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LAS CARTAS (relato de Gisela inédito)

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LAS CARTAS (relato de Gisela inédito)

Mensaje por Administración el Miér Mar 09, 2016 11:41 pm

RELATOS INÉDITOS DE GISELA


Gisela al fallecer dejó entre sus pertenencias dos libretas de argollas con hojas intercambiables, que usaba como borrador para sus inspiraciones, antes de ponerlas a imprimir.
Como podrá comprobarse, no solo son relatos, sino que tal parecen verdaderos “libretos” con personajes y conversaciones y un “parlamento” como para una obra teatral o telenovela o cine.
El contenido de este tercer tema es también extenso y requiere de algún tiempo para leerlo y es el siguiente:

*******




“LAS CARTAS”

Sinopsis: Una confrontación entre las costumbres y los tabúes de antes con la tan “moderna” y un tanto superficial actualidad.

********************************

...” ¡¡ Estoy harta !!... No aguanto más este infierno.¡El mundo anda mal! ...¡¡ustedes andan mal !!.... ¡¡ Yo ando mal !!...”
Esta es una de las acostumbradas explosiones de mal humor y desesperación que últimamente está teniendo Yuri, una muchacha mexicana de nacimiento con una mezcla increíble sangres europeas corriendo por sus venas. Es miembro de una familia sin mayor relieve como hay tantas, y ha comenzado a descubrir la realidad del mundo y no le gusta, cosa bastante común en nuestros días.
Se siente sola y ha llegado a pensar que ella es la única que siente como siente, y que no le pudo haber tocado una peor época para nacer. Nunca ha sentido una verdadera comunicación con nadie, y su infinita sed de ternura solo se ve mitigada cuando recostaba la cabeza en el regazo de doña Rufina, su abuela la española. Pero ahora que la anciana y hosca señora ha muerto, su nieta se siente como desamparada y sin lograr comprender ni ser comprendida por nadie.
Con frecuencia siente que ella es la primera y la única en sufrir lo que está sufriendo, que nadie más ha dudado como ella duda, que nadie ha renegado del mundo como ella reniega, y que quizás, su hubiera nacido 100 años antes, le hubiera tocado un mundo más fácil que este, para vivir en él.
El estallido que acabamos de escuchar, ha ido a estrellarse contra su madre, mujer de carácter violento, que casi siempre pretende apagar el fuego con otro fuego y las explosiones con otras explosiones.
...”¡Ya me cansé de aguantar tus berrinches de niña tonta...allá abajo me espera tu tío para recriminarme que no he sabido ser madre contigo.... quizás tenga razón... ¡pero yo lo he intentado! ...¡tu bien sabes que lo he intentado!!...”
...”No tiene caso, mamá...” – replica desalentada Yuri --...”No te puedo explicar lo que me pasa y aunque lo hiciera, tu ¡no lo comprenderías! ... No me gusta el mundo en el que vivo, no se hizo para mi. ¡Esta todo podrido y yo no puedo hacer nada para remediarlo! ...¡¡no tiene remedio alguno ya!!...”
...”A tu corta edad, ¿ya juzgaste y decidiste que el mundo esta mal? ...¡ eso es increíble!!...”
...” Pues si...¡ya lo hice!...” – responde con desplante Yuri.
Dolores, la madre de Yuri se ha quedado atónita. Por unos momentos mira a su hija quien ha permanecido tumbada sobre la cama con unos audífonos incrustados en las orejas, de los que salen horrendas estridencias y con una expresión de aburrimiento que no la ha abandonado en ningún momento.
.¿porqué ha sido esta vez la discusión? Dolores ya ni lo sabe. Han sido tantas y tan sin razón últimamente, que ya ha dejado de tener importancia el motivop. La discusión es lo que cuenta, nada más.
La mirada de la madre revela una absoluta incomprensión de lo que le pasa a la muchacha. Yuri evita mira la cara de su madre para no escupirle el desprecio que su incomprensión le provoca y se limita a dibujar con el dedo con el dedo círculos sobre la cama al ritmo de la música que, seguramente por tanto volumen, ni ella misma logra escuchar.
Luego de un momento de estático silencio, Dolores sale de la habitación y regresa casi inmediatamente con un paquete de cartas amarradas con un lindo listón azul ensueño. Con suave desdén, la mujer deposita sobre la mesita de noche el paquete de cartas y le dice a su hija:
...”Son tuyas, tu abuela las dejó para ti...”
...”¿Para mi?...¿y porqué no me las habías dado? Hace más de un año que la abuela murió...”
...”Ella dijo que te las diera cuando te hicieran falta y creo que ese momento ya llegó. Las puedes leer cuando quieras...”
No hubo más diálogo. Dolores salió de la habitación arrastrando los pies, como si llevara un lastre muy grande sobre el alma.
Una vez sola, Yuri clavó la mirada en aquellos sobres color de rosa. Despacio se quitó los audífonos, se puso de pié y se acercó hasta donde estaba el paquete. Por su expresión , parecía que estaba viendo algo mágico, algo increíble. Tomó el paquete y mientras regresaba a sentarse sobre la cama, desató el listón y ya sentada entre las almohadas, comenzó a leer la primera de las cartas de su abuela.

“Querida Yuri:
Hoy mientras te miraba jugando en tu cuna, sentí deseos de comunicarme contigo. Pero aún eres tan pequeñita, que te sería imposible comprender lo que te dijera.
He buscado un medio para hacerte saber lo que yo he sido y como he sido y durante mucho tiempo no podrás comprender claramente lo que te diga, y probablemente cuando ya puedas hacerlo, yo ya estaré demasiado vieja como para tener ánimos y lucidez suficiente para contártelo de viva voz. Para escribir un “Diario” ya no tengo la edad, y además siempre me pareció una ridiculez de las niñas tontas eso del “Diario íntimo”. Así que he pensado escribirte una carta cada vez que ocurra algo en tu vida o en la mía, que amerite para que, posteriormente, cuando seas mujer y te sientas confundida o solitaria, las puedas leer y conocer un poco más de cómo fue tu abuela y la época que me tocó vivir.
Ahora que te estoy viendo jugar en tu cuna me viene a la mente mi propia infancia. Cuando nací allá en Los Corrales De Buelna, la vida era muy distinta a lo que es hoy. Yo nunca tuve tantos ni tan bonitos juguetes como tienes tu ahora. Mi papá no era rico, trabajaba en el campo y solo hasta que cumplí los cuatro años, me pudo comprar una muñeca que, aunque si la comparamos con la que tienes tu ahora, era bastante bastante fea, y a mi me parecía lo más hermoso del mundo. Antes de eso solo podían darme piedritas del llano bien lavaditas para que yo jugara con ellas.
Como fui la mayor de mis hermanos, mi papá me quiso más que a ellos, aunque procuró nunca demostrarlo. No era una época de fiestas y si de mucho trabajo rutinario. No recuerdo mucho de aquella época, pues era yo aún muy pequeña, pues solo tengo presente que había muchas tías y tíos en nuestra casa.
Realmente mi recuerdo más fuerte de esos días, es cuando tenía yo 7 años junto con mi hermanita chiquita, nos trasladamos a Santander con mi madre y alguna tía, para abordar a un barco con rumbo a Veracruz, en México, para reunirnos con mi papá y mis tíos que se habían venido un año antes para probar fortuna en América.
Viajamos en tercera clase, como emigrantes que éramos, pero como yo era una niña bonita y dicen que simpática, pronto me gané a toda la tripulación y lo mismo al ayudante de cocina, y que el propio capitán del barco me traía de arriba para abajo como si fuera una muñequita.. Nos tocó muy mal tiempo durante la travesía, y una tormenta en alta mar es lo más espantoso que te puedes imaginar, hija. Nunca podré olvidar esos días de terror que pasé, agravados por un terrible mareo que me aquejó desde que subí al barco hasta que puse los pies en tierra firme en México. Yo creo que por verme tan mal y asustada, fue por lo que la tripulación me trató tan bien, y no porque yo fuera tan simpática como decía mi mamá.
Nuestra vida en México fue un cambio total, cambió favorablemente ¡desde luego!
Pocos Días después de llegar a Veracruz,, mi mamá conoció a Doña Panchita. Era ésta una mujer muy chiquita, cuñada de un sastre, que en sus ratos desocupados se dedicaba a dar clases a algunos niños. Mi mamá vio la oportunidad de que yo comenzara a aprender las letras y le pidió a Doña Panchita que me las enseñara. A mi no me hizo ninguna gracia la idea de que aquella señora me enseñara, pero en esos tiempos, los niños no teníamos derecho a decir absolutamente nada en contra de las decisiones que tomaban nuestros padres. Tan completamente distinto a como es hoy, que desde pequeños , los niños ya tienen voz y voto en los asuntos familiares.
Doña Panchita era una señora muy dura y estricta con sus alumnos, pero conmigo se portaba bien, casi llegué a creer que me quería un poco.
A los 8 días de estar iendo a clases a casa de Doña Panchita, me encontré ahí con su hijo mayor, Marcial. Él tenía entonces 15 o 16 años y para mi que tenía solamente 7 años, pero era todo un señor que, cuando me hizo un cariño diciendo que yo era una niña muy mona, me dio tanto miedo, que al día siguiente yo no quería ya volver a ir a esa casa ni para las clases ni para nada más.
Sin embargo seguí yendo, aunque para mi fortuna, casi nunca me topaba con el tan temido Marcial...”

Cuando Yuri termina de leer la primera carta de su abuela, tiene una sonrisa divertida en los ojos. Dobla cuidadosamente el pliego, lo vuelve a colocar dentro de su sobre, y antes de disponerse a tomar la siguiente carta, decide bajar a la cocina para prepararse algo de comer. Sabe que la cena está lista y que seguramente será deliciosa. Sin embargo no tiene la menor gana de compartir la mesa con la familia. Al pasar por la sala, por más prisa que se da, para pasar inadvertida, no resulta así. Es detenida por la voz autoritaria de su madre:
...”¿A dónde vas, Yuri?... la cena esta lista, nos sentaremos en un momento....”
...”Lo siento, mamá, no cenaré con ustedes. Me preparé un emparedado y lo subiré a mi recámara. ... Quiero seguir leyendo las cartas que me diste...”
No habló más , empero Yuri pudo ver en su madre, un gesto de evidente disgusto, mientras se dirigía con decisión hacia la cocina. Se preparó el emparedado de jamón y queso, se sirvió un vaso de leche, y con una cosa en cada mano volvió a cruzar por la sala bajo la mirada iracunda de Dolores. Yuri echó llave a su puerta, aventó los zapatos a distintos rumbos de la habitación y adoptando una postura yoga sobre la cama, tomó la siguiente carta de su abuela, mientras mordisqueaba displicentemente el emparedado.


“AY, Yuri, mi pequeña y querida Yuri:
Te me has convertido en una niña consentida y berrinchuda, sin que apenas me diera cuenta. En estos momentos, mientras te escribo otra de mis cartas, estas encerrada en tu recámara, haciendo un berrinche y renegando de tus padres, como ya se te ha vuelto costumbre. Acabas de gritar a voz en cuello, que si pudieras, te irías a vivir al infierno, con tal de no estar con ellos.
Al oírte decir semejante tontería, recordé de cuánto sufría yo cuando mis padres me obligaron a vivir con mis tíos, solo porque ellos no habían podido tener hijos.
Si, hija, por monstruoso que te parezca, en aquella época era una costumbre bastante generalizada, el regalar los hijos a parientes o amigos por diversos motivos. Recuerdo que mi tío me quería mucho, era muy bueno conmigo y yo lo buscaba y lo procuraba en todo lo que podía a mis 12 años. Él era bueno, te repito, pero lo que era su mujer, no me podía ver ni en pintura. He llegado a creer que hasta estaba celosa del cariño que a mi me tenía su marido. Ella me trataba bastante mal, haciéndome trabajar muy duro y con el pretexto de que no había ni espacio ni dinero suficiente para comprarme una cama, me hacía dormir en el suelo de la trastienda de mi tío.
La ropa buena que me había comprado mi papá para irme con ellos, se la ponía, aunque le quedara un poco chica y a mi me dejó solo con lo mas viejo para taparme. Todavía me acuerdo de cuántas noches me las pasé llorando por estar separada de mis padres, sin poder expresar ni la más mínima protesta por estar con mis tíos. Llegué hasta a pensar que mi papá me había “regalado” porque no me quería. Te juro, Yuri, que ese pensamientos es el más cruel y doloroso que cualquier niño o niña puede tener en su cabecita. Doy gracias a Dios que estas costumbres ya hayan pasado de moda, aunque todavía entre algunas familias, en algunos medios, es cosa bastante común y no es mal visto el “intercambio” de hijos.
Tu en tu ignorancia de otras épocas, no te das cuenta de lo lindo que es, que los padres te aguanten con todo y tus rabietas y malcriadeces, sin que en ningún momento se les ocurra deshacerse de ti.
Yo aguanté callada aquella situación durante varios meses. Siempre que por casualidad veía o visitaba a mis padres, la mujer de mi tío se las arreglaba para que me vieran siempre bien vestidita y limpia, y yo, para no mortificar a mis papás y a mi tío, nunca decía nada de cómo me trataba mi tía en su casa.
Hasta que un día, cuando mi tía me mandó a traer un mandado al mercado, me encontró mi papá en el camino y cuando me vió como andaba yo, le faltó poco para ponerse a llorar. Inmediatamente me exigió, que le relatara como era mi vida en la casa de mis tíos..... y se los conté todo.
Al día siguiente yo ya estaba durmiendo en casa de mis papás luego de haber recibido un beso y la bendición de mi mamá mientras me arropaba con amor. Pero aquellos meses que pasé en casa de mi tío nunca los he podido olvidar, Quisiera decirte que ya no llores, hijita, que los regaños de los padres nunca duelen tanto como los de un extraño. Que si te regañaron, es porque te quieren mucho y que nunca tendrás que soportar los regaños de nadie más, ya que ellos jamás lo permitirán.... Pero se eso te lo dijera ahora, no lo comprenderías. Resulta que cuando conocemos otros dolores, los nuestros nos parecen los más grandes del universo... ¿verdad mi pequeña?...”

Yuri trae a su memoria las mil ocasiones en que ha renegado de sus padres y de tener siempre que estar sujeta a sus mandatos. Sin embargo, ahora, de solo imaginar que hubiera podido pasar su infancia en otras compañías y con posibles malos tratos, siente que se eriza el pelo y todo el cuerpo y sonríe evocando las mil ternuras que ni en los peores momentos le han faltado por parte de su madre. Ella nunca se hubiera podido imaginar que su abuela hubiera sido “regalada” en alguna época de su niñez.
...”Pobre abuela...”-- murmura para sí misma Yuri-- ...”debe ser muy doloroso verse maltratada en casa ajena y sin poder pedir ayuda a nadie, ya que estas allí por órdenes “superiores”... Tienes razón, viejita... Hasta ahora me puedo dar cuenta de la bendición que vienen a resultar los regaños de los padres cuando aún somos niños....”
La chica bebe el último sorbo de leche y luego de colocar el vaso sobre la mesita de noche, toma otra de las cartas de su abuela y sigue leyendo con interes:

“Mi Yuri:
Hoy te he visto toda la mañana ir y venir, sbir y bajar por toda la casa recogiendo tu ropa, tus zapatitos y hasta algunas de tus muñecas para preparar tus maletas para ir de viaje. Por fin ha llegado el día que has estado esperando desde que lo anunció tu papá, hoy te llevarán de viaje a Europa.
Al verte tan atareada con tus preparativos, ha vuelto a mi memoria aquel regreso a mi tierra cuando yo tenía 18 años, poco más o menos la misma edad que ahora tienes tu. Tengo tantos recuerdos pequeños y lindos de aquel tiempo en mi pueblo, que no sabría por dónde empezar a contártelos, o si valdría siquiera la pena el hacerlo.
Poco después de que salí de la casa de mis tíos, la situación económica de mi papá se puso un poco difícil, al grado de llegar a pensar, que sería mejor regresarnos todos a España. Así que puso a mi madre y a mis hermanos y a mi en un barco y regresamos a la tierra de nuestro origen, mientras él se quedaba en Veracruz para ver si todavía se podía levantar y llegar a ser alguien dentro de su profesión.
Tu bisabuelo era un orgulloso maestro de obras, y en aquella época eran muy escasos los arquitectos y los ingenieros, asi que a él se le consideraba todo un profesional dentro de su área. Todavía hoy, cuando paso por enfrente del edificio de “la Beneficencia Española” en Veracruz, puedo ver con orgullo las iniciales de mi padre, “R.R.” en la herrería, acreditándolo como el constructor principal.
Cuando llegamos a “Los Corrales de Buelna” toda la familia nos recibió con mucho cariño, nos dieron albergue en casa de tu tía Joaquina, prima segunda mía. Como ella estaba yendo a estudiar al convento de monjitas que está en el pueblo, mi tía quiso que yo también estudiara allí, y de acuerdo con mi mamá, allí mismo me mandaron también a estudiar.
Las madres del convento eran muy buenas y no me costó ningun trabajo aprender todo lo que me enseñaron en ese lugar. Tu tía Joaquina no era muy dada a los libros, asi que disfrutaba más de los fines de semana, cuando nos mandaba mi tía a llevarles el almuerzo a los hombres. Era bonito poder corretear por la campiña llevando la canasta con el almuerzo para mis tíos, que desde muy tempranito estaban trabajando muy duro en el campo.
Los domingos nos llevaban hasta Santander, el camino era largo, pero como íbamos en grupo, no se sentía. Recuerdo que siempre me llevaba un regaño de alguno de los adultos, pues invariablemente me detenía en mitad del campo para observar con todo detenimiento el monasterio que estaba allí. Me llamaba mucho la atención, ver a los frailes como entraban y salían en pequeñas procesiones, envueltos en sus misteriosos hábitos oscuros, con las manos entrelazadas y la cabeza inclinada bajo la capucha. Mi imaginación infantil me hacía tejer mil historias misteriosas detrás de aquellos gruesos muros. Me intrigaba mucho la vida que podían llevar aquellos hombres, algunos de los cuales eran muchachos sumamente guapos. No comprendía cómo podían vivir siempre encerrados. .. y tampoco comprendía porqué todos ellos tenían los ojos tristes, si estaba allí por su propia voluntad.
Un día en que tu tía Joaquina y yo íbamos solas a llevarle el almuerzo a mis tíos, nos encontramos en el camino con una pareja de frailes. Yo me asusté mucho, pues sin saber porqué, el hábito oscuro de esos hombres me daba mucho miedo. Uno de ellos era un ancianito de barba blanca y mirada dura, pues nos miró con aire regañón. Luego luego me dí cuenta de que debía de ser un viejito cascarrabias. En cambio el otro hombre era apenas un seminarista. No le pude precisar la edad, pero se veía mucho más joven que el primero. Estaba muy pálido y tenía los ojos suaves y dulces. Su sonrisa era triste, ¡pero al menos sonreía!
Fue un encuentro muy breve, porque le viejito nos dio un buen regaños por andar solas en el camino, y nosotras salimos corriendo como si hubiéramos visto al mismo diablo en persona. Loúnico que alcancé a escuchar, fue que el más joven de los dos frailes nos gritó: “¡Tengan cuidado, criaturas, no corran así, se pueden lastimar!...no deben tenernos miedo!”
Durante varios dias me creí eternamente enamorada de aquel fraile joven, hasta que tu tía Joaquina me dijo que era pecado enamorarse de los frailes. Sin embargo hasta hoy en día, aunque ya soy una vieja, sigo pensando que aquel fraile era el hombre más guapo que he visto jamás. Recuerdo tambien, como si lo estuviera viendo , mi lindo vestido rosado que me hizo mi mamá para los domingos. Tenía el orillo de la falda en negro y su escote era... bueno creo que la descripción de mi vestido no tiene la menor importancia para ti. Ustedes las niñas de ahora, se sienten muy felices con ponerse uno de esos pantalones de mezclilla, que en mi época solo se los ponían los obreros y les llamábamos “overol” y que ahora les dicen tan pomposamente “jeans”.
Ay hija, ¡cómo han cambiado los tiempos! Ahora ti te vas de viaje a Europa y probablemente te llevarán a conocer museos muy interesantes y las tiendas más fantásticas del mundo. Pero dudo mucho que te detengas en mitad del camino para observar un viejo y descolorido monasterio en la montaña, y mucho menos te encontrarás con un seminarista de ojos hermosos, que te haga soñar por primera vez como mujercita...¡ahora los frailes ya ni siquiera usan esos misteriosos hábitos oscuros!”

A la memoria de Yuri acude el recuerdo de su primer viaje a Europa y tiene que sonreír con algo de tristeza. Le hubiera gustado tener una experiencia igual a la de su abuela, pero ciertamente solo recuerda las discusiones que tuvo con su madre en las tiendas, por quere comprarse ropa, que según la señora, no era la más apropiada para su corta edad.
Vuelve a murmurar para sí misma, como si estuviera sosteniendo un diálogo con su vieja y añorada abuela:

...¡Cuánto me hubiera gustado conocer a tu seminarista de los ojos bellos, abuelita! Tal parece que lo hubieras sacado de aquel viejo poema que he oído desde niña y que ni siquiera recuerdo quién fue su autor...¡Qué época, abuelita! ...¡¡ mira que decirte que era pecado que soñaras con aquel hombre...!! Pero después de todo, también eso debió tener su encanto. Hoy en día, hasta los “pecados” están descontinuados, ya han pasado de moda. Ahora ya casi todo es permitido, si “te lo dicta el corazón”.... qué tristeza, qué asco...!

La muchacha dobla cuidadosamente el pliego de papel, y luego de introducirlo nuevamente en su sobre correspondiente, se queda pensativa, con la mirada vagando de uno a otro rincón de la habitación. Sus ojos se topan con el reloj, cuyas manecillas marcan ya las dos de la madrugada y apenas si lo puede creer. Ha pasado más de cinco horas leyendo las cartas de Doña Rufino y no ha sentido el correr del tiempo. No ha llevado la cuenta de las cartas que ha leído, pero al observar el montoncito de ellas que está medio esparcido sobre ña cama, está segura que deben ser como dos o tres docenas de sobres, conteniendo las vivencias y recuerdos de toda una vida,...de su abuela.
Una extraña paz se ha enseñoreado del rostro de Yuri. Poco a poco se ha ido convenciendo de que sus sentimientos no son nada especial, y que se parecen bastante a los que experimentó 50 años atrás su abuela. Ha podido comprobar, que todos los tiempos de la humanidad han tenido poco más o menos los mismos problemas. Y que si bien es cierto que otros tiempos fueron hermosos también, en esta época hay sin embargo mil cosas mejores que antes.
Sonríe con suavidad y volviendo a acomodarse en una posición extraña sobre la cama, toma entre sus manos el siguiente sobre, extrae de él el pliego de color rosa , para continuar su lectura en busca de su querida abuela.

“Querida Yuri:
Hace un momento te he sorprendido en la sala besándote con Jaime. Te pusiste nerviosa y el pobre muchacho por poco revienta de lo colorado que se puso. Yo fingí que me disgustaba y arrugué la frente como mudo reproche... ¡Ah! Si tu supieras lo que en realidad pensé al verlos... me perderían el respeto.
Si, hija, al verte enamorada y tratando el amor con tanta seguridad y confianza, como algo natural que se descubre poco a poco y sin temores y sin prohibiciones, he sentido alegrías por ti y un poco de tristeza por mi.. Ha vuelto a mi memoria el tiempo de mi noviazgo con tu abuelo, mi único y tan desperdiciado noviazgo.
Cuando, después de algunos años, regresé a casa de Doña panchita para saludarla, me volví a encontrar de manos a cara con Marcial, aquel hijo de la señora que me provocaba tanto miedo cuando yo era niña. Estaba convertido en un verdadero hombre, alto, delgado, muy derecho y con unos ojos muy bellos. A pesar de que me gustó, no pude dejar de tenerle temor, un temor que quizás nunca se apartó de mi con respecto a él.
Marcial volvió a fijarse en mi, tal como lo había hecho cuando yo era alumna de su madre y apenas tenía 7 años. Solo que ya habían pasado 10 años y yo empezaba a despuntar como mujer. Recuerdo que dijo más o menos lo mismo que dijo la primera vez que nos vimos: “Es linda la nena, eh”... y durante todo el tiempo que duró la visita, no dejó de mirarme ni un solo instante.
A partir de entonces, me lo empecé a encontrar “casualmente” en casi todas las calles de Veracruz por las que yo pasaba. A veces me saludaba, quitándose el sombrero o con una inclinación de cabeza. En otras ocasiones solo me miraba sin hacer el menor movimiento de intentar acercarse a mi. Pronto me acostumbré a verlo en todas partes a donde yo iba., ya sea en la puerta de la iglesia, aunque él nunca entraba allí, o en los pasillos del mercado donde iba yo a hacer las compras de mi mamá o de mi hermana. Hasta en algunas noches llegué a descubrirlo parado en la calle bajo el farol que estaba frente a mi casa.
Un año después, Marcial se presentó en mi casa con su madre, para pedir mi mano en matrimonio, sin que nunca antes me hubiera dicho a mi algo sobre este asunto.
En vista de que era un hombre honrado y con un buen porvenir y que ya casi había terminado su carrera de médico, a mi padre no le pareció nada mal la idea de que yo me casara con él.... y así, de la noche a la mañana, y sin queyo tuviera nada que ver en el asunto, me encontré comprometida con un hombre al que solo conocía superficialmente.
Nuestro noviazgo no fue muy distinto de todos los de esa época. Una visita semanal, cuando él estaba en Veracruz, con la inquisitorial presencia de toda la familia en la sala, él sentado en un extremo del salón y yo al otro lado de la estancia sentada entre mi mamá y mi hermana. En esas visitas toda la familia hablaba con mi “novio” menos yo...Ni siquiera como saludo o despedida nos tomamos las manos más que en cinco ocasiones. Ahora pienso que me casé con un extraño al que le tenía miedo, a pesar de que lo llegué a amar con toda mi alma y lo seguiré amando hasta el día de su muerte, aunque él ya se haya ido de este mundo.
También recibí cientos de cartas que me escribía cuando andaba fuera de la ciudad y las cuales mi madre o mi madre tenían que leer antes de que yo lo hiciera.
Cuando me casé, tu abuelo nunca me había dado un beso ni mucho menos me había tocado ni uno de mis cabellos. Fue un momento muy difícil para mi cuando él quiso realizar nuestro matrimonio. El miedo que yo le tenía no había desaparecido, aunque yo lo quería muchísimo, y yo me preguntaba, si lo que élpretendía era normal y lo correcto. Para mi mayor desgracia, mi mamá murió pocos días después de mi boda, yo no tenía a quien preguntar sobre todas esas dudas. Estaba mi tía Rosalía, pero ella aunque trataba de ayudarme en todo lo posible, siempre pensé, que mi mamá lo hubiera podido hacer mejor.
En estos momentos, después de haberte visto experimentando y conociendo el amor con tu noviecito, pienso que si yo en mi época hubiera podido conocer un poco más a tu abuelo, trataría de hablarle, de escucharlo y demostrarle lo que sentía, mi vida y mi matrimonio con él, hubieran sido muy diferentes de lo que fueron.
No me quejo, sabes, ...puedo decir que tuve una buena vida dentro de todo el trabajo y las penas que tuve con el cuidado de mis hermanos pequeños, que al morir mi mamá, fueron a vivir conmigo. Tambien tuve que hacerme cargo de la crianza y educación de mis once hijos, teniendo que apartarme al carácter machista de tu abuelo. Pero no puedo evitar el pensar que si yo hubiera sabido un poco más de la vida, y de cómo defenderme, hubiera tenido una vida mejor y hacer que mi familia también se desarrollara con mayor facilidad. Ese miedo absurdo que le tuve a mi marido desde el momento que lo conocí, y que a pesar de amarlo entrañablemente, nunca pude dejarlo de sentir, me impidió mil veces imponer o siquiera hacer saber mi criterio. Por mi apocamiento dejé que él cometiera muchas injusticias y abusos de autoridad con mis hijos y conmigo misma.
Doy gracias a Dios que tu y tu generación hayan roto ya con esas costumbres y tabúes, que tanto daño hicieron en otras épocas. Había tanta ignorancia entre las personas de mi época, que aún hoy hay cosas fundamentales para el ser humano en las que ustedes, como jóvenes, me pueden enseñar muchísimo, a pesar de que soy la abuela y he levantado toda una familia. Es una lástima que no todos los tiempos hayan sido como hoy, pero me alegro mucho, de que por lo menos ustedes ya hayan descubierto la maravilla que es el amor, y que lo experimentan sin miedos ni complejos. Quizás así, cuando elijan una pareja, lo hagan más concientes de que verdaderamente sea lo que ustedes hayan venido buscando y necesitando desde pequeños, para formar una vida plena y feliz. No te puedes imaginar, cuánto me hubiera gustado nacer en esta época, en la cual los pecados han dejado de tener un significado tan absurdamente grande al coartar la libertad de ser y de vivir de acuerdo a lo que se es, y que esto ha comenzado a ser lógico, natural e imprescindible para la felicidad.
Sé que muchas personas creen firmemente, que “todo tiempo pasado fue mejor” ,pero te aseguro, que cuando menos en mi caso es no es la verdad. Mi vida fue buena, no me quejo, pero viví siempre tan sojuzgada, tan sujeta a los deseos y las ódenes de mi marido, tan encerrada en la jaulita de oro, que la vida se me fue de las manos sin que me diera cuenta. La prueba está, que al quedarme viuda, ya un poco fuera de tiempo, he querido viajar, tratar a las personas, conocer a esa mundo del cual me mantuve alejada durante toda mi vida.
¡Qué bueno que tu si conoces , o empiezas a conocer el mundo en el que vives!
Hubo muchas cosas buenas en las costumbres de otros tiempos, pero te aseguro que las hay también en ésta época, si no mejores, por lo menos igual de buenas y hermosas. Vive tu tiempo, hija, vívelo a plenitud, es hermoso y aunque a veces pienses que no ye gusta, que es la peór época de la humanidad la que te tocó vivir, disfrútala al máximo. Nunca pienses que eres la única que ha experimentado dudas y temores. Todos los hemos sentido, desde que el hombre es hombre ha estado lleno de temores y preguntas. Solo que antes esas dudas, esos temores y esas preguntas nos las teníamos que tragar, porque no había a quien preguntar ni cómo averiguar.
¡ Hoy no ! ... Hoy puedes preguntar, averiguar, pedir ayuda y consejo y nadie te critica por ello. Siempre encontrarás a alguien capacitado y dispuesto a ayudarte con su sabiduría y capacidad y buena voluntad para contigo.
Sabes, hija mía, ...no se lo he querido decir a nadie, pero últimamente me he venido sintiendo un poco mal. Muy cansada y con la mente como muy lejos de mi cuerpo. Me siento tan cansada que creo, que ésta será la última carta que te escriba. Creo que a mi reloj ya se le está acabando la cuerda y que quizás ya pronto se detenga. Me parece que pronto los dejaré, pero no por eso quiero que te pongas triste. Me voy a morar quizás muy pronto, pero mientras tu vivas y me recuerdes, siempre estaré contigo viviendo en tu alma.
De este mundo me llevo muchos recuerdos bellos y otros muchos muy tristes y desalentadores. Pero no me puedo quejar, Dios me dio casi todo lo que se le pueda dar a un ser humano, ...solo le hubiera pedido un poquito más de criterio propio a la libertad para haberlo podido hacer valer.
Me llevaré también el cariño, mucho o poco, según me lo haya sabido ganar, de ustedes, mis hijos y de mis nietos... y en mi ataúd se irán todas esas bellas cartas de amor que me escribió tu abuelo, en las que nunca dejó de decirme “nena” y que me hicieron soñar tanto, aunque después la realidad no fuera tan maravillosa como se vislumbrara en aquellas líneas escritas.
Junto con mis cartas me llevaré también el poema que tu me hiciste, ese que escribiste pensando en mi. Fue el regalo más preciado que nadie me pudo hacer jamás y no quisiera que se quedara aquí, para cuando yo me vaya.
Te voy a extrañar, Yuri, pero me voy tranquila, porque sé que eres una chica, a la que su época le ha permitido ser sabia. Sé que en tu mano está, no cometerás algunos errores muy graves que yo cometí, por no saber. Cuídate mucho, pequeña, y recuerda que aunque el cuerpo muera, el amor sobrevivirá. Te amo, hija, y no quiero lágrimas sobre mi ausencia. Las lágrimas impiden la paz, y te aseguro que lo que más anhelo ahora, es encontrar la paz y la tranquilidad, el sosiego que en tantos momentos de mi vida no logré alcanzar.
Asi que, recuérdalo si te es posible y cántame “Ojos Españoles” esa vieja canción que tanto me gusta, porque no quiera lágrimas sobre mi ausencia.
Te querrá siempre. esté donde esté
Tu abuela
Rufina

Al terminar de leer la última carta de su abuela, Yuri tiene los ojos llenos de lágrimas. Verifica la fecha que ostenta el pliego de papel, y comprueba que fue escrito solo 4 días antes de que Doña Rufina ingresara al hospital para fallecer después de una breve, pero angustiosa agonía.
La despedida de su abuela la ha conmovido profundamente y no acierta a explicarse como es que su abuela sabía, que ella iba asentir tantas dudas e inconformidades. Con estas cartas de su abuela, Yuri ha podido saber que no es ni la primera ni será la última criatura viviente que se siente acosada por dudas y rebeldías grandiosas, creyendo que las cosas, los sistemas y las costumbres , podrían....¡deberían! ...cambiarse, modificarse , para que la humanidad caminara un poco mejor.
A través de esas cartas ha podido asomarse al mundo en el que le tocó vivir a su abuela, y ha podido ver, que aunque tuvo su encanto, no fue exactamente como ella se lo había imaginado. Era un mundo lleno de romanticismo y galanura, pero también saturado de creencias y prohibiciones, prejuicios e ignorancias, que hacían la vida mucho más pesada y difícil de lo que ya de por sí era.
De un momento a otro, su visión de épocas pasadas e ideales, se vino abajo y se imagina el solo hecho de tener que casarse con un hombre al que solo conociera de vista y sin saber absolutamente nada con respecto al matrimonio en si. Solo en pensamiento le produce un escalofrío de repugnancia y terror. A su memoria acuden los incontables momentos de felicidad que ha podido disfrutar en compañía de Jaime, o de otros chicos menos importantes para ella, y se siente hondamente aliviada. Ella sabe que ama a Jaime, pero sabe exactamente porqué lo ama... no como Doña Rufina que amó a su marido, quizás por haber sido el único hombre que conoció, si es que alguna vez llegó a conocerlo, pero al que nunca, ni después de muerto, pudo perderle el miedo. Un miedo tan sin razón, igual como si mismo amor. Dualidad de sentimientos opuestos que la mantuvieran atada durante casi 60 años a un ser, que quizás no era el indicado para ella, para su personalidad apocada y su forma de ser. Tal vez si Doña Rufina hubiera tenido la oportunidad de escoger su vida, ésta hubiera sido otra muy distinta, quizás más feliz o también quizás más desdichada, pero más suya propia, bajo su propio timón. Una vida sin estar sujeta, primero, a los designios de sus padres, y después de los de su marido. Hubiera podido ser una persona... y es que llegar a ser “una persona” es el mayor gallardete al que una mujer puede aspirar.
La muchacha descubre de buenas a primeras, que ella a su corta edad, ya ha logrado convertirse en una persona, gracias al medioambiente, las costumbres y la época en que le tocó vivir. Y que su propia abuela trató de serlo, cuando ya acariciaba la vejez, y que le faltó tiempo para conseguirlo del todo.
En aquellas letras escritas por una anciana, la chica ha podido ver, que el mundo fue, es y será siempre el mismo, repleto de cosas malas, pero también de cosas buenas con sus grandes bellezas. Se da cuenta de que le toca a los seres humanos, individual o colectivamente, saber extraer y reconocer lo bueno y aceptarlo, y repudiar lo malo tratando de corregirlo en la medida de sus fuerzas, pero sin hacerse daño y sin odiar o amargarse la existencia tan tontamente como ella lo ha venido haciendo en los últimos tiempos.
A partir de la mañana siguiente todos, empezando por su madre, notarían un cambio radical en su comportamiento. Yuri volvería a sonreír y a poner buena cara aunque la tormenta fuera dura. Tendría Yuri un poco más de comprensión para los demás y sobre todo, trataría ella de comprenderse a si misma un poquito más.
Todos comentarán el cambio, pero nadie averiguará jamás a qué se debió ese cambio. Yuri guardará esas cartas de su abuela siempre bajo llave y cada vez que necesite de un consejo, un consuelo o una esperanza alegre, las sacará y las volverá a leer en privado tal como en esta noche lo ha hecho.
La muchacha introduce suavemente la última carta de su abuela en su sobre correspondiente y siente que una lágrima ha rodado por su mejilla yendo a caer sobre las palabras escritas por su abuela.. En un gesto casi violento se limpia los ojos, trata de sonreír y dice con voz clara y firme:

...“No quiero lágrimas sobre tu ausencia... tienes razón, abuelita, por alguien tan maravilloso como tu, no se debe nunca llorar...por ti...¡hay que cantar!...”

Yuri se acurruca entre las sábanas, apaga la luz, y mientras abraza cariñosa y tiernamente el paquete de cartas atadas con un listón de color azul ensueño, comienza a cantar a media voz aquella vieja canción que tanto le gustaba a Doña Rufina , hasta que poco a poco, se queda profundamente dormida.

”Son como el mar, como el azul del cielo y como el sol.
Son algo más que un clavel, que comienza a deshojar,
Son del brillo de una estrella al despertar...
Olé y olé, los ojos de la española que tanto amé”


F I N
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