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YA ES MARTES ( narración-cuento inédito de Gisela de 1984)

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YA ES MARTES ( narración-cuento inédito de Gisela de 1984)

Mensaje por Administración el Miér Mar 09, 2016 11:42 pm

RELATOS INÉDITOS DE GISELA


Gisela al fallecer dejó entre sus pertenencias dos libretas de argollas con hojas intercambiables, que usaba como borrador para sus inspiraciones, antes de ponerlas a imprimir.
Como podrá comprobarse, no solo son relatos, sino que tal parecen verdaderos “libretos” con personajes y conversaciones y un “parlamento” como para una obra teatral o telenovela o cine.
El contenido de este otro tema es bastante extenso y requiere de algún tiempo para leerlo y es el siguiente:

*******





YA ES MARTES

Sinopsis: Un encuentro de dos mundos totalmente diferentes. Un judío cazador de nazis y una chica moderna de hoy
y un enfrentamiento entre el odio y el realismo de una nueva generación.

****************************

Es martes 21 de marzo, el día que señala la entrada de la primavera. Como casi siempre en esta fecha, hace calor y el cielo de la ciudad esta limpio, casi transparente y con un auténtico azul celeste contempla a la humanidad. Pero también en la ciudad de México es día de asueto nacional por coincidir la fecha con el natalicio de un prócer de la nación. Los jardines públicos y también el famoso Bosque de Chapultepec, se ven invadidos por niños que juegan y ríen y por adultos que descansan sin propósito alguno sobre el césped con la cara al cielo.
Es un día de fiesta y también lo es en el asilo para ancianos, donde se ha roto un poco la rutina diaria y en el que se encuentra Otto Simermann, La madre supriora anunció a todos los huéspedes, que recibirían la visita de las damas voluntarias, llevándo algunas golosinas, revistas y cigarrillos para todos como obsequio, además de pasar un buen rato con ellos.
Al saber de la “generosa “ visita de las damas al asilo, Don Otto arrugó la nariz y gruñó malhumorado… El viejo , cercano a los 80 años, alto, delgado, escaso de cabello blanco, en claro contraste con lo oscuro y sombrío de sus ojos, es bien conocido en todo el asilo, por su falta de amigos y su carácter raro y lejano. Algunos lo califican de cascarrabias, pero la verdad es, que desde que llegó a este lugar, parece estar constantemente distante y alejado de cuanto lo rodea, como esperando y siempre esperando algo o alguien que no acaba de llegar y que le impide interesarse ni poco ni nada por lo que ocurre en el asilo.

Los elegantes automóviles de algunas de las damas voluntarias han comenzado a estacionarse en las cercanías del asilo, u en uno de ellos viene Sabrina Langrave, silenciosa y con el ceño fruncido por el mal humor. En el asiento delantero, junto a Pepe, el chofer, hay varios paquetes de regalos para los ancianos del asilo, que la madre de Sabrina se comprometió a llevarlos personalmente. Sin embargo, la señora se vio repentinamente atacada por una fuerte migraña, y “convenció” a su hija, para que fuese en su lugar a cumplir con ese hipócrita acto de humanidad.
A la muchacha no le hizo la menor gracia tener que dejar por un día sus clases de tenis, para ocupar el lugar de su madre con las voluntarias, pero ante la perspectiva de no obtener el dinero de su madre, necesario para su proyectado viaje a Acapulco el próximo fin de semana, decidió aceptar las indicaciones de su madre y acudir a ver un rato aquel “museo viviente”, como ella acostumbraba llamarle al asilo. Empero no podía evitar, que su estado de ánimo no fuera todo lo entusiasta que debía ser en tales circunstancias.

“…Muchacha…” la reconvino una elegante y sonriente dama, que entraba junto con ella al asilo…”¡cambia de cara! Se supone que venimos a dar ánimos a esta gente, y con tu mala cara no vas a lograr sino que se sientan peor…”

“…Lo siento, señora Orvañanos…” respondió Sabrina…”yo no pertenezco a su grupo, vine para ocupar el lugar de mi madre, y la verdad, no me interesa mayormente lo que piensen todos estos viejos sobre mi. Estaré aquí solo un rato y haré todo lo que tenga que hacer, pero no me pida que lo haga de buena gana, porque no he podido nunca fingir lo que no siento, y en estos momentos yo debería estar jugando un partido de tenis en lugar de estar aquí…”

“…Esta bien, muchacha. ¡Esta bien! Pero cuando menos trata de sonreír, aunque sea levemente…”

Sabrina se inventa una sonrisa en el preciso momento en que se abre la puerta principal de la gran casa. Lleva en las delicadas manos uno de los paquetes de regalos para los viejos y se necesitaría ser muy experto en psicología para adivinar su mal humor.

Las damas voluntarias siempre on muy bien recibidas por los “huéspedes” del asilo y se arma una verdadera fiesta cada vez que ellas se presentan. Todo se vuelve movimiento y algarabía entre los habitualmente desganados y lerdos ancianos… Esto es bueno tanto para ellos, que recuperan por un rato la vida, que se les esta desvaneciendo a pasos agigantados, como tambien para revitalizar el ego y el espíritu de caridad de las elegantes damas, que por una hora se alejan de sus lujosas mansiones, para venir a sentarse en las burdas sillas de madera de este lugar, y escuchar recuerdos enmohecidos de algún viejo, o leerle unas cuantas páginas de cualquier libro a alguien, que ya ha perdido la facultad de hacerlo por si solo.

En pocos minutos, todo se ha organizado. Los regalos se han repartido debidamente y cada una de las damas ha tomado su puesto junto a algún viejo y a una viejita, y le sonría “caritativamente”, mientras los apagados ojos de la senectud pretende iluminarse ante el interés de alguien “de afuera” hacia su desgastada existencia.

Sabrina Langrave solo ha sido un poco más que una simple espectadora durante todo el tiempo que ha durado el primer revuelo provocado por la llegada de las voluntarias al asilo. De pronto se da cuenta, de que todos han tomado su sitio y ella se ha quedado parada en el centro de todo aquello, sin saber qué hacer y con el último de los regalos entre sus manos. Ese paquete, que desde hace algún tiempo no encuentra destinatario en el asilo, y se puede quedar rezagado en la mesa, si allí lo pusiese, hasta que el más ávido de los huéspedes lo recoja por la noche, después de haber terminado con el suyo propio. Los ojos de la joven mujer recorren todo aquel lugar, buscando a alguien a quien entregarle el paquete, pero es inútil. Todos tienen el suyo y todos son ya atendidos por alguna de las voluntarias. Después de mirar con fastidio el paquete, que ha quedado entre sus manos, Sabrina piensa seriamente en tirarlo en cualquier rincón del jardín y marcharse al club, para ver si todavía llega a tiempo para jugar tenis un rato.
Sin embargo la voz de su madre resuena en sus oídos, indicándole, que debe permanecer en el asilo por lo menos una hora o de lo contrario no podrá ir a Acapulco y eso hace que sus manos estrujan aquel mal envuelto regalo. Buscando un lugar tranquilo donde poder esperar que transcurran los casi 60 minutos que aún faltan para estar de cuerpo presente en el asilo, Sabrina encuentra un banco de piedra bajo la sombra de un adusto ahuehuete, y hacia allá dirige sus pasos graciosos y ágiles.
Desde el ángulo en que Sabrina viene avanzando, la mitad del banco permanece oculta detrás del tronco de ese árbol, así que la muchacha, cuando llega a querer sentarse en ese banco, se topa a boca de jarro con el gesto hosco del viejo Otto, que también había buscado refugio, contra la algarabía del resto de la casa en aquel apartado rincón del jardín. No le cae para nada en gracia al viejo gruñón, ver turbada su “paz” por una de aquellas perfumadas mujeres.

“…¡Ay, perdón! …” murmura Sabrina mirando de reojo al viejo, “…No creí que hubiera alguien en este lugar…”

“… Pues ya vio, que estoy yo, niña…” ladró Otto, “…Este lugar es mío y nadie tiene porqué venir a molestarme. Vengo aquí, para huir de la “caridad”, que tan elegantes damas nos vienen a dar, así que es mejor que te largues a buscar a otro “ancianito desamparado”, ante el cual ponerte tu disfraz de ángel de la caridad. Yo no te necesito para un demonio, así que desaparécete y déjame en paz en MI rincón. Si trato de no molestar a nadie, lo menos que puedo exigir, es que no me vengan a molestar aquí en mi lugar….”

Sabrina se ha quedado de una pieza. Habiendo visto la ternura y la agradecida sumisión de los demás ancianos del asilo, nunca se esperó encontrarse con tanta agresividad en uno de ellos. La actitud de Otto la ha tomado totalmente desprevenida, pero poco a poco se recupera de la sorpresa y siente que el apellido de los Langrave se le va subiendo a la cabeza llenándole de furia la sangre. Pero de contiene por prudencia y poco antes de que mujer se encuentre recuperada de la agresión del viejo, para contestarle, la voz artificialmente dulce de la señora Orvañanos se hace oír, tratando de salvar la situación:

“…Sabrina, querida, olvidé mencionarte, que a Don Otto no le agrada nuestra compañía , así que siempre procuramos no interrumpir sus largas meditaciones. ¿Porqué no vienes conmigo a charlar con Don Nacho, que es un viejito encantador y le gusta mucho platicar con nosotras…”

“…Gracias, señora…” dijo Sabrina resuelta.”…Pero usted sabe que no me agrada este trabajo y que si he venido aquí, es porque fui obligada por las circunstancias. Además, según creo, las áreas del asilo pertenecen a todas y a todos y a cada uno de los huéspedes, y nadie tiene derecho ni certificado de propiedad sobre nada. Así que me quedaré aquí hasta que se haya cumplido el plazo que me impusieron. Vaya usted con Don Nacho, ya que seguramente él de sentirá muy complacido con su compañía….”

“…¡Muchachita insolente!...” gruñó Otto, “…¿Es que no entendiste que no quiero compañía?. Este lugar es mío y nadie vine aquí, así que vete a ver adónde te puedes sentar..¡Yo no te quiero aquí!...”

“…Pues si no me quiere tener cerca, tendrá que irse usted, señor, porque lo que es yo, no me muevo de aquí hasta que no se haya cumplido mi hora…”

“…Pero Sabrina…” trató de intervenir la señora Orvañanos, “…si Don Otto desea estar solo, ¿porqué no lo dejas que se cumpla su deseo…?”

“…Yo no le estoy imponiendo mi compañía al señor, lo único que digo, es que nadie es dueño de nada en este lugar y “Don Otto” no tiene derecho alguno para correrme de aquí. Si tanto le molesta mi presencia, pues que me ignore o se marche él y se busque otro lugar donde esconder su mal humor. Ande, vaya tranquila a charlar con don Nacho, yo me quedaré aquí por unos minutos todavía y sin molestar a nadie…”

Al ver la actitud totalmente decidida de Sabrina, la señora Orvañanos se encogió de hombros y mientras se alejaba, pensó que no le extrañaría para nada, que en cualquier momento se escucharan vociferaciones y quizás hasta un par de bofetones por ambas partes, pues ella conocía muy bien el mal carácter del viejo Otto y la actitud de Sabrina también le decía que la muchacha no tenía mucha paciencia y también estaba completamente segura del mal humor de ella. Lo único que no se atrevió a adivinar, fue quién de los dos saldría triunfante de esta batalla debajo del ahuehuete.

Sabrina dirige su mirada al viejo, quien la mira de soslayo, y se acomoda en el duro banco de piedra justo al lado de él. Lo mira con arto desprecio, pues sabiéndose joven y vigorosa, no alcanza a comprender, que aquel rostro amarillento y enjuto alguna vez fuera lozano y vivaz. Desde niña, a pesar de querer entrañablemente a sus abuelos, le ha repulsado el olor tan peculiar que acompaña siempre a los ancianos. Así que ahora, sentada junto a Don Otto, se siente de lo más incómoda. Sin embargo, la actitud extremadamente hostil del viejo, le había despertado el orgullo, y por eso está dispuesta a imponerse y no permitir, que el viejo se salga con la suya…y si tiene que gritar, gritará…pero a ese viejo malencarado y arrogante lo domará o dejará de llamarse Sabrina Langrave.

Durante algunos minutos ninguno de los dos habló. Él se concretó a carraspear de cuando en cuando y ella a juguetear con el pequeño paquete que tenía entre sus manos.
Con ese silencio, la tensión entre ambos ha disminuido. Los músculos de la muchacha se han suavizado y ha adoptado una postura menos rígida, más cómoda, junto a Don Otto. También él parece, que se ha resignado a la cercanía de Sabrina y aunque sigue en la misma postura, casi marcial, que tenía desde el principio, se le nota un tanto más tranquilo.
En un momento dado, Sabrina se percata de que las manos del viejo están vacías, y dirige sus ojos hacia el paquete que quedó rezagado entre las suyas, y decide hablarle a Don Otto:

“…Supongo que esto es suyo, pues se trajeron muy bien contados para que le tocara uno a cada uno de ustedes, y como usted es el único, que no tiene el suyo…tómelo…” y con eso extendió sus manos y se lo ofreció.

“…No, niña…Yo nunca he aceptado la caridad de nadie y mucho menos de alguna de ustedes. Así que puede dárselo a alguno de esos otros desdichados….¡o tírelo a la basura, si le place…!”

“…Bien, entonces lo tiramos, yo tampoco estoy aquí para dar caridad ni andar buscando o rogándole a alguien, que acepte esta porquería…”

Diciendo lo anterior, Sabrina arrojó el paquete hacia unos matorrales cercanos. Con este gesto logró, que por primera vez, los ojos de Don Otto se dirigieran hacia su rostro, y algo parecido a una chispa de buen humor se asomó en ellos por un instante, aunque eso fue tan fugas, que ella no lo pudo notar. Mientras sacude sus manos con un ademán gracioso, como si hubiera tenido entre ellas algo sucio, Sabrina aún con la nariz arrugada en un gesto de disgusto vuelve a hablarle al viejo:

“…¡Listo! Ni usted ni yo tendremos que cargar con esa porquería…Otto…¿es ese su nombre…?”

“…¡¿Qué hay con mi nombre…?!”

“…¡Nada, viejo!...Parece que en algún lugar del camino perdió usted su más elemental cortesía, ¿verdad…?”

“…¿Quiere saber dónde se perdió mi cortesía, niña entrometida…?”

“…No, la verdad, no me interesa saber nada de ninguno de ustedes…”

“…Pues de cualquier manera se lo diré…Mi cortesía y mis buenos modales se quedaron enterrados detrás de los muros de un campo de concentración de la Alemania Nazi, hace ya casi 40 años, bastante antes de que tu llegaras al mundo…”

“…De modo que usted es alemán…”

“…¡Soy judío!...”

Sabrina sintió un estremecimiento que le recorrió la columna vertebral. Por lecturas, comentarios familiares y películas viejas, sabía o creía saber, lo que significaba haber sido judío en la Alemania nazi de los 40s. Durante unos segundos sus ojos jóvenes se clavaron en las múltiples arrugas de la cara del viejo, y él lo sintió y se incomodó, sacando nuevamente su tono hostil y agresivo al dirigirse hacia ella:

“…¿Qué crees que vas a encontrar en mi cara?...Las huellas del hambre y de las vejaciones y torturas que sufrí, ya se han borrado de ella, aunque nunca se borraron de mi alma, si es que la tengo todavía, porque a veces pienso, que mi pobre espíritu murió en el momento mismo de entrar a este lugar…”

“…Discúlpeme, Don Otto, yo no quise molestarlo. La mía fue una reacción totalmente impensada, se lo aseguro…”

“…Si, lo sé. A casi todos les ocurre lo mismo, cuando saben donde estuve y no podía esperarse menos de una chiquilla engreída como tu…”

“…¿Engreída yo?...¡Pero qué se ha creído usted para hablarme así…?”

“…Pues desde que llegaste al asilo te estuve observando y no cabe duda que eres una chiquilla engreída y mal educada. Francamente no sé qué diablos estás haciendo en este lugar… Yo creo que no hace la menor falta que venga ninguna de todas ustedes a este lugar, pero ya que vienen, siquiera vengan de buena gana, aunque hipócritamente la finjan…”

“…Yo no he venido aquí por mi gusto, me obligó mi madre. Así que no tengo porqué poner buena cara…”

“…En eso si estoy de acuerdo contigo…y como yo tampoco pedí que vinieran, tampoco tengo razón alguna para poner buena cara, ¿de acuerdo?...”

“…Está bien, ya que ambos estamos aquí contra nuestra voluntad, ¿qué le parece si hacemos una tregua entre nosotros? aunque la guerra esté declarada contra todos los demás…”

“…Está bien, hace muchos años se me enseñó a punta de bayoneta, que tiene uno que aceptar las cosas como se presentan si se pretende sobrevivir…”

“,,,Bien, entonces ¿porqué no me cuenta usted la razón por la que está aquí?...¿no tiene familia con la cual vivir?..¿A qué se dedicaba antes de venir a este lugar?..¿Tiene mucho tiempo de vivir en este asilo…?”

“…¡¡Espera !!...¡¡Espera, niña loca !!...Pareces torbellino con tantas preguntas… Por lo general no me gusta hablar con nadie, y ¿Porqué he de contarte a ti, lo que nadie sabe aquí en el asilo…?”

“…Porque ambos somos “disidentes”, y además porque si hablamos de algo los minutos se nos pasarán más aprisa y nos vremos libres el uno del otro antes de darnos cuenta. Yo estoy obligada a permanecer en este lugar por lo menos una hora y le aseguro, que no tengo la más mínima intención de permanecer en este museo viviente ni un minuto más de lo estipulado. Pero si prefiere permanecer como momia durante todo ese tiempo, por mi no hay ningún problema. No crea que me interesa mucho saber el pasado de alguien como usted….”
Volvió a producirse un silencio pesado entre aquella pareja tan rotundamente dispareja. Sabrina dejó vagar su mirada por el bien cuidado jardín, mientras que Don Otto había clavado su hosca mirada en el verdor del césped. Después de unos instantes, la voz áspera del viejo comenzó a oírse en tono bajo y tratando de darle un acento casual, descuidado, como si hablara para sí mismo:

“…Si yo tuviera familia, nunca hubiera venido a parar a este condenado lugar, que a veces, tanto me recuerda aquel otro… Llevo 6 meses de estar aquí y aunque todos tratan de hacerme sentir bien, lo odio con todas mis fuerzas…No te imaginas cuánto desearía poder continuar con mi trabajo, pero los compañeros decidieron, que yo estaba demasiado viejo, y que por eso podría fallar o cometer una indiscreción. ¡Pero cómo iba yo a fallar, si eso ha sido toda mi vida desde el momento en que los rusos me liberaron de aquel infierno…!”

“…¿A qué se dedicaba usted, Don Otto…?”

“…A cazar nazis…he sido cazador desde hace casi 40 años y lo seguiré siendo hasta que Dios me quite el último hálito de vida…”

“…De modo que es verdad…” murmuró asombrada Sabrina.

“…¿A qué te refieres, niña…?”

“…He oído hablar varias veces de esos cazadores, pero pensé, que eran producto de la fantasía popular o de una insaciable sed de venganza… “

“…¡¿Fantasía popular¿!...Que bien se ve , que has nacido y crecido en una cajita de cristal…”

“…No, no es eso, Don Otto. Lo que pasa es, que no concibo, que después de más de medio siglo, sigan guardando tanto odio y amargura, para seguir persiguiendo a unos hombres, que si aún viven, seguramente son ancianos indefensos y cargados de achaques de conciencia…”

“…Te equivocas, niña,…” replicó Don Otto.”…Ni esos hombres serán nunca ancianos indefensos, ni nosotros somos seres amargados y llenos de odio… Somos seres llenos de dolor, pero sin odio, porque el odio nubla la inteligencia y para luchar contra esos “cerdos”, es indispensable tener la cabeza bien fría, tal y como ellos la han tenido siempre…”

“…Perdóneme, Don Otto, pero no le creo ni media palabra…Por fuerza debe existir un terrible odio en la gente como usted, para poder dedicar lo que le queda de vida a cazar hombres, a los que muchas veces ni siquiera conocen. Deben tener ustedes una gran cicatriz mental, porque esa actitud perseverante es totalmente enfermiza…”

“…Supongo que si, niña, Los judíos que vivimos en esos campos de concentración nazis, tenemos una profunda cicatriz, pero no mental, como tu dices, son moral. Muchos hermanos aún no logran superar esa etapa de odio, que tu mencionas. Sin embargo a ellos no se les permite participar en la cacería, la echarían todo a perder en el primer intento y con esos demonios no se puede desaprovechar ni la más mínima oportunidad, pues quizás ese sea el único error, que ellos cometerán en su vida, y solo con ese error de ellos nosotros los podremos atrapar…”

Las facciones de indiferencia de Sabrina se han ido llenando poco a poco de interés hacia lo que el viejo Otto esta diciendo.En su mente un tanto atrofiada por la exageración de la burguesía, no cabe la idea del horror de una guerra tan sangrienta como la de los 40s, y por eso mismo no le encuentra sentido a esa persecución entre ancianos rencorosos.

“…En nuestra profesión dependemos mucho de las circunstancias y de saber aprovechar el momento oportuno…” continuó Son Otto. “…Además no solo luchamos contra los nazis, sino también contra sus aliados, que no son muchos…”

“…Por Dios, Don Otto…” interrumpió Sabrina . “…¡Cómo se le ocurre, que casi medio siglo de disuelto y vencido el nazismo, todavía pudieran tener aliados esos hombre desalmados…de los pocos que no han muerto ya…”

“…¡Los tienen, niña! Los tienen… Los nazis son ricos. Muchos jóvenes como tu, creen que un anciano alemán es digno de lástima y de protección contra una banda de “locos y fanáticos sionistas” que los persiguen solo por su nacionalidad. Pero te aseguro, que nunca hemos perseguido a nadie, sin estar absolutamente seguros de sus crímenes contra la humanidad…”

“…¿Y si llegasen a equivocarse alguna vez, Don Otto?...”

“…Nosotros no nos equivocamos nunca, niña… ¿porqué crees que es tan difícil, expuesto y silencioso nuestro trabajo?..Nunca permitimos que se nos quede ni un solo cabello suelto. Hilamos fino y cuidadosamente cada una de las madejas, que nos conducen a cada uno de ellos, para no tener que lamentar nunca un error de ese tipo….”

“…De todos modos me sigue pareciendo una soberana locura, eso de andar persiguiendo a un montón de viejos, que ya tuvieron bastante trabajo de escapar de la guerra con vida y buscar refugio en un país extraño, teniendo que luchar con sus propios remordimientos….”

“…¿Remordimientos un nazi?...québien se ve que no conoces a ninguno de ellos, hijita… Esos hombres viven esperando que resurja el poder de su ideología para volver a la lucha, a matar gente indefensa y a querer dominar por completo a un mundo, que ellos mismos intentan crear con una pretendida perfección…”

“…Pero según tengo entendido, entre ustedes los cazadores hay mucha gente joven. Quiero decir, que nunca estuvieron en un campo de concentración, ha que nacieron años después de la terminación de la guerra. ¿Cómo es posible eso?...Porque yo podría entender un rencor así en alguien como usted, que por su edad, seguramente tiene algunos recuerdos de aquellos días. Pero sembrar el odio en quien apenas ha nacido, se me hace que es igualmente criminal. ¿Acaso sería sensato sembrar el odio entre los jóvenes judíos hacia los egipcios por su persecución de los pueblos de israel antes de la era cristiana?...”

“…¡Volvemos al odio!...Vamos niña, es mejor que te largues a buscar a alguno de esos viejos que si quieren tu ”regalito” y me dejes a mi en paz. Ya sabía yo, que sería inútil hablar contigo, pues no has escuchado nada de lo que dije…” respondió Don Otto, viéndose un poco acorralado por la lógica tan clara de aquella señorita de sociedad, que no era tan superficial como él pensaba.

“…No se exalte, viejo…¿No habíamos acordado una tregua entre nosotros los disidentes?...Además, todavía no han transcurrido los 60 minutos que debeo0 permanecer aquí, y prefiero a un loco como usted a uno de esos “muertos”…”

Mientras decía eso, los ojos de Sabrina se dirigieron hacia el resto de los ancianos residentes del asilo, que esparcidos por el jardín de la casa, parecían absolutamente felices con los paquetes que les habían entregado las damas voluntarias. También observó la total indiferencia con la que éstas últimas pretendían presta atención a los deshilvanados relatos sobre tiempos pasados de los ancianos y un inconsciente fastidio se desdibujó en ellas. Realmente a Sabrina no le atrae en lo más mínimo la idea de pasar un rato más escuchando a un viejo hablar de las trampas que le hace a otro en el poker, o a una anciana ponderando las maravillas de unos nietos, que a pesar de ser ten “buenos”, la vinieron a refundir a este lugar, para no tener que aguantarle sus achaques, las torpezas y manías tan propias de su avanzada edad. Prefiere seguir la polémica con aquel viejo judío, que aunque empecinado y fanático, por lo menos es coherente y defiende con ardor sus ideas.

Los ojos de Sabrina vuelven a mirar a Don Otto y le obsequia una leve sonrisa medio tierna y burlona, al comprobar que el anciano se encuentra realmente enfurruñado,...y tratando de reestablecer una nueva comunicación con él, le pregunta, tratando de que su voz no denote el verdadero grado de interés que siente por seguir la conversación:

…”…Bueno, y si usted está tan aseguro de que lo que hace persiguiendo a esos hombres es lo correcto. ¿porqué entonces ocultan ustedes sus verdaderas actividades?.. Estoy segura de que usted pasa ante el mundo como un sencillo comerciante, obrero, zapatero, tenedor de libros, o qué sé yo que otro oficio insignificante haya escogido para encubrirse… Además, si nadie sabe cual fue su oficio, ¿porqué me lo ha confiado a mi con tanta facilidad?...”

“…Soy sastre…y en realidad, ni yo mismo sé porqué te he confiado esto. En verdad no es que ocultemos nuestro trabajo de cazadores, sino que no hacemos alarde de él, y como de algo debemos subsistir, tenemos que trabajar en algo productivo…”

“…¿Usted porqué se metió en eso, Don Otto?...”

“…Por amor, niña…Si, no te sonrías. Persigo nazis por amor, por amor a la humanidad, a mis hermanos. A mi casa y a una niña que ellos mataron, cuando tenía más o menos tu edad…Y ahora que me fijo bien, Sara se parecía mucho a ti, niña…”

“…¿Y nunca más la volvió a ver, Don Otto?...”

“…No tuve tanta suerte, niña. Sara y yo nos reunimos al término de la guerra, cuando los americanos la liberaron a ella y los soviéticos a mi… Ella estaba destrozada que apenas si la pude reconocer cuando la vi. Estaba en un hospital y murió pocos días después, pero con una sonrisa de triunfo, porque sus verdugos no lograron acabar con ella…”

“…¿Y quién era Sara, Don Otto?...”
“…Sara era mi prometida. Nos íbamos a casar poco después de la invasión a Polonia, pero los nazis se la llevaron a uno de sus campos de trabajo y la usaron para probar en ella la eficiencia de sus nuevos métodos de “curación”…”

“…Y fue entonces que usted juró vengarse, ¿verdad?...”
“…No. Juré que no permitiría que eso le volviera a ocurrir a otra muchacha linda y alegre como lo era Sara, antes de ser capturada por esos cerdos…”

“…Entonces sí los odia usted, y no tiene caso que disfrace sus sentimientos al usar un lenguaje tan ofensivo…”

“…No, hija…te aseguro, que no los puedo odiar ya…Ellos me sacaron tanto del alma, que ya no puedo ni siquiera amar y tampoco puedo odiar a nadie…”

“…Se contradice usted, señor,…me acaba de decir, que persigue a los nazis por amor, y ahora afirma que ya no tiene capacidad ni siquiera para odiar…y todo usted destila odio. ¿Cómo se entiende eso?...”

“…Tienes razón, muchachita. Mi alma no debe estar muerta como yo creo, puesto que aún me importa la suerte que pueda correr el mundo, si volviera a caer en manos de esos locos… ¿Sabes?... no me había dado cuenta de eso…”

Por unos minutos se hizo el silencio entre aquellos dos seres tan distintos. El octogenario parece perdido en sus memorias y la muchacha divaga la mirada, pensando en los motivos tan especiales que pueden impulsar a un hombre a dedicar su vida entera a perseguir a otros individuos, que quizás hayan sufrido tanto como él en una guerra loca, en la cual solo se poder ser víctima o verdugo. Una guerra total, en la que al hombre solo se le exigía obedecer “órdenes de arriba”.

Ambos protagonistas de esta charla no se han dado cuenta, pero la mayoría de los asilados y las damas voluntarias han entrado ya al interior de la casa y a excepción de un par de ancianos más, ellos eran los únicos que permanecen en el jardín.

“…Don Otto…” preguntó de improviso la muchacha, “…¿y usted cree que es bueno, que un hombre, creo que se llamaba Hess, por criminal que haya sido, merezca la terrible pena de tener toda una enorme prisión para sí solo, creo que en Inglaterra?...”

“…Si me preguntas si es bueno, tengo que contestarte, que no sé ya lo que es bueno o malo y lo que es justo o injusto. Lo único que percibo, es que cada quien tiene que pagar lo que debe, y ese que hoy parece ser un viejito dulce e indefenso, fue uno de los más sanguinarios nazis que existió. Por eso las autoridades se niegan a dejarlo en libertad y mejor mantienen con un enorme costo toda una prisión funcionando, hasta que se muera el hombre…”

“…Ya que de lo contrario, ustedes se lanzarían a la cacería y de acuerdo con la Ley del Talión , lo matarían…” concluyó la chica.

Hubo otro lapso de silencio. Sabrina ya parece haber perdido la prisa que tenía cuando llegó al asilo, y el viejo también ha dejado de lado el gesto de disgusto, que puso cuando vio llegar al grupo de damas voluntarias. Los dos han depuesto armas. El envoltorio de papel lustroso del regalo que Sabrina había arrojado a los matorrales cercanos, se había humedecido por la cercanía de la hierba mojada. La tensión entre ellos dos ha cedido y más parecen dar el aspecto de un lindo cuadro familiar, que un forzado encuentro de compromiso. Así ella reanudo la conversación:

“…¿Usted cómo vino a parar a México, Don Otto…?”

“…Vine porque ésta es la puerta para entrar a América Latina, u es ahí, donde se encuentra la mayor parte de los alemanes que lograron escapar de Alemania en el 45…Además éste es un país muy bello y generoso con quien trabaja bien en él. A mi me ha tratado bien, ha sido generoso conmigo…”

“…¿Porqué está aquí, señor?... pues no parece estar tan lastimado por los años como el resto de los que están aquí. ¿Vino por su propia voluntad o lo trajeron sus familiares?...¿Porqué dejó su trabajo, si como parece, le gusta tanto y todavía se encuentra aptp para seguir realizándolo…?”

“…¿Otra vez el bombardeo de preguntas, niña?...Vamos por partes…¿quieres?... No tengo familiares ya en este mundo, con Sara se acabó todo cariño de ese tipo para mi. Por lo tanto no me trajo la familia por ser estorboso. No soy por lo tanto como uno de tantos infelices que ponderan la institución familiar y desde luego nunca hubieran venido a un lugar como éste por mi propia voluntad. Mi ingreso lo arreglaron los altos jefes del movimiento, por considerar, que los años ya me había hecho merecedor de una vida tranquila en un lugar tan confortable como éste….Por otro lado yo no he dejado de servir a la causa, en cualquier momento en que mis servicios sean considerado útiles, se me llamará y acudiré a cumplir con mi deber. Además hay algo, que quiero que quede bien claro, niña. Yo no disfruto, ni nunca he disfrutado de las cacerías. Es algo doloroso para ambas partes, ya que por lo general, esos hombres tratan de recurrir a sensiblerías para tratar de escapar al castigo, o por el contrario, hacen alarde del poder que tuvieron y que en muchos casos aún conservan aunque en escala reducida. Esto hace, que el cazador recuerde, muy a su pesar, los horrores que se vivieron durante esos años de dolor y muerte. Como ves, tampoco el papel de verdugo es nada fácil…”

“…Bueno…” suspiró Sabrina. “…poniéndolo de ese modo, supongo que tiene usted razón. Pero…¿tienen tanto poder sobre su vida sus jefes, como para confinarlo a este lugar contra sus deseos sin que usted se pueda negar…?”

“…Es muy razonable, que si alguien cuando ya te sentías muerto por dentro, te ha dado una razón para vivir durante casi 50 años, tiene cierto derecho a guiar tu vida en algunos aspectos. Además, aunque me niegue a admitirlo, ya estoy viejo y quizás en algún momento, probablemente el menos propicio, para no cometer algún error o una indiscreción , como lo estoy haciendo ahora, que te estoy contando todo esto. En realidad no te conozco y no debería hablar de esto con nadie… Es ahí donde tienes la prueba de que los compañeros han hecho bien las cosas, al arreglar mi entrada a este lugar. Debo conformarme y aceptar mi estancia aquí de buen grado….”

Sabrina sonrió burlona y divertida, pues las palabras de Otto estaban en franca discordancia con su actitud hostil, su mal genio y el malestar general que ostenta este hombre, desde que llegó al asilo 6 meses atrás.
No comprende mucho el significado que puede tener una vida como la de aquel viejo, dedicado a perseguir fantasmas horripilantes, que le hicieron daño tantos años atrás. Simplemente no puede en la aseveración del viejo de que no siente odio… Sin embargo se percata de que Otto la esta mirando y sin darse cuenta cabal de lo que hace, le sostiene la mirada, en la cual parece asomarse tímidamente un destello de ternura. Su mano joven y perfumada va sin vacilar hacia el rostro rugoso del viejo y le acaricia la mejilla con suavidad, casi con cariño.
Otto se deja acariciar por un segundo, pero inmediatamente después le detiene la mano a Sabrina y con un ademán defensivo le dice:

“…Desde que murió Sara, nadie me había acariciado de ese modo…creo que ya ha pasado mucho más de la hora que te habían obligado a permanecer en este “museo”, niña. ¿Porqué no coges tus cosas y te marchas?... Vuelve a tu mundo de juventud, de sonrisas y despreocupación burguesa y olvídate de lo que te ha dicho este viejo sastre impertinente, al que los años han hecho desvariar, y todavía te advierto, que si se te ocurre contarle a alguien lo que te he dicho, lo negaría y te desmentiría con toda desfachatez, y me justificaré con los frecuentes delirios ceniles que sufren casi todos los viejos en este lugar…”

“…¿Porqué me rechaza, Don Otto?...Creí que habíamos hecho un tratado de paz entre nosotros…nunca me imaginé que diría esto, pero me ha dado mucho gusto platicar con usted. Sigo creyendo que tiene mucho odio en su alma, pero opino también, que en personas como usted, se justifica el odio…”

“…¡No blasfemes, niña! …El odio no se justifica en ningun caso…”

“…¿Ni cuando nos arrancan el corazón por el simple placer de hacerlo…?”

“¡Ni aún así!... Si no te he podido convencer de que no hay odio en mi corazón, comprendo perfectamente que los compañeros me hayan recluido en este lugar. Tal vez, con los años y con la vejéz haya surgido en mi el dolor por el pasado en tal grado, que se haya vuelto peligroso para la causa, y si eso sucede, yo ya me volví no solo inútil para ayudarlos, sino hasta peligroso para cualquier persona que me asignaran de compañero…”

“…Don Otto, lo que le voy a decir va a sonar raro e increíble hasta a mi misma, …pero me gustaría que fuéramos amigos. Quizás me permitiera que venga a verlo de cuando en cuando, quizás hasta invitarlo a un café fuera de aquí alguna vez…y le advierto, que yo no pertenezco a ningún comité de damas voluntarias, pues me parece idiota fingir atención hacia alguien que no nos interese ni un comino, y de quien al trasponer la puerta ni se recuerda ni su nombre … Si yo le pido su amistad, es porque me parece un ser fantástico, casi mágico, con el cual puede uno entretener un rato mientras escucho sus tonterías sobre lo que ocurrió hace 50 años, y quien sabe, a lo mejor logro, que usted deje de ser un problema para esta institución, quitándole ese maldito mal genio que tiene…”

“…Mira, niña…si de mal genio vamos a hablar, tu no te quedas muy atrás de mi…yo no tengo mal genio en realidad, lo que pasa, es que no soporto a todos esos viejos pusilánimes e ineptos, que se doblegan y le sonríen a quien sea, aceptando lo que dicen, solo porque tenga unos años menos…”

“…Entonces, ¿quedamos de acuerdo en que cuando me sobre algún tiempo libre, vendré a verlo y quizás hasta me anime a sacarlo un rato al la calle…?”

“…¡¡Ah no!!...Nada de eso…Yo no aceptaré nunca que me “regales” algún tiempo libre que te sobre…ni que “me saques a la calle” como quien pasea a su perro…¡De ningún modo!... Si quieres hablar conmigo, ser mi amiga, como dices, haremos una cita en toda forma, misma que tendrás que cumplir puntualmente, y si no lo logras, me has de avisar con antelación, y no me quede yo plantado esperándote…¡AH!...pero tus faltas a nuestra cita, no debe ir más allá de un número razonable de veces, o de lo contrario mejor te olvidarás de mi para siempre… Después de todo, yo no necesito una niña tonta como tu…”

“…¡Ni yo tengo la necesidad de un viejo cascarrabias como tu!...Pero alos dos nos gustaría ser amigos---¿o no Otto…?”

“…Otto…¡Qué mal educada estás, niña! …En mi tiempo no nos permitíamos “tutear” a los mayores…¡y menos hablarles por solo su nombre! En cambio ustedes……”

“…¡BAH!,,,No seas mojigato, Otto… hoy día está a punto de borrarse del diccionario y de la gramática el “usted”. Ya todo mundo nos hablamos de “tu” , es más sencillo y te evita ese protocolo tan engorroso de otros tiempos…y además, tu ya deja de llamarme “niña”, mi nombre es Sabrina, y si no me llaman por mi nombre, probablemente ni caso haga. Estas advertido…”

La pareja tan dispareja ya ha abandonado la banca bajo el árbol y entran a la casa. La noche ha caído ya y Sabrina no se percata de ello, sino hasta que el chofer aparece junto al viejo y con voz respetuosa le informa:

“…Señorita Sabrina, es la tercera llamada de su señora madre que he atendido. Está muy preocupada por nuestra tardanza. Cuando ella viene, nunca nos hemos quedado tanto tiempo en el asilo. Ya hace mucho rato, que se fue la última de las señoras. Solo quedamos nosotros dos de extraños en el asilo…”

“…Si, Pepe, no se preocupe, ya nos vamos…Bien Otto, ¿qué día y a qué hora deseas que nos volvamos a ver…?”

“…De ningún modo, niña. Tu eres la dama y te concedo el privilegio de ser quien imponga las condiciones de nuestros encuentros. Yo no me voy de aquí, ni tengo obligación alguna, mientras que tu estas afuera y también tienes otros asuntos en tu vida…”

“…¡AH! Me concedes el privilegio…Pero si tu mismo ya has dictado las condiciones porque “no aceptarás limosnas de nadie”…viejo ladino…pero esta bien, acepto ese “privilegio” y nos veremos los martes a las 5 de la tarde…¿Correcto?...“

“Perfecto, niña…pero recuerda, que si por alguna razón no vienes, tienes que avisarme desde el lunes por la noche…”

“…Está bien…Esta bien…¡Huuuyyy! Eres francamente insoportable. Yo no se, porqué demonios voy a hacer contigo…”

“…¡Niña!...Cuando menos delante de mi has de procurar evitar el pronunciar cualquier tipo de maldiciones o palabras altisonantes. Una dama no se expresa como un marinero…”

“…Ya te dije que no me llamo niña, me llaman Sabrina…¡¡¿No lo entiendes…SABRINA!!...”

“…Te llamaré Sabrina en el preciso instante en el que tu dejes de tutearme y me trates con el respeto que merecen mis muchas canas y arrugas, niña…”

“…¡Uuuuffff…! Eres realmente insoportable, Otto. ..Estoy pensando, que desde ahora te voy a decir, que el martes no podré venir a verte…”

“…Como gustes…niña… Yo no sugerí esas visitas y no las necesito para nada. Asi que tu sabrás…NIÑA…”

El chofer de Sabrina regresó del interior de la casa en compañía de la Madre Superiora de la administración del asilo, a quien fue a buscar para avisarle que su señorita por fin se retiraba y que el anciano que la acompañaba, ya quedaba a buen resguardo dentro del recinto.
En cuanto Otto vio aparecer a la religiosa en el salón, su gesto volvió a tornarse acre y hostil, tal como era su costumbre desde su llegada al asilo. No le agradaba que la muchacha se tuviera que marchar, a pesar de haberle confesado pertenecer a ese grupo de cazadores internacionales, y que le había enfrentado abiertamente y refutado sus argumentos y fantasías de un judío dolido, y no se había burlado de él. Ahora volvía a quedarse aislado en medio de aquel grupo de viejos que solo esperaban su propia muerte.

Los ojos de Otto se clavaron en el rostro casi frío de Sabrina…¡se parecía tanto al de su Sara!... Nunca, a pesar de buscarla, volvió a encontrar una expresión como la de Sara en los ojos de otra mujer. Sin embargo ahora, en Sabrina, había creído volver a encontrar esa expresión. Por eso solo con ella había roto su mutismo y aunque el 90 % del tiempo que habían estado juntos solo se estaban peleando, sentía una gran ilusión al pensar, que en pocos días aquella chica volvería a estar con él y sus ojos lindos lo mirarían de nuevo. Era como si Sara hubiera renacido en aquella niña…Por primera vez en su vida, Don Otto pensó, que si las circunstancias hubieran sido otras. , Sara y él hubieran podido ser hijos y luego, a su debido tiempo, nietos también….Y se le ocurrió, que si su Sara hubiera tenido una nieta, ésta no se podía parecer más a su abuela de lo que se parecía esa muchacha arrogante y de mal genio…pero que en un momento dado tuvo la suficiente ternura, como para acariciar su rostro viejo con la frescura juvenil de sus dedos.

La vio marcharse y Apenas escuchó el regaño de la Madre Superiora por no responder al ademán de despedida de la chica…pero no podía. Su corazón temeroso muy cicatrizado había vuelto a responder oculto por la coraza de mal humor y hostilidad.

Sabrina subió a su auto y mientras Pepe le cerraba la puerta y ponía en marcha el vehículo, ella observó de reojo al viejo, que quedaba en el umbral de aquel asilo para desesperanzados. Había hecho el ademán de despedida a sabiendas de que no obtendría ninguna respuesta, y sin proponérselo, sonrió. Nunca se imaginó, que pudiera pasar tan buen rato con un viejo soñador, que había querido hacerla creer, que se dedicaba a la funesta labor de perseguir a los pocos nazis que aún quedaban en el mundo. Le había inspirado una profunda ternura la actitud repelente del viejo y por eso se propuso “domarlo”. Pero ahora que se alejaba de él, dejando una cita perpetua para volver a verlo, se preguntaba en su fuero interno de quién habría sido el “domado”, el viejo cascarrabias o ella con toda su soberbia e indiferencia juvenil… Sonrió al pensar en la cara que pondría su madre, cuando supiera, que se había hecho amiga de un miembro del “museo viviente” al cual se resistía tanto visitar-

----- o -----



A partir de ezta fecha, Sabrina nuca faltó a la cita que había concertado con Otto. Unas veces permanecían en el asilo platicando, o mejor dicho peleando, porque sus charlas eran eso, un pleito casi constante, y otras veces Sabrina montaba al anciano a su incómodo auto deportivo y ante las ruidosas protestas de Don Otto lo llevaba a algún lujoso restaurante a comer o a cenar o simplemente a tomar un café. Pero cada vez sostenía cpn el hombre tremendas reyertas a la hora de decidir sobre quien pagaba la cuenta de lo consumido:

“…En mis tiempos una mujer jamás le pagaba la cuenta a un hombre. ¡NIÑA!...”

“…Pero ya no son tus tiempos. Otto… y esta cuenta la pago yo…”

Entre esa pareja tan dispareja en todos los sentidos, logró sin embargo surgir un gran y verdadero cariño, que se alimentaba de discusiones y malas caras, pero que se había anidado en lo más hondo de sus almas. Sin embargo por lógica de la vida, esta amistad no pudo durar más allá de unos 6 u 8 meses…

Una tarde de lunes, Sabrina recibió la llamada de la Madre Superiora, avisándole, que Don Otto ya yacía tres días en cama en estado de gravedad, pero que se había negado rotundamente a que la llamaran, porque él tenía que esperar a que fuera martes, para que ella fuera a verlo y poder despedirse de la niña.

Sabrina ni siquiera dejó que la monja terminara de hablar. Con voz automática respondió, que saldría para el asilo de inmediato. Bajó las escaleras a toda velocidad y conduciendo su auto deportivo llegó al asilo en cuestión de solo minutos. De inmediato se dirigió a la habitación de Otto y llegó a tiempo, solo para saludar al viejo:

“…¡Otto…Otto!... ¿me escuchas…?”

“… Claro que te escucho, niña irrespetuosa…” dijo con un
delgado hilo de voz al viejo judío. “…Nada más te estaba
esperando. Creí que no llegaba el día, pero lo logré, Ya es martes,
¿verdad Sabrina?...¿Ya es martes…?”

“…Si Don Otto, ya es martes…Ya es martes y no faltamos a la cita, ya de nuevo estoy con usted…Ya es martes…”

Don Otto falleció con una leve sonrisa en los labios y con la mano de Sabrina entre las suyas, un día lunes por la noche en la creencia de que era martes…

Durante aquella noche por primera vez, desde que comenzara la amistad entre el viejo y la muchacha, la Madre Superiora, el médico y algunos miembros del personal del asilo presentes , escucharon que el viejo llamara a la chica por su nombre , y que ella a su vez lo había tratado con el respetuoso y protocolario “usted” , que tantas veces había sido motivo de pleito entre ambos.

Durante el funeral, solo Sabrina y la monja estuvieron presentes. Fue la muchacha quien cerró los ojos al anciano y arrojó el primer puño de tierra sobre el féretro . Nadie, excepto Sabrina lloró una lágrima por el viejo judío. No hubo luto por Otto Simermann. En el asilo apenas si notaron su ausencia. Uno que otro compañero preguntó dónde se hallaba aquel viejo ceñudo, y al decirle que Don Otto ya no se encontraba en este mundo, solo una sonrisa de tristeza mezclada con un poco de envidia se dibujaba en sus bocas y nunca más se volvieron a acordar de que alguna vez compartió la mesa con ellos un viejo refunfuñón , que se llamaba Otto.

Por muchos años más Sabrina no dejó de visitar la pequeña tumba del viejo, llevándole un pequeño ramito de flores siempre en un martes, recordando que aquel viejo solitario y gruñón había vivido los últimos meses de su larga vida peleando con ella y esperando a que llegara el próximo martes, para seguir sus peleas y sus fantasías de haber sido un gran cazador de nazis, cuando en realidad solo era un judío con cicatrices de una guerra… Y así, semana a semana, Sabrina se decía al llegar el tercer día de la semana:

“Ya es martes, Don Otto…Ya es martes…”

F I N
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