tímida. Hizo una descripción de cómo se imaginaba que era yo en su exaltada fantasía, y en realidad si se parece un poco de cómo era yo hace ya varios lustros…”
“…¡¡No me diga!!---“
“…Si, Juanita…es algo casi increíble…” Lucía había vuelto a soreír, pero al levantar la vista y ver la expresión boquiabierta de su fiel sirvienta, se turba un poco, y y tratando de disimular su inusitada sonrisa, retoma su tejido y sin mucho tacto le ordena a su sirvienta que vaya a prepararle su merienda.
La sirvienta permanece todavía unos instantes mirando a su patrona con expresión atónita, pero en cuanto Lucía levanta la vista, le clava una mirada autoritaria y la pobre Juanita estruja la punta de su delantal y se dirige de inmediato a la cocina aunque con paso vacilante y un poco nerviosos, sin comprender del todo la inesperada y momentánea conducta de la señorita Lucía. Se daba cuenta, de que a pesar de servirle ya desde hace varias décadas, muy pocas veces la ha visto sonreír como hoy.

--------o--------


Los días siguieron su carrera interminable, y por absurdo o increíble que pueda parecer, las llamadas del joven Lizardo continuaron llegando diariamente a la misma hora. Las charlas de Lucía con el muchacho se prolongaban cada día más y Lizardo debió tener un gran poder de convencimiento o una magistral elocuencia, porque la mujer cada vez reía más al escucharlo y compartía con él sus fantasías y realidades, que estaban por demás muy alejadas de lo que ella era o vivía.
Pronto Lucía desistió de convencer a Lizardo, de que ella era una mujer mayor, pues él era terco como una mula y por nada del mundo dejaría de pensar, que su amiga telefónica pudiera tener más de 20 a 21 años de edad. A Lucía por su parte también le comenzaba a gustarle hacerse la ilusión de sentirse tratada como una jovencita.

Habían transcurrido ya 15 días desde que Lizardo llamó por primera vez a la casa de Lucíapor equivocación, y sin que ella se hubiera percatado de lo que estaba ocurriendo, ha ido concentrando y acomodando su vida entera a la espera diaria de esa llamada, siempre a la misma hora y hecha con el mismo tobo alegre y galante que era tan propio del joven Lizardo.

La solitaria mujer no ha podido ocultarle por mucho tiempo a Juanita el agrado, que ha llegado a producirle el hecho de recibir la diaria llamada de ese desconocido, que le había brindado una amistad bastante singular, pero no por esos menos sincera y verdadera. Con el paso de los días, le ha ido contando al detalle dichas conversaciones telefónicas a su fiel compañera de soledades. Juanita en cambio le había insistido varias veces, en que no debe engañar al muchacho, que debe convencerlo de que hay una gran diferencia de edades entre ellos….a lo que Lucía responde segura de sí misma, de que lo ha hecho infinidad de veces , y que ese hombre más terco y necio del mundo, por nada quiere creer que ella ya era una vieja, a lo que Juanita le responde:

“…Sin embargo. Señorita Lucía, por lo que me cuenta de él, ha de ser ya bastante maduro para la edad que dice tener…”
“…Si lo es, pero su lenguaje es igual al que usan todos los chicos de hoy…”
“…¿Y si él no fuera tan joven como asegura serlo, señorita?...”
“…No lo creo, Juanita…¿Qué objeto tendría para mentirme?...”
“…No lo se, …tal vez él piensa sinceramente, que es usted una jovencita y…..”
“…Te repito que no lo creo… por cierto ¿qué hora es…? …¿rstá bien ese reloj?...”
“….Perfectamente, señorita….faltan 15 minutos para las 7 ya…”
“…Porqué no habrá llamado?...él siempre es tan puntual…¿Le ocurriría algo malo hoy, Juanita?...”
“…No lo creo, señorita Lucía….tal vez hoy tuvo suerte y no hubo cruzamiento de líneas, o simplemente no ha tenido para qué llamar a ese teléfono aquel, que siempre se cruza…”

Pero también y necia Lucía insiste ya no fingir ante Juanita y le dice:
“…Pero ayer me aseguró, que hoy me llamaría como todos los días, quizás confiando demasiado en el defecto de las líneas…”
“…¿Quiere usted, que ya vaya preparando la cena?...”
“…Si, Juanita…aunque no tengo apetito….prepara algo para ti…”
“…Pero señorita Lucía…no ponga esa cara, que parece que el mundo se va a acabar en cualquier momento…quizás a su amigo solo se le hizo un poco tarde y en cualquier momento la llamará.
Además tenga en cuenta algo muy importante, que todo ese enredo de las llamadas telefónicas obedece a un defecto de cruzamiento de líneas….y a lo mejor ya arreglaron el defecto….”
“….Si Juanita, tienes razón, no había pensado en eso….de cualquier modo, cena tu…yo no tengo apetito…”

Mientras Juanita preparaba su propia cena y de todos modos algo para su patrona, ésta permaneció sentada junto al teléfono hasta las 10 de la noche, sin que éste sonara. La taza de chocolate, que Juanita se empeñó en llevarle a su patrona, tiene ya una gruesa capa de nata, producida por el enfriamiento y no se ha tocado ni en lo más mínimo.
Desde su cocina, la sirvienta ha observado por largo rato la acritud entristecida y ensimismada de Lucía y siente una infinita compasión por aquella solterona triste y buena. Nunca se había imaginado, que las llamadas de ese joven hubieran llegado a significar tanto para ella. Se encuentra con la cabeza cana recostada sobre el respaldo del descolorido sillón, y de cuando en cuando, creyéndose inadvertida, enjuga una lágrima, que resbala con lentitud por los surcos de sus rugosas mejillas.

Disimulando su propia tristeza, provocada por el abatimiento de Lucía, Juanita sale de su cocina y se dirige a su ama, diciéndole con aparente indiferencia:

“…Vamos ya, señorita Lucía, es tarde y debemos descansar…¡ándele!...”
“…No, Juanita, déjame aquí otro rato más, aún no tengo sueño….vete tu a dormir, ya es tarde, como dices…”
“…Pero señorita…si usted nunca se acuesta tan tarde…”
“…”Ahora no tengo sueño, mujer…¡Déjame! …”
“…¡Pues no!...No la voy a dejar, porque me parece tonto, que esté usted asi de triste, solo porque ese muchachito entrometido no la llamó hoy…”
“…No s por él, que he perdido el sueño, Juanita, aunque debo confesar, que ya me había acostumbrado a escuchar su voz diciendo una sarta de tonterías, que me divertían…pero claro, no podía yo esperar, que su línea telefónica se siguiera cruzando con la mía para siempre. ¡Eso es absurdo!...”
“…¡ Pero cómo!!...¿es que en los 15 días de estar platicando diariamente, no se le ocurrió a usted a darle su número telefónico, ni a él a pedírselo???...”
“…Pues no, Juanita….yo al menos era tan tonta en pensar, que ya era normal, qué él marcara su número deseado y que asi llegaba al mío…”

Así estuvieran las dos parloteando y discutiendo, como solo dos viejitas lo pueden hacer, sin darse cuenta, que se encontraban en un círculo vicioso de su propia ingenuidad. Ambas se hacían preguntas y se daban respuestas todas basadas en la gran ignorancia de lo que es la tecnología telefónica. Finalmente fue Juanita la que analizó la situación:

“…Si, señorita Lucía, ha sido usted rete tonta… pero no por acostumbrarse a platicar un rato con él todos los días, se había olvidado cuánta falta le estaba haciendo el tener una alegría, un contacto con el mundo exterior, el cual durante tanto tiempo pareció haber olvidado. Tan es así, que ni se le ocurrió asegurar en alguna forma esa comunicación. ¡Solo a usted se le ocurre dejar al azar algo tan importante… Pero ahora ya ni llorar es bueno, de modo que mejor váyase a dormir, ya que una desvelada no le puede traer nada bueno a nuestras edades. Debemos cuidarnos un poco de hacer locuras…”
“…Si, mujer, tienes razón. Tu tienes una hija y unos nietos, que te quieren y te necesitan. ¿Pero yo…qué demonios tengo, para seguir en este mundo, a quién le hago falta? ¡Tejer y tejer chambritas para los hijos de otras madres, que los abandonaron en los hospicios!...”
“…Vamos a pedirle a Dios, que mañana haya otro “cruzamiento” igual en las líneas telefónicas, y en cuanto vuelva a escuchar la voz de ese muchacho, lo primero que hará, es darle su número telefónico…”
“…Y si no se produce ese milagro…y si no me llama, Juanita?...”

Ya Juanita no sigue hablando y solo encoge los hombros en resignación. Lucía acepta casi con la misma resignación la situación y se deja conducir por su fiel sirvienta hasta la recámara. Pocos minutos después ya se halla metida en su camisón de franela y se arrellana entre las tibias sábanas de su lecho, mientras Juanita apaga la luz y le da las buenas noches, murmurándole palabras de aliento para el día siguiente.
A Lucía se le había formado un nudo en la garganta, mientras dos hilitos de lágrima resbalaban por sus mejillas, hasta que ya muy entrada la noche, casi al alba, el cansancio la vence y la sumerge en un sueño agitado y totalmente carente de reposo.

--------o--------


La mañana del día siguiente, Lucía se la pasó aparentemente ocupada con un cúmulo de cosas, que había ido dejando pendientes en las últimas semanas. Sin embargo, al ir cayendo la tarde, Juanita pudo notar, que los ojos apagados de su ama se dirigían cada vez con mayor frecuencia hacia la mesita del teléfono, como si no pudiera escuchar el timbre cuando suena. Pero es una actitud instintiva del subconsciente, como si pudiéramos VER como repiquetea.
Cuando el viejo pero muy exacto reloj en la pared suena para dar las 6.30 de la tarde, las pupilas de Lucía acabaron por quedar clavadas en el negro aparato.
La fil sirvienta comienza a rezar entre dientes a todos los santos de su devoción, para que el milagro de las “líneas cruzadas” se repitiera una vez más, para que su señorita Lucía no volviera a pasar una noche más de triste e infructuosa espera. Pero nada sucedía, y Juanita se decide a tratar de distraer a su patrona con cualquier pretexto, tratando de apartarla del teléfono, y cuando se dispone a salir de su cocina, el aparato parece adquirir vida y suena.

“…Rrrrriiinnng… Rrrriiinnng…”

Por un momento, Lucía no parece dispuesta a contestar a la llamada, su mano y su barbilla delatan un leve e incontrolable temblorcillo y parece haber quedado completamente paralizada. Al tercer repiqueteo del aparato, los nervios de Juanita estallan y grita casi encolerizada desde la cocina:

“…¡¡¡ Con un demonio!!!...¡¡¡No aguanto oír ese timbrazo una vez más !!!... Si usted no contesta el teléfono, yo lo voy a hacer, señorita Lucía…”

Este fue el pequeño acicate, que en su subconsciente esperaba y necesitaba Lucía, para apresurarse a descolgar el auricular, haciendo a un lado un montón de dudas, temores y resabios, que se habían acumulado en su mente en ese instante.

“….¿Bueno?...” la voza de Lucía tembló, muy a su pesar.
“…¡Gracias a Dios!...Lucía…¿eres tu?...”

La conocida y largamente esperada voz de Lizardo sonó en lo oídos de Lucía como música celestial, llena de sincera alegría, y enseguida le dio a Lucía una serie de largas explicaciones, para explicar su prolongado silencio, ya que era obvio, que su proceder tan irregular ameritaba eso. Pero en realidad, el bribón había decidido terminar con ese engaño, y prefiriendo la sinceridad, para lo cual antes que nada había hecho consigo mismo un profundo análisis de conciencia, ya que su interés en Lucía había crecido considerablemente y no sabía cómo explicarle, que en todo este tiempo la había dejado en el engaño de un “inocente cruzamiento” de líneas telefónicas, pero que Lucía no había podido comprobar. Por lo anterior comenzó a hablar:

“…Mira mi estimada amiga Lucía, creo que esta vez tuvimos una inmensa suerte, en que de nuevo las líneas se han cruzado, pero como yo ya no puedo depender de la deficiencia del sistema, de una vez te pido, que me proporciones tu verdadero número telefónico, porque en realidad no lo tengo. Te juro que yo me volvería loco si por desgracia ya no se cruzarían las líneas y nunca más podría oír tu voz….”
“…Realmente hasta anoche, que me lo hizo notar Juanita, me dí cuenta, de que es absurdo, que en tantos días de plática no hayamos intercambiado ningún dato de localización. Supongo que ya es necesario acabar con eso ¿Verdad?... Pero eso ya no nos volverá a suceder…”
“…Ahora mismo me das tu teléfono, ya tengo el lápiz en la mano para apuntarlo. Dima, ¿cuál es?...”

Lucía todavía dudó un instante, pero el recuerdo de la absurda noche, que acababa de pasar por no haber recibido la llamada de Lizardo la decidió a hacer a un lado viejos escrúpulos y le dio su número telefónico sin más reparos.

Lizardo lo comparó con el que ya tenía y suspiró con alivio. Ya no había motivo para ocultamientos y falsedades…por lo menos por ahora.

La plática de ese día fue más prolongada de lo acostumbrado, como si ambos necesitaran resarcirse de lo que no pudieron tener el día anterior y las risas de ambos menudearon a lo largo de casi una hora. Éste tiempo pareció volar para los dos desconocidos amigos, en tanto que desde la cocina, Junaita también sonreía y daba gracias a Dios y toda su corte celestial por haberle concedido a su señorita Lucía el milagro de un nuevo “cruce de líneas telefónicas”.

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Las llamadas de Lizardo continuaron llegando puntualmente todas las tardes, un mes más, cuando en el reloj sonaban las 6.30, sin que hubiera nada que las interrumpieran o las entorpecieran. Lucía le contaba casi todo a Juanita, quien sonreía recordando sus propias emociones de 40 años atrás, cuando conoció a su difunto marido y había comenzado a enamorarse de él, casi sin darse cuenta. Hacía ya algunos días, que la fiel sirvienta de Lucía se hallaba segura, de que su ama se había enamorado de la voz del teléfono y por su mente sencilla ni siquiera pasó la idea, de que la propia interesada no se hubiera dado cuenta de ello. Así que cuando se lo mencionó a Lucía, ardió Troya.

“…¡ Por Dios, …Juana!!...¡¿Cómo se te ocurre semejante tontería?!...¿¿YO ENAMORADA DE LIZARDO??!!... ¿Es que ya se te olvidó, que la semana entrante cumplo 65 años de edad?... Además, ni siquiera conozco a ese muchacho, del cual podría ser su madre o hasta su abuela… Eso me saco, por andarle contando todas mis tonterías a una vieja mitómana y alucinada como tu…¡¡Hazme el favor…yo enamorada de Lizardo!...”
“…Pues si, señorita Lucía…” in sistió valientemente Juanita. “…Aunque usted misma se lo niegue, stá enamorada de ese tal Lizardo. Si nada más hay que hay que oírla hablar con él, para saber, que ya se volvió el centro y motivo único de su vida…Igualito me pasó a mi, con el papá de mi jija. ¡Hasta me dolían los pies de estar parada en el zaguán de mi casa, viendo si el desdichado hombre llegaba por fin!...”
“… Estás loca, Juanita…¿Cómo me voy a enamorar de alguien a quien nunca he visto y que además, dice ser un chaquillo de 26 años?...”
“… Allí está el detalle… Él “dice” que tiene esa edad, pero qui´n le asegura a usted, que no s un viejo y más reviejo que usted?...”
“… No tendría caso que me mintiera, Juanita. ¿Para qué lo iba a hacer?…”
“…A lo mejor, él si cree. Que usted es una chiquilla y por eso finge ser joven también…Porque por lo que me ha contado usted de sus pláticas con él, se trata de un “joven” con ideas bastante viejas,,,¿no cree?...”
“…Bueno, si, es un muchacho bastante maduro y sensato, con el cual se puede platicar muy a gusto…además, desde un principio yo le aseguré, que soy una vieja…”
“…¿¿Y se lo creyó??...”
“…Pues realmente no, pero creo que…”
“..¡Allí está!...él sigue en la creencia de que usted es una nila de 20 años y no se quiso arriesgar a que lo rechazara por ser él un viejo…”
“…¡Bah!...estás loca Juanita. Los años te hacen ver visiones…pero anda, vete a preparar la merienda, que ha es tarde…”
“…Está bien, señorita, ya me voy…pero le prpongo una cosa: ¿Porqué no lo invita ustes a tomar un cafecito mañana cuando la llame? Así le pone una cara a su amor y salimos de dudas sobre la verdadera edad del señor Lizardo…”
“…¿¡ Invitarlo a tomar un café y que vea que no soy una chiquilla de ojos gitanos, que él se imagina?!....¡¡NOO!!! …s desilusionaría y no volvería a llamarme nunca más…¡¡NUNCA lo haré !!...”
“…¿Quién se desilusionaría más, señorita Lucía, él al verla tal y como es o usted que vanidosamente quiere y prefiere, que la considere joven y bella, aún a costa de vivir en un eterno engaño y sacrificar la posibilidad de conseguir la felicidad ??…”
“…¡¡No sigas diciendo más tonterías, viejo intrigante!!...” respondió ya bastante insegura Lucía y continuó “…vete a preparar la merienda, antes de que me quites el apetito con tus locuras…”


En cuanto Juanita desaparece por la cocina, Lucía cambia su gesto de impaciencia por el de una sonrisa divertida. Al ver la graciosa carrerita, que la sirvienta ha emprendido con un gesto de gruñona nada disimulado. Pero después lentamente se va borrando esa sonrisa y la mujer queda profundamente pensativa, cavilando muy seriamente sobre la revelación que le acaba de hacer la sirvienta y compañera de tantos años…¡¿ se estaría enamorando de Lizardo?!...”

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Durante toda la noche tan interminable de ese día, Lucía estuvo dándole vueltas a la idea de conocer a Lizardo de una vez por todas y salir de dudas sobre su personalidad y sus propios sentimientos hacia él. Pero igualmente le asustaba la idea, de que Lizardo se desilusionase al conocerola y nunca más la volvería a llamar, quitándole así su única ilusión y aliciente de la vida. Pero acabó por considerar, que la fiel Juanita tenía algo de razón en lo que había dicho, y ya bastante tarde decidió, que al día siguiente, cuando Lizardo llamase por teléfono, le diría, que deseaba conocerlo y que lo esperaría al día siguiente a tomar café con ella.
El sueño de Lucía de aquella noche estuvo plagado de malos presagios e inquietudes, y visiones donde Lizardo encontraba un rostro juvenil y apuesto contraído en una mueca de repulsión, al descubrir, que ella no había mentido al decirle, que era una anciana, cuyos mejores años han pasado ha mucho tiempo.
Por la desvelada, el día siguiente comenzó tarde para Lucía, y entre ir a dejar los donativos al asilo y visitar al sacerdote del orfanato, que estaba enfermo, prácticamente se le fue todo el día, y cuando vino a darse cuenta, ya casi eran las 6.30 de la tarde y se fue a instalar junto al teléfono para esperar la llamada de Lizardo, quien acostumbraba ser muy puntual.

Ésta vez también lo fue y el teléfono sonó y Lucía se apresuró a tomar la bocina y respondió esperanzada:

“…¿¿Lizardo??...”
“…¡Qué tal, Licía querida…” respondió Lizardo con voz masculina y jovial afecto”…como puedes ver, soy puntual como siempre a nuestras citas telefónicas…¿Cómo has pasado el día, ..preciosa?...”
“…Pues sin mucho cambio en la rutina diaria, aunque un poco más agitada que de costumbre, porque hoy se me pegaron las sábanas y el tiempo para hacer todo, fue más corto que de costumbre…”
“…¿Y se puede saber, qué es lo que te quitó el sueño?...”
“…bueno…quiero decir….es que estuve pensando en que nuestra amistad no pude seguir así, por más tiempo….ya llevamos casi dos meses de estar hablando por teléfono diariamente y ni siquiera sabemos qué cara tenemos el uno y el otro…”
“…Yo si se, como eres, Lucía…y te describí hace ya algún tiempo, ¿ya no lo recuerdas?...”
“…Si lo recuerdo…pero también recuerdo que te dije que dejé de ser asi hace ya mucho tiempo, si es que alguna vez lo fui… pero como no logro convencerte de mi verdadera edad, deseo que vengas a tomar un café conmigo mañana por la tarde. Así los dos saldremos de dudas y sabremos hasta qué punto es verdadera la amistad que sentimos que nos une ahora…”
“…No creo que sea necesario, que nos veamos las caras, para saber como somos realmente Licía….Tu eres una chiquilla ingenua y buena que se ha ganado mi corazón con su tierna dulzura que a veces se vuelve picardía blanca…eso es todo lo que me interesa saber de ti, y lo demás es totalmente secundario…”
“…¿Con eso me quieres decir, que no aceptas venir a visitarme mañana Lizardo??… “
“… ¿Mañana…?...me temo que me será imposible hacerlo. Tengo un compromiso de negocios que me tendrá ocupado todo el día, y hasta parte de la noche…”
“…Entonces mañana tampoco me podrás hablar, por tus compromisos, pero no le hace, entonces te espero pasado mañana ¿esta bien?...”
“…Me temo, que tampoco podré ir. Se me esperan unos días muy atareados …pero nada impedirá que te llame puntualmente, como todos los días….”
“…Lo siento mucho, Lizardo, pero no aceptaré a volver a hablar contigo sin conocerte personalmente primero….porque me parece, de que tu obsesión de creerme una jovencita, a pesar de que te he repetido una infinidad de veces que estas en un error, se estrelle ante la realidad, y tal ilusión ya casi obsesiva no puede ser la base para una amistad…”
“…Pero Lucía…¿A qué viene eso ahora? ¿A qué es debe ese empeño de conocernos ? ¿Acaso no hemos pasado muy buenos ratos con nuestras charlas telefónicas?...”
“…Si, Lizardo, pero estoya esta llegando muy lejos y no podemos seguir asi por lo que nos reste de vida, tratando de adivinar cuál será nuestro respectivo aspecto físico…¡No es lógico!... Yo al menos no puedo ni quiero, pero allá tu, si prefieres seguir cazando fantasías…”
“… Te he dicho que no comprendo tu absurdo empeño en hacerme creer que eres una vieja…¿Crees que así estas a salvo de que me enamore de ti?...”
“…¡¡Por Dios!!...Lizardo…¡Mira nada más con las locuras con las que me sales… ¡Enamorarte de mi!!...”
“…No es ninguna locura. Estoy sinceramente enamorado de ti. He aprendido a conocerte por las ideas que expresas en nuestras charlas, conosco tu alma y por lo tanto no puede haber un amor más sincero que el mío, puesto que amo tu más pura esencia. ¿Quieres un amor más verdadero?...”
“…Si eso fuese verdad, con mayor razón deberías desear conocerme lo antes posible , en lugar de andar cazando mariposas en el aire. No es razonable amar una voz que no alcanza a tener ojos ni alguna facción, que nos permita conocer el objeto de nuestro amor, aún en medio de una juventud. Aún en la Edad Media los amores platónicos aunque de lejos, se conocían entre si por su aspecto físico….”
“… ¡Pues yo no estoy de acuerdo! Ya que yo si te reconocería en cualquier parte, aún sin haberte conocido jamás…”
“….¡Pues igual yo…tampoco estoy de acuerdo!...y como tengo tan poca imaginación, no deseo volver a hablar contigo hasta haberte conocido en persona. Ya te he dado mi dirección . Te espero mañana a las 6.30 de la tarde en persona y no por teléfono, para una taza de café, para conocernos y acabar de una buena vez con esa tontería…”
“…¿¿Porqué tienes tan mal carácter, querida Lucía…?”
“…¡¡Tal vez porque soy una vieja solterona y amargada, y eso te de muestra, que no me conoces tan buen como supones, después de todo…pero déjame decirte, que eres bastante egoísta,
pues me quieres como tu juguete para tus fantasías, y me exiges que me doblegue a tu voluntad… Pero además lo siento. Ya estoy cansada. Anoche pasé mala noche y no tengo humor de seguir colgada del teléfono hablando con un muchachito al que ni siquiera he visto jamás…. Serás bienvenido mañana a tomar un café…de lo contrario, no volveré a atender el teléfono nunca más…”
“…No podrás hacerlo Lucía…”
“…Prueba y verás… Hasta mañana Lizardo!...”

Sin permitir que la conversación continúe, Lucía corta la comunicación poniendo el dedo índice sobre el interruptor del aparato, permaneciendo el auricular cerca de su mejilla unos instantes y dejándolo resbalar después calladamente. Por esa su mejilla rodaba una lágrima solitaria callada y quieta, hasta que juntos, lágrima y auricular, llegan a caer sin fuerza sobre su regazo oscuro y ya sin gracia.

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A lo largo de todo el día siguiente, Lucía daba la impresión de ser un alma en pena, callada, meditabunda, entristecida y angustiada muy a pesar suyo. Aunque había llevado a cabo su rutina diaria paso a paso, sin descuidar nada, su aspecto general era de total ausencia, y solo Juanita sabía, que constantemente estaba pendiente, de que a las 6.30 de la tarde un desconocido viniera a visitarla. La sirvienta hasta le insinuó a Lucía, que debería arreglarse un poco, al acercarse la hora, para que si acaso llegase su amigo la encontrase muy linda, a lo que Lucía siempre respondía con acritud, que no hacía falta. Lizardo no vendría más, y que tampoco iba a contestar ninguna llamada.

A pesar de la rotunda negativa, que dio a su sirvienta y amiga, Lucía entró en su recámara un día poco antes de las 6 de la tarde, y salió de allí con el cabello esmeradamente acomodado y despidiendo un ligro olor a agua de colonia, cosa poco acostumbrada en ella, que solía sentirse satisfecha con aroma a agua y jabón en señal de limpieza.

Los minutos comnzaron a transcurrir con pasmosa lentitud, como si el tiempo se hubiera propuesto desesperar a la pobre Lucía, la que había tomado su eterno tejido, intentando distraerse con la labor manual, para no dar muestras de su desesperada espera. Pero tenía tan aprendido ese tejido, que lo hacía mecánicamente.
Un ligero temblor de sus dedos índices hacía evidente, que estaba nerviosa y sus frecuentes ojeadas hacia la puerta denunciaban que esperaba aún contra toda esperanza.

Las 6.30 de la tarde pasaron de largo frente a Lucía, sin que nadie llamara a la puerta y cada campanada del reloj en la pared retumbaba dentro de su corazón, casi con la misma angustia con la que martilleaba dentro del cerebro de la fiel Juanita, que desde su cocina aguardaba y observaba la embustera despreocupación de su patrona, mientras que hacía fervientes invocaciones a todos los santos de su devoción, pidiendo, que no hicieran sufrir más tiempo a la buena solterona, que muy a su pesar, se había enamorado de aquella encantadora voz del teléfono.

Pasaron las horas y asi al día siguiente los minutos continúan su lenta caminata inexorable y a las 6.30 de la tarde, de pronto volvió a sonar el teléfono:

“…Rrrriiiinnng….. rrrriiiinnnng….”

Los ojos de Lucía se clavaron en la negrura del aparato, pero los dedos continuaron el lento pasar del tejido sin ninguna intención de acudir al llamado.
Al escuchar el quinto y sexto timbrar del aparato, Juanita se exasperó y salió de la cocina dando voces , como acostumbraba hacerlo, cuando algo ole molestaba:

“…¿Por Dios…señorita Lucía…no piensa usted contestar ese bendito aparato???...¡¡no soporto su insistente ruido!!...”
“…No Juanita…no lo voy a contestar, déjalo sonar, ya se cansará…” contestó con voz pasmosa su patrona.
“…Pues si usted no lo contesta, lo voy a hacer yo…me vuelve loca ese constante timbre…”
“…¡¡No Juana!!..” respondió con voz autoritaria Lucía y continuó: “…Ese teléfono no se vuelve a contestar…y si tanto te molesta el timbre, pues vé y ponte algo en los oídos o descuelga y vuelve a colgar la bocina, para que sr corte la comunicación y estés en paz….”

Todavía estuvieron discutiendo la patrona y su sirvienta amiga que si paso algo, que si hubo una emergencia, pero Lucía permaneció firme en su decisión, de que ese teléfono no se contestará nunca más.

El aparato continuó repiqueteando durante casi una hora más, con solo pequeñas interrupciones, y aunque sus nervios estaban tanto o aún más alterados, que los de la impaciente Juanita, , Lucía continuó con la confección de su tejido, suave y primoroso, para el asilo de huérfanos, que acostumbraba visitar una vez por semana. No hizo ni el más mínimo intento de acudir a los insistentes llamados hasta que por fin enmudeció.
Lucía guardó cuidadosamente su labor y se sentí a la mesa, pidiéndole a Juanita, que le sirviera la merienda, misma que apenas pudo tocar. Hizo un verdadero esfuerzo de voluntad para retirarse a descansar temprano.

Esa noche, ninguna de las dos mujeres pudo dormir por mucho tiempo. Juanita estaba tan encariñada con Lucía, que sentía como propio el conflicto, que ésta estaba viviendo y en su mente simple y sin sofisticaciones, no encontraba el modo de resolver el problema, pues estaba empecinada en que todo aquello era un terrible error, que por fuerza tendría que resolverse para bien de su señorita, quien se merecía la felicidad…aunque fuera ya en el ocaso de su vida.

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El repiqueteo del testarudo teléfono se volvió costumbre a lo largo de los siguientes 5 o 6 días, y en ningún momento se vió, que Lucía tuviera la intención ni la tentación de contestar a la llamada, a pesar de que ese repiqueteo le tenía los nervios de punta y tan alterados, que comenzó a perder lospuntos de su tejido, sin poder evitarlo.
Varias veces Juanita tuvo la intención de levantar la bocina, pero la mano firme de la dueña de casa se lo impedía sin pronunciar ni media palabra.
Con el paso de los días, la tentación nerviosa hizo estragos en el organismo de Lucía, hasta el punto de que al cumplirse los ocho días de oír timbrar el teléfono sin contestarlo nunca, ésta cayó en cama, víctima de un dolor impreciso en todo el cuerpo, y que el médico diagnosticó como postración nerviosa.

Ese día y por orden específica del médico, Lucía tuvo que permanecer en reposo completo dentro de la cama. Así, que a las 6.30 de la tarde, Juanita se apostó junto al teléfono, presta para dar respuesta a su primer llamado.
Y así fue. El teléfono sonó, y ates de que sonara por segunda vez y de que Lucía pudiera ordenar lo contrario desde su recámara, Juanita lo contestó:

“…¿Es usted, joven Lizardo?...”
“…¡¡¿Lucía?!!...” resonó la vos de Lizardo por el aparato.
“…No señor, soy Juanita, su sirvienta…”
“…¡¡JUANA !!...” se escuchó la voz lejana de Lucía desde su recámara “…¡¡CUELGA ESE TELÉFONO DE INMEDIATO !! Ya te he dicho que en esta casa no se vuelve a responder a ese llamado nunca más…”
“… ¿La escuchó usted, joven Lizardo?...” continuó la sirvienta en tono más bajo para evitar ser escuchada por su patrona. “..Está decidida a no hablar con usted nunca más sin conocerlo. ¿Porqué no viene usted a verla?...Si ha seguido llamando todos estos días, es porque le interesa la señorita, ¿entonces porqué se niega tanto a venir?...además tome en cuenta que esta enferma…”

Hubo un paréntesis de silencio, que por la ansiedad que sentía Juanita, le pareció francamente eterno. Del otro lado del teléfono solo se escuchaba la respiración pesada, apesadumbrada de Lizardo. La sirvienta comprendió, que el hombre estaba pensando cuidadosamente lo que ocurría , pero su nerviosismo al ver que Lucía se estaba levantando de la cama, seguramente para impedir personalmente, que ella siguiera hablando con Lizardo, la hizo increpar casi con violencia a su interlocutor:

“…¡¡¡ ¿Es que no me ha oído usted?!!!...si tanto le interesa la amistad de la señorita Lucía…¿porqué demonios no ha venido usted a verla?...”
“…Juanita, dígale a Lucía , que necesito hablar con ella, que es importante para ambos…”
“…No lo hará…y mucho me temo, que ya viene a cortarnos la comunicación…”
“… ¡¡NO !!... Juanita, dígale que deje ya de actuar como una niña caprichosa…”
“…Bueno …la verdad, señor Lizardo, usted tampoco se quedó muy atrás…y la verdad, a mi no me parece que sea un capricho, creo que es muy lógico, que quiera conocer a la persona que ha ganado su… amistad….”

La última frase de Juanita fue dicha con premura y excitación, pues Lucía había llegado y en un pequeño forcejeo, le quitó el auricular de la mano y antes de que Lizardo pudiera responder algo, la comunicación fue interrumpida violentamente.

La reprimenda para Juanita no se hizo esperar en lo más mínimo. Lucía estaba tan nerviosa, que terminó su reprimenda contra su sirvienta hecha un mar de lágrimas y volviendo a meterse a la cama escondiendo su cabeza entre las sábanas, como avestruz, que ocultando la cabeza de las miradas del mundo, , cree que se encuentra a salvo de cualquier peligro que la amenace.

El teléfono volvió a sonar por un buen rato todavía, logrando con su agudo repiqueteo, que los nervios de Lucía llegasen al punto de explotar por la tensión. Sin embargo su resolución era férrea y ni por un instante cruzó por su mente la idea de acudir al aparato, más que si acaso para descolgarlo solo para interrumpir el sonar del timbre y volverlo a colocar en su lugar rápidamente.

Asi, por lo menos por este día el teléfono enmudeció y Lucía fue sacando la cabeza de ebtre las sábanas lentamente y por unos minutos quedó con la mirada perdida en el vacío, hasta que la silenciosa entrada de Juanita a la habitación la obligó a reaccionar un poco, y a coger un libro ya empezado, fingiendo que intentaba leer algo para pasar el tiempo. Ninguna de las dos mujeres intentó una conversación. Juanita tomó el tejido que había quedado sobre la silla y comenzó a trabajar en él, como tantas veces lo había hecho para ayudar a Lucía, y de cuando en cuando levantaba la vista entristecida hacia la faz con expresión de ausencia de su patrona, quien llevaba por lo menos una hora sin siquiera hacer el intento de voltear la página del libro que fingía estar leyendo.
Hacía rato ya, que la hora acostumbrada de dormir de las dos mujeres había pasado y ninguna de las dos había hecho el menor intento de dormir. Era como si inconscientemente ambas estuvieran esperando algo, que ni siquiera se atrevían a concretar en palabras coherentes. El silencio entre ambas no se había roto ni una sola vez, hasta que casi sin darse cuenta , Juanita emitió un sonorísimo bostezo, que hizo que Lucía levantara la vista del inútil libro rm sus manos y le dijera en tono casi maternal:
“…¿Porqué no te vas a dormir ya, Juanita?...ya es tarde y no estas acostumbrada a las desveladas…”
“…Esta noche me voy a quedar con usted, señorita Lucía…yo nomás me acomodo allí en el sofá y así no la dejo sola toda la noche…”
“…Pero mujer, ¿a qué viene ahora tanto cuidado?...Desde que me operaron hace 5 años, no habías querido quedarte a dormir conmigo, y que yo sepa, no estoy ni siquiera enferma de gravedad. Lo que tengo es solo una tonta postración nerviosa, que mañana seguramente mañana habrá desaparecido por completo y yo podré seguir con mi rutina sin mayores contratiempos. Así que no creo necesario, que te quedes aquí esta noche pasando incomodidades…”
“…Ni gaste sus palabras, señorita Lucía, Esta noche ni Dios Padre me mueve de su lado, asi que duérmase cuando quiera, que yo lo haré igualmente cuando me venza el sueño…”

Durante un rato todavía de silencio el silencio se enseñoreó de la pequeña casa de Lucía, mientras ésta y su sirvienta aparentaban estar abstraídas cada una en su propia labor.
Hacía ya dos horas, que el teléfono había dejado de sonar después de la forzada interrupción de Lucía, y todo se encontraba en penumbras, principalmente el alma de cada una de las dos mujeres, que habían puesto tanta ilusión en algo, que ni siquiera tenía cara de ser recordado. En el campanario cercano a la casa, suenan pesadamente las lentas campanadas que anunciaban al barrio, que están dando las diez de la noche, y que la mayoría de los habitantes deben retirarse a descansar de las faenas del día que esta terminando.

Lucía ha apartado la vista del libro inmóvil , como si el sonido de aquella campanada tuviese un significado más hondo y profundamente desolador, que el simplemente marcar las horas transcurridas desde las 12 del mediodía. Juanita también aparta la vista del tejido, que ha avanzado bastante, desde que lo tomara un rato antes, y observa la mirada pertdida de su patrona con una tristeza casi tan grande, como la de la propia Lucía. Está a punto de dirigirle algunas palabras de consuelo, aún a sabiendas, de que no serían muy bien recibidas por su ama, cuando el timbre sordo de la puerta suena intempestivamente, provocando un sobresalto en ambas mujeres.
Por un instante las dos permanecen a la expectativa, sin atinar a hacer movimiento alguno. No hablan para nada, y sus ojos van de la una a la otra y a la puerta respectivamente en el más absoluto silencio. No es sino hasta que el timbre se escucha por segunda ocasión, cuando Juanita se pone de pié, decidida a ver quien viene a tocas a tan altas horas tan poco acostumbradas.
Lucía intenta detenerla, diciéndole, que no abra, que seguramente es solo algún borracho, que se confundió de puerta y que podría ser peligroso para ellas al abrir la puerta. Pero Juanita no le hace el más mínimo caso y se limita a responder por mera cortesía, que abriría con mucho cuidado.
Ya junto a la puerta de la calle, Juanita se detiene un instante y con el último de sus resabios, pregunta con voz, que pretendió sonar firme, y lo consiguió solo a medias:

“…¿Quién es?... ¿quién llama a estas horas tan tardes?...”
“…¿Vive aquí la señorita Lucía?...” se escuchó de una voz masculina a través de la gruesa madera de la vieja puerta,
“…¿Quién la busca a estas horas?... volvió a inquirir la sirvienta.
“…¿Es usted, doña Juanita?...soy yo, Lizardo…el del teléfono….”

Al escuchar aquel nombre, el rostro de Juanita se iluminó y volviéndose de espalda a la puerta, le gritó desde allí a Lucía, que permanecía en la recámara:

“…¡¡SEÑORITA LUCÍA…ES ÉL!! … El señot Lizardo se decidió a venir por fin!...”
“.., ¡No abras la puerta, Juana!...” exclamó con acritud Lucía. “…Ya no son horas de hacer visitas y menos a la casa de dos mujeres solas…”

Lizardo alcanzó a escuchar las palabras de la mujer desde la calle y con tono suplicante se dirigió a Juanita, quien permanecía cerca de la puerta cerrada, confundida por un momento y sin saber qué hacer, debido a la orgullosa e inesperada teacción de su patrona:

“…Por favor Juanita…” dijo Lizardo “…por lo que más quiera…ábrame, pues necesito hablar con su patrona aunque seas solamente un minuto…”
“…¡No vayas a abrir, Juana!...” repitió casi como súplica Lucía desde su recámara. “…Por nada del mundo quisiera, que ese muchacho me vea así, desarreglada y enferma me veo aún más vieja de lo que ya soy…”
“…Juanita, ábrame usted…no me voy de aquí hasta que me abran, aunque tenga que pasar toda la noche parado aquí….”

La pobre sirvienta se sentía aprisionada e medio de una batalla de voluntades sin saber claramente a quién de los dos enamorados hacerle caso en sus peticiones.
Observó a Lucía medio incorporada entre las de su enorme y solitaria cama, y le pareció tan tristemente decidida a perder solo por orgullo y por temor la que posiblemente pudiera ser su única ilusión desde hace mucho tiempo, al negarse a recibir la visita del hombre, que le ha estado llamando desde hace tantos días.
Pero por el otro lado escucha las súplicas del desconocido Lizardo al otro lado de la puerta, decidido a no cejar en el empeño de ser recibido por ellas, aunque le cueste la vida, o por lo menos una posible pulmonía por pasar la noche a la intemperie.
Viendo que Juanita se debate en un mar de confusiones, Lucía abandona la cama y parece decidida a impedir, cueste lo que cueste, que la vieja sirvienta franguee el paso a Lizardo.
Ese movimiento agresivo e inesperado de su patrona hace, que Juanita se decida a abrir la puerta y con ello, aparte de propiciar el encuentro de los extraños enamorados, satisface su propia curiosidad por conocer al hombre, que llegó a la vida de su señorita de la forma más increíble e inesperada, que se pudiera uno imaginar…y debido únicamente a un error técnico de las instalaciones telefónicas del pueblo.

Por fin Juanita convierte tu propósito en acción y abre la puerta de la calle antes de que Lucía pudiera siquiera trasponer el umbral de su recámara, y bajo tales circunstancias, lo único que se le ocurre, es cerrar apresuradamente la puerta de su habitación, último refugio que encuentra su miedo para esconderse.
Juanita sonríe un poco con malicia, al escuchar los improperios, que desde el interior de su recámara le dirige su patrona, mientras abre lentamente la puerta sin saber lo que del otro lado de ella ha de encontrar. La luz de la calle es insuficiente, para iluminar el rostro de Lizardo, sin embargo, Juanita puede distinguir, que su silueta no es muy prominente, no sobresale mucho de la suya propia, y parece un poco encorvado y no muy modernamente vestido.

Un instante después de que la bien intencionada sirvienta ha franqueado la entrada a la casa, Lizardo, después de haber dudado un instante, se decide y da un paso vacilante hacia el frente, sonriendo tímidamente a Juanita, cuando la luz del interior de la casa le ilumina el rostro:

“…¡¿Usted es Lizardo?!...” pregunta un poco desconcertada la siervienta.

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Re: LA LLAMADA EQUIVOCADA (Cuento inédito de Gisela de 1984)

Mensaje por Administración el Miér Mar 09, 2016 11:45 pm

Frente a la mirada inquisitoria de Junita, se encuentra un hombre, que fácilmente ha llegado a los 80 años de edad. Un viejo con abundante cabello cano, recortado meticulosamente, con ojos pequeños y abolsados, que destacan dulcemente entre los profundos y abundantes surcos, que los años han dejado sobre su piel.
Al escuchar la sorprendida interrogación de la sirvienta, la sonrisa tímida del hombre se torna temerosa…¡casi avergonzada por los años que lleva encima! Y con voz, que se quiebra por un instante, responde:

“…Si doña Juanita…desafortunadamente yo soy Lizardo… ahora comprenderá la razón que tuve para negarme a ver a la señorita Lucía…seguramente una criatura tan especial, y a la que no le puede agradar la compañía de un anciano como yo. Pero al saber que esta enferme, tuve que venir…”

“…Pero don Lizardo…¿porqué le hizo creer a la señorita, que era usted un muchacho de solo 26 años?... ¡No entiendo el motivo por el cual le mintió! …”
“…Los viejos a nadie interesamos, doña Juanita, y desde que escuché la dulce voz de Lucía, supde inmediato que se trataba de una chica muy especial y quise conocerla un poco más, antes de despedirme para siempre, ya que la casualidad nos había querido unir tantas veces por medio del teléfono. Pero cuando quise despedirme, ya era demasiado tarde para hacerlo, pues me hallaba hechizado por ella y no pude decirle la verdad, por más que lo intentaba. Luego me salió, con que ya no quería hablar con un desconocido, y yo sentí, que el mundo se me venía encima. … ¿¡Cómo me iba yo a presentar ante Lucía, si le había dicho que era un joven de solo 26 años, cuando en realidad ya pasaba de los 80!?...”
“…¿Pero porqué demonios no le creyó a la señorita Lucía, cuando le dijo, que ella era una mujer mayor?... Ese empeño suyo en pensar y aferrarse a la idea de que es una jovencita es francamente estúpido, don Lizardo…”

Sin saber que responder a esa tan severa incriminación de la humilde Juanita, avergonzado y tímidamente preguntó

“…Entonces…¿Realmente es una mujer madura, la señorita Lucía?...”
“…¿Madura?... Yo diría que es algo más que eso, don Lizardo…”
“… Quiero…necesito verla, Juanita…Es importante que la vea…dígale por bavor que salga…”
“… Mucho me temo, que no la haría salir ni con artillería pesada don Lizardo…ella también se muere de miedo de que usted se desilusione al conocerla, pues la descripción que usted le hizo de cómo se la imaginaba, fue bastante exacta a lo que ella fue hce varias décadas, pero esta muy lejos de ser lo que en realidad es hoy…”
“…Pero si ella me dijo que viniera, que quería que la conociera…¡quería conocerme!
“…Pero eso fue hace algunos días, cuando ella estaba preparada 7 esparaba su rechazo. Ahora ya no…Ella prefiere darl0 a usted por perdido definitivamente y no someterse a la dura prueba de la desilusión…”
“…Pero si dice usted, que ella realmente es una mujer mayor y yo también lo soy, creo que podemos estar tranquilos, ya que estamos en igualdad de circunstancias….”
“…Esta bien, lo único que podemos hacer es tomar el toro por los cuernos. Voy a abrir esa puerta valiendome de un pequeño engaño, y que Dios me perdone, si me equivoco en lo que voy a hacer… usted sígame la corriente en todo lo que le diga…”

Juanita comenzó a cambiar de tono dirigiéndose a Lizardo con acritud, mientras le cogía por un brazo y lo colocaba justo frente a la puerta de la recámara de Lucía, murmurándole muy por lo bajo, que no se moviera de ese lugar y que no hiviera ni el más mínimo ruido. Luego corrió hacia la puerta de salida de la casa, abriéndola de par en pàr, comenzó a dar voces en apoyo de la actitud obstinada de su patrona y fingiendo, que echaba a Lizardo a la calle con algunos empellones.

Viendo toda la cómica pantomima, que estaba llevando a cabo la sirvienta, Lizardo tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener la carcajada que cosquilleaba en su garganta. Jaunita se dio cuenta de los esfuerzos que estaba haciendo el hombre t levantó la mano en ademán amenazador de advertencia al mismo tiempo, que azotaba la puerta de la calle, dejando escapar de su boca algunas palabras altisonantes, muy poco acostumbradas en ella.

Una vez realizado y concluido todo este acto teaatral, Juanita se puso un dedo sobre los labios con severidad, indicando a Lizardo, que debía guardar el más absoluto silencio. Ella se encontraba un poco agitada por la perorata y el esfuerzo de azotar la puerta con furia, sin que en realidad la sitiera así que se quedó apoyada contra un sillón unos momentos, tratando de contener su propia risa y recuperando el aliento que le faltaba.
Luego de un momento, cuando ya se sintió más serena y había recuperado su aliento, Juanita volvió a hablar en voz alta, éta vez dirigiéndose a Lucía, que se encontraba encerrada en su recámara:

“…Ya puede usted salir, señorita Lucía. Rse muchachito ya se fue, lo tuve que echar casi por la fuerza, pero al fin se fue…¿No quiere usted verlo, aunque sea de espaldas?...está llegando apenas a la esquina, si se asoma por la ventana, lo puede ver todavía…”

Hubo un instante de silencio durante el cual la vieja sirvienta y el nervioso Lizardo intercambiaron miradas angustiosas de interrogación , pero al fin transcurrieron algunos segundos casi eternos. La manija de la puerta de la recámara de Lucía comenzó a rechinar al girar lentamente para abrirse y se dejaba escuchar la voz temerosa de Lucía desde adentro preguntando:

“…¿Estas segura de que ya se fue ese muchachito impertinente, Juana?...”
“…Absolutamente, señorita…” respondió la sirvienta, conteniendo a duras penas la risa que se agolpaba en las comisuras de sus labios, como un río, que amenazaba con romper los diques que contienen el desborde.

Lizardo también sonrió, aunque muy brevemente, pues el nerviosismo y el miedo se habían vuelto a apoderar de su ser, y crecían a pasos agigantados a la medida de que el hueco de la puerta se ampliaba y comenzaba a asomarse el orillo azul de la bata de Lucía.

Ninguno de los dos, ni Juanita ni Lizardo poníam ya atención a las palabras que pronunciaba Lucía. Tenían puesta toda su atención en la reacción que iba a tener la dueña de la casa, cuando descubriera, que Lizardo no se había ido, como le había hecho creer Juanita, y por si fuera poco, que tampoco era un joven y apuesto, como él mismo le había hecho creer.


Pero cuando al fin se abrió totalmente la puerta de par en par y aparece n el umbral la figura menuda y encorvada de Lucía, quien al descubrir la silueta añosa del hombre parado frente a ella, quedó tan desconcertada, que no supo ni qué decir ni cómo comportarse y actuar.
El primer instante del estupor pasó pronto, y los ojos de Lucía comenzaron a ir de la cara un poco asustada de Lizardo, a la de Juanita, casi divertida, buscando en ellas la respuesta a la pregunta, que no se atrevía a formular y a la que su corazón trataba de responder saliéndose de su garganta.

Los ojos de los dos enamorados comenzaron a recorrerse mutuamente, rasgo a rasgo, arruga por arruga, cana por cana, hasta que por fin se dejó escuchar brevemente la voz temblorosa de Lucía preguntando simplemente:

“…¿Lizardo ?…”
“…¿Lucía ? …”

Cuando ambos habían reconocido la voz, que durante semanas enteras habían escuchado acariciando sus ilusiones a través del teléfono, comenzó a dibujarse en sus respetivos rostros una sonrisa, que nació leve, pero que no tardó en convertirse en divertida y nerviosa carcajada, que hizo cimbrar los delgados vidrios de las ventanas primorosamente encortinadas.
No hicieron falta las explicaciones, ambos comprendieron, que se habían estado engañando mutuamente y lo que por unos días pareció impedir el progreso de sus relaciones, ya no existía y había sido solo un espejismo, un malentendido, que por fortuna se había desvanecido en el instante mismo, que se vieron el una al otro. Ambos eran viejos, ambos estaban solos y necesitados de una ilusión para seguir viviendo.
Lucía, la señorita solterona, dedicada a sus labores de caridad social y Lizardo, hombre viudo desde hace 20 años, que trataba de posponer lo más posible su entrada al asilo de ancianos, ya que nunca tuvo hijos.

Las carcajadas que aquella noche reinaron en la pequeña casa se volvieron cosa común y el vecindario pronto se acostumbró de ver a Lizardo compartiendo la vida de doña Lucía . Ambos se entían llenos de vida, aunque ésta ya se les estaba acabando.

Juanita, la vieja y fiel celestina de aquella felicidad, que vivían los dos ancianos, compartía frecuentemente aquel alud de risas que solían inundar la que hasta entonces había sido una casa silenciosa de la solterona del barrio. … y cuando le preguntaban las comadres del mercado, ella contestaba entre sonrisas burlonas:

“…Aunque no me lo crean…don Lizardo llegó gracias a una llamada equivocada…”

F I N
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