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EN EL FIN COMENZO

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EN EL FIN COMENZO

Mensaje por Administración el Miér Mar 09, 2016 7:04 pm

EN EL FIN COMENZO
Estuche de verdades y fantasias

SINOPSIS Un relato, cuyo personaje central es totalmente verídico, y a través del cual , el autor trató en su oportunidad de hacerle llegar al interesado un mensaje de apoyo, tratando de rescatarlo del profundo pozo, en el cual a la fecha sigue hundiéndose poco a poco sin lograr salir, y sacar junto con él lo mucho o lo poco bueno, que aún le queda a la maltratada especie humana.
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Adrián era un extraño solterón, al que, según él mismo decía, nadie lo comprendía....
Desde muy niño había dedicado su vida a cuidar a su madre, ya muy grande, y que enviudó casi desde que él nació. Tenía ella un carácter bastante fuerte y en ocasiones hasta algo tiránico. Adrián había pasado mil penalidades en su niñez y también en su juventud. Pero también es cierto, que había vivido mil aventuras y mil alegrías, aunque se empeñaba en olvidarlo. Llevó pues una vida de bohemio esclavizado por una madre demandante.

Con el transcurso de su vida, casi durante 50 años, había quedado un tanto amargado, al punto de que cuando, “tirando una cana al aire” y se emborrachaba, le daba por llorar de desesperación, pues había brincado de talento en talento sin hallar es suyo jamás.

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En un tiempo, cuando era pequeño aún, cargaba canastas en un mercado. Luego cuando le aumentó la edad, quiso ser torero “de los buenos”. Pero resultó que un día aquel torito retinto le pisó la punta de la zapatilla y nuestro amigo salió corriendo y jurando, que no volvería a torear nunca más.
Después fue de todo...futbolista, arriero, vendedor, tendero, antropólogo, guitarrista, pistolero y hasta hubo quien lo quiso volver guarura y matón.

Así fueron transcurriendo los años, hasta que lo encontramos convertido en uno de los pequeños ejecutivos de una tiránica empresa extranjera, de la cual Adrián aparte de sus innegables conocimientos y habilidades, sacó un profundo odio y rechazo hacia todos los que todos no hubieran nacido dentro de las fronteras nacionales.

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Un día Adrián conoció a Tachito, un hombre más o menos de su misma edad, y de condición medianamente humilde. Este hombre bien podía pasar por desapercibido, a no ser por el hecho, de que era poseedor de gran parte de los inmensos misterios referentes al cuerpo y el alma de los seres humanos.
Adrián era curioso y a buena ley, estudioso y lector casi de vicio, y naturalmente le envidió a Tachito aquellos conocimientos. Al poco tiempo de estar en contacto con él, le pidió que le enseñara....que compartiera con él todo lo que sabía.
El buen Tachito accedió, pero claramente le advirtió:

“...Yo con gusto te lo enseño todo, pero tengo que advertirte, que casi nunca el conocimiento de las cosas trae la felicidad. Puede darnos cierta seguridad en nosotros mismos...alcanzaremos un poco de aplomo y paz....quizás hasta alguna tranquilidad de espíritu.... pero en otras ocasiones nos da una gran inconformidad y hasta nos llega a invadir una muy triste impotencia ante la vida. Pero la felicidad.....esa casi nunca nos lo da tanto conocimiento. Pero si tu, a pesar de todo, lo que te he dicho, insistes que te haga partícipe de los pocos y humildes conocimientos que poseo...lo haré con gusto...”

Adrián creyó entender, lo que su amigo le decía y aceptó gustoso el riesgo de no ser feliz jamás, con tal de saber todo lo que Tachito le podía enseñar sobre el cuerpo, y más que nada, sobre los misterios del alma humana, la que es ya de por sí tan misteriosa y complicada, y comenzaron entonces a estudiar....

Le enseñó a conocer las hierbas medicinales, malas y buenas para el hombre. También aprendió a distinguir con toda facilidad, los puntos del cuerpo, que son los más vulnerables de sucumbir ante el poder extraordinario de la propia mente. Estudiaron filosofía, psicología, medicina, antropología, teología...en fin, todas las ciencias relacionadas con el hombre y su difícil existencia

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El tiempo transcurrió normalmente y Adrián aprendió con rapidez todo lo que le enseñaban. Durante algunos meses se hizo miembro de una “Hermandad Espiritualista”, pero al poco tiempo la abandonó, porque vio algunas actitudes que hirieron su super desarrollada ética moral.
Pronto sus familiares y amigos comenzaron a notar, que su cabello prematuramente empezaba a blanquear y su rostro se envejecía con gran velocidad. Su madre, confundida, comentaba a los vecinos con ansiedad:

“...Este Adriancito me tiene muy preocupada, pues ahora, que parece que por fin se ha establecido, se está consumiendo muy rápidamente. Nada más mírenlo, si hasta parece de mi misma edad.

“... ¡Ay! , doña Tomasita, ni se apure usted ...¿qué no sabe aquello de que el alcohol lo conserva todo en buen estado? ...y como su Adriansito no toma, pues....” .

Le contestaba invariablemente algún malévolo en tono de burla... Y en efecto, aquel Adrián que en antaño fuera un aventurero, un bohemio de canto música y vino, hoy estaba avejentado y con un carácter muy áspero. Ya casi no soportaba a la gente, pues en cada una de las personas, que le rodeaban y con quien trataba, les encontraba mil errores y defectos, que antes no percibía y que ahora le resultaban imposibles de soportar.
En relativamente poco tiempo cambió tres veces de empleo, con la “defensa”, de que todos sus compañeros eran una “mierda” y que le tenían muy mala voluntad.
De nada le servían las opiniones y los consejos que recibía de un par de amigos, los cuales le decían repetidamente, que valía más fijarse en las muchas o pocas cualidades y virtudes de la humanidad y pasar por alto los muchos o pocos defectos que todos tenemos.

“...¡No puedo! ...Me irritan, me desesperan. ...¡NO PUEDO!

Acababa de gritar siempre el pobre y ya desadaptado Adrián.

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Así pasaron algunos años, y Adrián continuaba con su rápido y desmesurado aprendizaje. Leía libros de todas clases con una avidez muy poco usual. Se olvidó de todo aquello, que no fuera estudiar y aprender, pero curiosamente entre más conocía y cuanto más sabía, menos podía soportar lo que él dio en llamar “la estupidez de la humanidad”.
Sostenía largas polémicas, que a menudo terminaban en airadas discusiones con aquellos amigos, que aún fieles a su maltratada persona trataban de convencerlo, de que la humanidad TODAVÍA tenía su lado bastante bueno, y que él tenía que aceptarlo por su propio beneficio.
Pero nada.... Adrián seguía “montado en su macho” y cada día despreciaba más y más la humanidad que lo rodeaba.

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Un día, Graciela, una chica muy joven, si la comparamos con la edad de Adrián, y que en verdad estimaba a aquel solterón, preocupada por su actitud tan negativa que éste había adoptado para “juzgar” a todas las personas por igual, descubrió que quizás Adrián todavía no estaba preparado para aprender tanto, y un día, sin más ni más se lo dijo así:

“...Fíjate Adrián, que yo creo, que tu no debes aprender más. Leer tanto creo que te hace mal, pues pretendes, que la humanidad sea igual a lo que sueñan y luego ponen en papel los escritores, que casi siempre la idealizan y la pintan mejor de lo mejor. Eso es muy difícil de lograr. Tu, al no poder encontrar la perfección absoluta, que tanto has leído, te empeñas en agigantar los ya de por sí grandes defectos que todos nosotros tenemos. Trata de ver las cosas tal y como son, ...no les quites ni les pongas características a las personas, que conviertes en defectos. Simplemente acepta la gente como es, o te vas amargar la vida tontamente, y de paso a los que te rodean. ...”

Adrián, a pesar de todo, era un hombre sensato y aunque no aceptó abiertamente, que la muchacha tuviera razón en lo que decía, tampoco lo pudo negar.

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Las tensiones y disgustos, que Adrián iba teniendo con las personas que lo rodeaban en el trabajo en el vecindario, con aquellos que anteriormente fueron sus amigos y hasta con su madre , a quien tanto quería, fueron creciendo hasta el punto de que llegaron a postrarlo en cama en completo aislamiento, víctima de una rara enfermedad, que ningún médico podía diagnosticar con certeza. De este extraño mal se recuperaba con mucha lentitud, y después de un tiempo, después de tratar nuevamente con la gente, volvía a recaer y cada una de esas recaídas era peor que la anterior.
Esta situación ya angustiaba al mismo Adrián, y asimismo a todos los que lo querían y que ahora ya no gozaban de esa tranquilidad de antes.
El que hasta hace poco tiempo atrás había sido un buen hombre, inadaptado si, pero sano en cuerpo y alma, ahora se consideraba a sí mismo como un “imbécil”.... que había gustado de vivir, de jugar de cantar....hoy era un ser prematuramente envejecido, enfermo, dolido y amargado, cuyo único deseo era ver pronto su nombre escrito en una lápida gris del cementerio.

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Por fin, Tachito, quien fuera su primer maestro, viendo el mal estado, en el que se encontraba Adrián, lo mandó llamar, diciéndole que tenía algo urgente que comunicarle.
Para esas fechas, nuestro personaje ya se encuentra muy mal de salud, pero más que del cuerpo, sus dolencias más graves las padecía en el alma. Él mismo, convencido de ello aseguraba:

“...Mi fin, gracias al supremos Hacedor de las cosas, ya esta muy cerca...”

Sin embargo haciendo a un lado su desalentada apatía, acudió a la cita que le había dado su querido maestro.

Tachito, con su serenidad acostumbrada, le pidió que le explicara lo mejor que fuera posible, lo que le ocurría. Adrián trató de explicar la terrible aversión, que sentía hacia la humanidad.
El maestro lo escuchó con atención y cuando el relato terminó, cerró los ojos y casi imperceptiblemente sonrió. Después dio unos pasos y con afecto golpeó suavemente el hombro de su alumno, se sentó a su lado y con su voz pausada de siempre, comenzó a hablar.

“...¡Ay, mi querido Adrián!...si tu supieras cuán bien te comprendo...y me duele más aún tu problema, porque en cierto modo yo tuve la culpa de lo que te ha pasado. Pero también recuerda, que cuando me pediste que te enseñara lo que yo sabía, te advertí claramente, que ciertamente el saber te podría dar seguridad en ti mismo...pero también inconformidad y un gran sentimiento de impotencia ante el mundo...y que la felicidad era muy difícil de lograr por ese camino.
Esto es un poco como aquella parábola de la camisa del hombre feliz...

“Cuando los sabios del reino se dieron a la tarea de traerle al rey la camisa del primer hombre feliz que encontraran en el reino, con un gran asombro se dieron cuenta, que el hombre más feliz que había en el reino...¡no tenía ni siquiera una camisa!...

¿Lo recuerdas? Sin embargo, si tengo algo de culpa en lo que te ha pasado, pues me ocupé en enseñarte afanosamente mil materias relacionadas con la humanidad, pero me olvidé, de que antes de que pudieras aprender tantas cosas buenas sobre los hombres, tenías que aprender primero a prepararte para ello, aprendiendo a perdonar a los demás, a los que no han tenido, como tu, la dicha o desdicha, según como se mire, de poder “SABER”...

“...¿Perdonar?...¿Acaso eso se puede aprender?...”

inquirió con cierta incredulidad nuestro buen Adrián

“...¡Claro ! claro que eso se aprende también. Y tu lo aprenderás con el mismo empeño, con el que has aprendido todo lo demás...”

“...Pero si yo no voy hacia el fin del camino y además ya he aprendido tantas cosas, que ya dudo poder aprender algo más...”

murmuró en voz muy baja y con cierto desaliento nuestro querida Adrián. Pero el maestro, con tono animoso y muy confiado le aseguró:

“...Nunca es tarde para comenzar cuando se obra de buena fe. y para poder perdonar, siempre nos alcanza el tiempo, por poco que éste sea....y además tendrás que aprender a ser humilde. Recuérdalo: Saber perdonar y ser humilde
¡ Tu aprenderás! ...los verás...¡¡¡tu lo aprenderás !! ...”

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Y asi, en muy poco tiempo, Adrián aprendió y de nuevo disfrutó el poder vivir en paz y perdonar los errores y defectos que tiene la triste humanidad. Dejó de sentirse superior a los demás adoptando la humildad correspondiente de la comprensión.

Su vida, tristemente, ya solo duró muy poco, pues todo ese largo tiempo, que se pasó odiando a todos los demás, le dejó irremediables y mortales estragos en el cuerpo, que siendo en esencia menos fuerte que su alma, ya no logró recuperarse jamás.
Pronto Adrián murió. Pero aprendió, tal y como se lo aseguró aquel maestro, a perdonar...y ya en el fin de su vida comenzó a vivir en completa paz y armonía consigo mismo y con los que lo rodeaban....
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